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Saber perder

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Por Álvaro de Diego

En vísperas de la toma de posesión de Donald Trump, que se producirá el próximo 20 de enero, orillemos brevemente las sandeces en campaña del hoy presidente electo. No se trata de despejar dudas sobre un mandato que se sigue antojando incierto, sino más bien de poner el foco en este periodo de transición que se está revelando inesperadamente tumultuoso. Todo comenzó la misma noche en que se conocieron los resultados electorales. La candidata Clinton renunció a comparecer ante sus seguidores (que nadie se lleve a engaño, ya había dado orden de enviarles a dormir cuando perdió la nominación presidencial en junio de 2008). Aunque felicitó telefónicamente al vencedor, sus incondicionales tuvieron que esperar hasta las 18:00 horas del día siguiente para escuchar un discurso frío y arrogante. Como su autora. En él, tras ofrecer protocolariamente su ayuda al polémico magnate y desearle suerte (despachó las referencias a Trump en dos frases, apenas un cinco por ciento del discurso), centró su agradecimiento en el sujeto genérico de sus simpatizantes (”mis amigos”). La concreción en los afectos, ya se sabe, es lo que distingue el amor al prójimo de la escueta filantropía. Solo personalizó, casi de pasada, en su compañero de ‘ticket’ y la esposa de este, así como en los Obama, mientras enterraba a su esposo entre el rimero de nombres cercanos (”Y para Bill y Chelsea, Mark, Charlotte, Aidan, nuestros hermanos y toda nuestra familia, mi amor por vosotros significa más de lo que podré expresar nunca”).

Poco que ver con la nada prevista despedida de Romney en 2012, quien tampoco se había preparado para la derrota. No obstante, este confió que rezaría por el presidente Obama y se descolgó con una declaración hacia su mujer (”el amor de mi vida” y “la mejor elección que he hecho nunca”). La improvisación nunca miente.

Más vibrante resultó la retirada del anterior candidato republicano, John McCain, en 2008. El veterano de Vietnam reconoció ante los suyos “el honor” de haber telefoneado a Obama para felicitarlo por su elección como “el próximo presidente del país que ambos amamos”. Recordando el “escándalo” que había supuesto hacía un siglo la invitación a cenar del presidente Theodor Roosevelt al gran activista negro Booker T. Washington, ofreció sus “condolencias” al demócrata por el hecho de que “su amada abuela” no hubiera vivido para ver el día en que alguien de una raza antes esclavizada fuera a ocupar la Casa Blanca. Afeó a los suyos los gritos contra el ganador y asumió en persona una derrota (”el fallo es mío”) en la que no pensaba recrearse (”no pasaré ni un momento del futuro lamentando lo que pudo haber sido”). Días más tarde el senador por Arizona cumplimentaba, sonriente, al antiguo adversario en sus oficinas de Chicago. Esa visita ni se le ha pasado por la cabeza a Hillary. En la suntuosa Torre Trump de la Quinta Avenida ni ha estado, ni se la espera.

Pero todo no ha quedado ahí. Desafortunadamente. George W. Bush protagonizó hace ocho años un correcto traspaso de poderes mientras el grueso de la prensa internacional lo despedía a zapatazos (hubo de esquivar, de hecho, sendos números 42 de un reportero iraquí en su visita sorpresa a la “zona verde” de Bagdad). Barack H. Obama, al que nadie ha llamado “pedazo de perro”, ha hecho de tripas corazón para, cariacontecido, recibir en la Casa Blanca al próximo inquilino de la finca. No ha podido evitar, sin embargo, enturbiar su adiós comprometiendo el relevo. Una ofensiva diplomática contra Israel o las represalias contra la Rusia de Putin, a la que acusa de presuntos ciberataques durante los pasados comicios, lo atestiguan. El amor a la sutileza y la compasión hacia los humildes, que a juicio de Serge Fleury hacían de Talleyrand un aristócrata, parece haber abandonado al también Nobel de la Paz estos últimos días.

En una entrevista para la CNN el aún comandante en jefe aseguró que, de haberse presentado a las últimas elecciones, habría vencido a Trump. La gratuita afirmación mereció el inmediato desmentido tuitero del aludido: “¡De ninguna manera!”. Nadie duda de que su lengua sigue siendo tan prominente como su tupé. Como señala Bustos, “hay que estar loco para ser varón y ponerse a opinar sobre el vestido de Pedroche”; pero a Obama todavía se le consiente hacer de menos a una mujer.

Está por ver si estos días finales conculcarán ante la historia la imagen ‘macluhaniana’ del cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos de América. Obama ha sido, en tanto que “símbolo viviente”, el mensaje. Cuando el tiempo desvanezca la emotividad que insuflaba su figura, quizá quede a la vista todo lo que el tópico ha marcado una época. Escribió Tierno que “hay una cierta falsa felicidad (...) donde abundan los tópicos fijos y permanentes”. Por lo pronto, en su marcha el ex senador de Illinois parece obcecado en convertir lo perdido en derrota. A Trump le corresponde conjurar el fuego del catastrofismo que ha alimentado con napalm y a manguerazos. No lo tiene nada fácil, porque le ha cogido el gustillo a la cosa, pero sería la única forma de convertir lo ganado en victoria.