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Care Santos: «Mi novela no es sólo feminismo y música de violines»

Publica el 7 de febrero «Media vida», la novela con la que ha ganado el último Premio Nadal, que narra la historia de cinco mujeres que reviven lo que han padecido en su infancia.

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Víctor Fernández.  Barcelona.

Tiempo de lectura 8 min.

09 de enero de 2017. 09:17h

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Víctor Fernández.  Barcelona. 8/1/2017

Care Santos no podía disimular ayer su satisfacción por ser la nueva ganadora del Premio Nadal. Sin embargo, la autora no mostró ni un ápice de cansancio. Estaba deseosa de poder empezar a hablar de su nueva novela, «Media vida», con la que se ha unido a una larga nómina de escritores que abarca desde Carmen Laforet a Francisco Umbral pasando por Carmen Martín Gaite o Manuel Vicent.

–¿De dónde parte el contenido de la novela?

–De dos cosas. Por un lado, de una reunión real de ex compañeras de la Primaria en mi casa, algo que es un secreto porque no lo había contado antes. En esa reunión pasó lo que se narra en la novela: hacía 31 años que no nos veíamos, pero hicimos algo que solamente puede hacer un grupo de mujeres. Me refiero a sentarnos en corro y decir lo que nos había pasado en nuestras vidas durante este tiempo en el que ninguna de nosotras nos habíamos visto. Éramos 31 mujeres.

–Perdón, ¿ha dicho 31 mujeres en su casa?

–Sí, sí, fue así. Aquello, tras varias copas, y a altas horas de la madrugada, acabó con una promesa de explicar algo de lo que había ocurrido esa noche. En realidad no he cumplido muy bien mi promesa porque no he hablado de nosotras sino de la generación de nuestras madres, aunque quien estuvo en esa reunión y escuchó esas historias, algunas muy duras y otras muy emocionantes, sabrá reconocer qué hay en mi novela de esa reunión. Por otro lado, cuando comenzaba a darle vueltas a la idea, cayó en mis manos el libro de Joan-Carles Mèlich «La lectura como plegaria», con una cita maravillosa: «Sólo se puede perdonar lo imperdonable». Eso me llevó a leer sus obras sobre el perdón, un tema que me inquieta y que quería que recorriera mi obra. Este perdón es el que viene desde los agravios de la infancia. Son los rencores que arrastramos de la época del colegio.

–¿No pensó en la posibilidad de situar ese perdón en un ámbito más histórico?

–Sí, claro, lo podía haber situado en el siglo XVIII o en el XIX, pero quería romper con lo que venía haciendo, con esas novelas de corte histórico que precisaban de una documentación extensa. Pero infravaloré la época. Pensé que serían fáciles los 80, con mujeres nacidas en el 36, aunque no era tan sencillo. Lo cierto es que me apetecía escribir sobre algo más contemporáneo, con otro ritmo.

–Presentó la novela bajo el falso título de «El juego de las prendas». ¿Ahí está el origen de ese suceso que acaba mal y que persigue a las protagonistas de su nuevo libro?

–«El juego de las prendas» es el título de la primera parte de la novela, una parte breve que ocurre en la década de los 50. Es a lo que juegan todas la última vez que se ven en el internado de monjas y que acaba fatal al suceder algo que las marcará, a algunas de una forma terrible. Ese juego lo retoman cuando se vuelven a encontrar siendo ya mujeres adultas y rondan los 45 años. Y, de nuevo, se vuelve un juego peligroso, pero en otro sentido. A la vez, el nombre de Julia Salas, pseudónimo con el que me presenté al premio, es el de una de las protagonistas.

–Habla del sentimiento de culpa. ¿Es posible perdonar incluso lo que es imperdonable?

–En esos artículos que le citaba de Mèlich se dice que realmente el perdón es absurdo. El perdón no se puede dar cuando el otro quiere, ni por delegación, como esos institucionales que ahora están tan de moda. El perdón es personal y es indelegable. Solamente se concede cuando no hay resarcimiento posible, cuando no hay manera de compensar a quien se ha ofendido. Esa es la gracia: como resulta imposible, sólo es posible por la intervención de la voluntad de alguien. Este es el perdón más importante de la novela.

–¿Hay una especie de ajuste de cuentas por parte de la autora con los internados de monjas?

–Pero por delegación porque nunca he estado en uno. Soy ex alumna de un colegio de monjas, aunque no era interna.La institución que aparece en la novela es la misma en la que pasó su infancia mi madre. Me ha prestado su memoria, la suya y la de algunas de sus compañeras. Era duro. Hablamos de los años 50. Es la generación de mi progenitora, nacida en 1938, aunque las mujeres de mi libro son de 1936. Tuvieron esas religosas que las obligaban a ducharse con camisón o vendarse los pechos para que no se notaran por encima del uniforme... Esas cosas absurdas.

–Estamos hablando de 1936, de los 50, pero la otra gran fecha en «Media vida» es 1981. ¿Por qué?

–Porque transcurre a lo largo de una cena que se celebra el 29 de julio de 1981. En esa semana se había aprobado la ley del divorcio promovida por el ministro Francisco Fernández Ordóñez. No es casualidad precisamente ya que aquélla fue una ley que trajo mucha polémica, que puso en pie de guerra a la derecha, el clero y los sectores más conservadores porque pensaban que la gente se iba a divorciar en masa. Por este motivo pusieron en marcha varias campañas a favor de la familia. El PSOE decía que el divorcio iba a favor de las familias y las mujeres. En fin, que es una polémica que hoy vemos ingenua, pero que en ese momento levantó ampollas porque era el primer pasito hacia el país que hoy conocemos y hacia unas leyes que eran impensables unos años antes. Así que no es casualidad la elección de la fecha por, precisamente, lo que significó para la historia de la sociedad en general y, de forma especial, para la de las mujeres.

–Viendo en perspectiva lo que fue aquella controversia, ¿cree que ya hemos madurado?

–(Risas) No sé si hemos madurado o si seguimos verdes. Estamos ahora en un momento en el que parece que retrocedemos, pese a que tuvimos leyes rompedoras.

–Esa ley del divorcio y sus consecuencias en 1981, ¿cómo se cuela en las páginas de «Media vida»?

–Una de ellas ha sido abandonada justo ese día en el que se reúnen, con ese don de la oportunidad que Dios le ha dado a los hombres y a las mujeres. Ese hombre ha decidido abandonar a su mujer y ha pronunciado esa palabra maldita que es divorcio, algo que ella no sabía que era posible. Eso forma parte de una de las tramas más importantes del libro. El divorcio entronca con dos personajes: la mujer que acabo de citar y otra que es la que creo que se va a llevar el gran favor de los lectores debido al contraste que existe entre su etapa de infancia y la de madurez. Ella es una de las redactoras de la ley del divorcio, una diputada que ha formado parte del equipo de Fernández Ordóñez, una abogada especializada en los derechos de las mujeres.

–¿Tienen más peso los años 80 en el transcurso de la historia que nos narra?

–Sí, sobre todo musicalmente, además del golpe de Estado, hay muchas referencias televisivas. En los 80, yo era pequeña, pero mi adolescencia también transcurrió en esa década. Fue el momento en el que abrí mis ojos al mundo. También fue un periodo de grandes transformaciones y de descubrimiento de quien yo era. Por eso, hay cierta nostalgia en esa mirada hacia los 80.

–Sus protagonistas son mujeres. ¿Quiere eso también decir que es la mujer la lectora ideal de esta obra?

–Pues no lo sé. Por primera vez en todo lo que he escrito creo que sí he sido consciente de que estaba escribiendo una historia donde las mujeres eran mucho más importantes que los hombres. A mí me han colgado el sambenito de que escribo historias de mujeres. Pero yo siempre he argumentado que en mis novelas aparecen hombres, y muy importantes, y que, además, son determinantes, llevan el peso de la historia y la acción. Pero esta vez no es así. Aquí las protagonistas son ellas y los hombres quedan muy lejos. También ahondo en asuntos que son decididamente femeninos. Por ejemplo, de qué manera hablan las mujeres de los hombres cuando ellos no están. Tal vez esta trama tenga para los hombres un elemento de «voyeurismo»: el preguntars qué hacen ellas cuando nosotros no estamos. Pero también hay humor y autocrítica... No penséis que es solamente una novela amable, con feminismo y música de violines. De las mujeres tenemos que hablar duramente y reflexionar sobre cómo somos. Es decir, que hay un poco de todo, incluso secretos, de esas cosas de las que hablamos nosotras y que ellos no soportan. A veces, mientras escribía, pensaba que sería divertido plantear lo mismo, pero con cinco maridos. ¿Qué harían en las mismas circunstancias?

–¿Hablar de fútbol y política?

–(Risas) Que conste que lo ha dicho usted, no yo.

–Transcurriendo en 1981 hablarían mucho del golpe fallido de Tejero.

–De hecho se habla mucho de Tejero en la novela. Además, una de ellas, la que digo que es diputada, estaba allí durante el golpe en el Congreso de los Diputados. Incluso fue una de aquellas a las que invitaron a salir y se negó, decidiendo quedarse con sus compañeros varones.

–¿Cómo hablan las mujeres de los hombres cuando ellos no están delante?

–Las mujeres, y no sé si es un defecto o una virtud, pero a los cinco minutos de conocernos estamos contándonos las intimidades más vergonzosas que a los hombres les sonrojan, por lo menos por lo que sé y por la propia experiencia de los hombres más cercanos a los que he podido conocer bien y entablar cierta confianza. Eso es chocante. No sé si soy muy femenina, pero tenemos esa tendencia de que a los tres minutos de conversación nos contamos las relaciones sentimentales, los partos, los hijos... Lo siguiente es algo más cercano al melodrama filosófico. A veces envidio esa camaradería masculina de hablar de fútbol y tetas.

La huella de Carmen Martín Gaite

Care Santos tiene ya varios premios literarios destacados, pero el Nadal es el que más brilla de entre todos. La escritora reconoció que mientras trabajaba en «Media vida» «pensaba en la posibilidad de presentarla. No lo había pensado antes porque no me atrevía. Quería tener una novela con la que me sintiera segura en el instante de defenderla. Por eso he sido realista y he esperado ese momento en el que podía aspirar a algo así». En todo ello también ha pesado la puerta que se le abrió cuando ganó hace unos pocos años el Premi Ramon Llull. «El Llull me hizo cambiar de liga», reconoce ahora esta autora que ha publicado tanto en catalán como en castellano, hasta el punto de que «Media vida» llegará simultáneamente en los dos idiomas. La noche en la que Care Santos recogió el galardón citó, como una de sus autoras de referencia a otra ganadora del Premio Nadal, la añorada Carmen Martín Gaite, que obtuvo hace sesenta años con unos de sus mejores títulos, «Entre visillos». «Ella está presente en la novela de dos maneras. Releí “Entre visillos” mientras trabajaba en mi novela porque su libro es muy dialogado. Es totalmente impresionante lo que hace Carmen Martín Gaite en esos diálogos que son aparentemente intrascendentes. Su novela es la vida en una ciudad de provincias donde las marujitas de Salamanca se cuentan cosas intrascendentes, pero ¡cómo dialogan! Es una verdadera maestra. Quise empaparme de esa manera de hacer porque sabía que mi obrasería muy dialogada y quería que me contagiara esa manera de Martín Gaite. También usé unas declaraciones suyas, tal y como pondré en la nota de agradecimientos, de sus “Usos amorosos de la postguerra española”, un libro maravilloso. Allí recogía los testimonios de unas señoras universitarias que, pese a estudiar medicina, declaraban que el oficio con el que soñaban era el de ser esposas y madres».

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