Cinco razones por las que no adelgazo

Razones y soluciones para que la báscula deje de jugarte malas pasadas. No hay milagros pero sí mandamientos como cenar (sano) y si vas al gimnasio, planificar muy bien qué vas a comer al llegar a casa.

Tiempo de lectura 8 min.

24 de noviembre de 2016. 21:08h

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“SI NO CENAS...¡COGERÁS KILOS!”

Lo que lleva a algunas personas a no cenar es el siguiente pensamiento: “Si no ceno, mi cuerpo por la noche adelgazará. Al día siguiente haré vida normal pero tampoco cenaré y así día a día perderé peso”. Pero resulta que, al comprobar en la báscula unos días después la evolución, una se lleva una grandísima desilusión cuando confirma que está igual o peor que cuando puso en marcha esa costumbre. ¿Cómo es posible que no cenar nos haga engordar? Fácil: Ese ayuno tan prolongado, que a nuestro cuerpo no le gusta nada, repercutirá al día siguiente aflorando en forma de hambre voraz. Al despertar sentiremos el estómago vacío y comenzaremos el día tomando más energía de la que deberíamos. Esa sensación se extenderá hasta la noche. Y hay un caso aún peor: algunas personas tampoco desayunan, con lo cual prolongan el ayuno más de 15 horas. Eso se traduce en que a mediodía y durante toda la tarde su estómago rugirá con fuerza pidiéndole la energía y los nutrientes que no ha tomado antes. El resultado son atracones de comida descontrolados (casi siempre durante la tarde) que nos harán engordar semana tras semana.

“EL GIMNASIO ME HACE SUBIR DE PESO”

Quemar grasa haciendo ejercicio cuesta y sobrestimamos lo que quemamos. Cuando uno desea ponerse en forma suele pensar en el binomio clásico: dieta y ejercicio. Es por eso que muchas personas se apuntan con ilusión al gimnasio para mejorar la pérdida de peso. Hay quienes incluso apuestan exclusivamente por el deporte y dejan de lado las cuestiones alimentarias. Y, sin embargo, tras meses de esfuerzo en la elíptica, en las clases de Pilates o haciendo natación tres veces por semana, ven que su peso sigue estacando en la misma cifra. O peor aún: puede que encuentren una cifra mayor en la báscula. Esto, desgraciadamente, tiene una explicación muy sencilla. Para adelgazar un kilo de tejido graso hay que quemar 7.000 calorías. Cuando una mujer va al gimnasio una hora quemará tan solo unas 200 calorías. Es decir, haría falta 35 horas de gimnasio para adelgazar un solo kilo. Y como al gimnasio no solemos ir todos los días para sumar 35 horas de trabajo físico nos harán falta quizá dos meses... Perder solo un kilo en dos meses de gimnasio intenso no motiva demasiado, ¿verdad? Y además si sumamos otro factor muy común, la cosa se complicará aún más: el gimnasio multiplica nuestra sensación de hambre y nos invita a comer más cantidad. Con lo cual lo que hayamos quemado lo repondremos en pocos minutos.

“HE HECHO MIL DIETAS, PERO NINGUNA ME FUNCIONA”

Quizá has probado hasta una docena de dietas: la de la sopa, la disociada, la de los batidos sustitutivos, la de la luna... Una tras otra han ido desfilando por tu vida (y por tu cocina) sin éxito. Es posible que alguna te ayudara a perder unos cuantos kilos, seguro que te alegraste mucho. Pero a los pocos meses (puede que semanas) viste con horror cómo la báscula empezaba a sumar gramos. Estabas sufriendo un efecto rebote en toda regla. Después de todo ese recorrido a lo mejor has llegado a pensar que no hay solución para ti. Que tú estás hecha de otra pasta distinta de las otras personas y que ninguna dieta te funcionará. Pues te equivocas, aún hay esperanza para olvidarte de esos kilos de más. La mayoría de dietas fracasan por varios motivos, dos de los cuales son lógicos. El primero es que nos plantean una forma de alimentación muy extraña. A veces las dietas nos obligan a no comer nunca más legumbres, ni arroz, ni pasta o frutas. O peor aún, nos animan a sustituir comidas enteras por productos procesados que encima no tienen ningún sabor. De forma que una acaba hartándose de ser considerada “bicho raro” y abandona la dieta regresando a sus viejas costumbres, aquellas que presumiblemente le llevaron a coger peso. La segunda razón es precisamente que como esas dietas extrañas no nos mostraban lo que hacíamos mal en relación a nuestra alimentación, una vez las dejemos de lado volveremos a nuestros hábitos y recuperaremos el peso.

“LOS NERVIOS ME ENGORDAN”

Esta es una de las frases más escuchadas en nuestra consulta en los últimos años. Sin embargo, la creencia de que el nerviosismo (o la ansiedad) engorda a las personas es falsa. De hecho cuando pasamos por una época más estresante nuestro cuerpo quema más energía (nuestro metabolismo está activado y va dirigido a quemar grasas) y lo natural es que, por el contrario, se adelgace. Pero, ¿por qué muchas personas afirman que los nervios les hacen aumentar de peso? La respuesta es muy lógica: Porque ellas canalizan sus nervios y esa ansiedad hacia la comida. En esos momentos la comida actúa como una ligera anestesia que logra evadirnos de lo que nos preocupa: mientras comemos no pensamos en nuestros problemas. Lo más complicado viene después, cuando una se da cuenta de que no debería haberse comido aquel helado o aquel sándwich tan sabroso. En realidad el problema de base (aquel que nos generó el malestar) sigue estando presente y encima nos hemos creado uno nuevo: hemos comido lo que no necesitábamos para intentar estar mejor.

“CUANTO MENOS COMO, ¡MÁS ENGORDO!”

¿Cuántas veces después de subirte a la báscula y ver más peso te has prometido algo como “esta semana voy a comer menos”? La cifra que nos devuelve la pantalla a veces nos hace reaccionar contra el sobrepeso. Pero no siempre la dirección de ese ímpetu es la adecuada. Muchas personas se plantean que para adelgazar deben dejar de comer (o comer mucho menos y pasar hambre una temporada). Y, curiosamente, la mayor parte de esas personas al cabo de varias semanas en lugar de haber adelgazado, ¡habrán engordado! ¿Cómo es posible? Muy sencillo: nuestro cuerpo no está preparado para el ayuno, no le gusta y lo pasa muy mal. Así que reaccionará contra ello poniendo en marcha mecanismos tanto metabólico como de conducta. Y así la persona, aunque a veces no sea consciente de ello, acabará dándole a su cuerpo todo lo que necesita. Puede que una mujer aguante todo el día sin probar apenas bocado. Pero al final de la tarde, quizá por la noche, ingerirá toda la comida que no ha tomado a lo largo de la jornada. Ella tendrá la sensación de que ha comido poco (su hambre será muy grande y solo se habrá sentado a comer una o dos veces) pero lo más seguro es que en esas tomas puntuales haya ingerido más calorías de las que necesitaba en todo el día.

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