martes, 27 junio 2017
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Hasta el último trago

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Directoras: Catherine Gund y Daresha Kyi. Música: Gil Talmi. Fotografía: C. Gund, Natalia Cuevas, Paula Gutiérrez. España-México-EE UU, 2016. Duración: 90 minutos. Documental.

Nació en Puerto Rico bajo el signo de Aries, que no se suele andar con chiquitas, en el seno de una familia tradicional, muy religiosa y cuyas existencias estaban marcadas por el qué dirán y que no entendían para nada a una niña que nunca quiso jugar con muñecas; probablemente fue el motivo de que desde muy jovencita supiera que su país era México, que allí se asfixiaba y jamás sería la Vargas. El México brutal, erótico y bravo de los años 50, lleno de machos echados para adelante, algunos muy misóginos en el fondo y la superficie, de cantantes terriblemente masculinos, de rancheras sobre el desamor y lo mala que eran las mujeres cuando lo dejan a uno. Las mujeres; ellas eran distintas, jóvenes que, cuando interpretaban, aparecían bien relindas, con mucho maquillaje, el pelo impecable, todo volantes, florituras y escotes, hiperfemeninas. Chavela Vargas lo intentó, lo de cuidar el físico a la antigua usanza, cuando comenzó en los clubes nocturnos que pronto atestaría, pero ella no pudo con los tacones nunca ni aguantaba el carmín en los labios. Y decidió entonces envolver su voz única, desgarrada, rota, llena de dolor y desespero, en unos pantalones, con el poncho d ala impresión que sempiterno y la cara lavada, de cejas anchas y tan rebeldes como ella. Homosexual, alcohólica («se trata de una enfermedad del alma, no del cuerpo», asegura), excesiva pero solitaria e ingobernable, el documental que intenta desnudar su huidiza, férrea personalidad recoge una entrevista a la diva sin ningún cuento realizada en 1991 donde desmenuza, no exenta de humor, sus arranques musicales, la relación de fuerte amistad clave que mantuvo con José Alfredo Jiménez (ambos se bebían la vida con la misma sed que no se apaga), los primeros éxitos y los numerosos trajines amorosos (de Frida Kahlo, quien le pidió al final que se marchara porque «no te puedo atar a mis muletas ni a mi cama», a la Gardner durante una noche en Acapulco en la que nadie todas las etsrellas de Hollywood acabaron en camas ajenas), aunque jamás confesó los nombres de la mayoría y, menos, a cuáles quiso de verdad más allá de una pasión pasajera. Porque parece que casi nadie pudo resistirse jamás a ese tono áspero y vulnerable, a la mirada de hembra fiera, libre y caliente, ni siquiera las respetables esposas de los ministros que iban a escucharla con veneración o la novia del dueño de su propia casa de discos, que se vengó y fuerte, de ahí la ruina económica de Vargas aunque ya vendía miles de álbumes. La cinta, que recoge numerosos testimonios de artistas y conocidos así como de sus contemporáneos, con especial mención al director Pedro Almodóvar, el artífice en resumidas cuentas de su «renacimiento» por todo lo alto especialmente en Europa, conforman un interesante e íntimo retrato de la carismática protagonista aunque una sospecha que jamás llegaremos al fondo de esa alma en llamas como la misma Chavela nunca creyó llegar al fondo de ninguna botella. Preferentemente, de tequila. Porque quema más.

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