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Cristina de Middel: «Me siento cómoda en los lugares sin ninguna identidad»

PhotoEspaña le dedica dos muestras a una de

las artistas españolas más internacionales.

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J. Ors. 

Tiempo de lectura 4 min.

27 de mayo de 2016. 00:23h

Comentada
J. Ors.  27/5/2016

Cansada de repetir los mismos recursos y trucos, Cristina de Middel abandonó el fotoperiodismo y emprendió un camino nuevo para encontrar un lenguaje estético propio. Hoy, el Centro Cultural de la Villa acoge «Muchismo», una retrospectiva en la que reflexiona sobre la abundancia de imágenes en nuestra sociedad, y la galería de La Fábrica exhibe su último proyecto: «Antipodes», donde empleó un espejo, que colocó junto al objetivo, para recoger la amplitud del paisaje de Nueva Zelanda.

–Ha trabajado mucho en Benidorm. Para muchos esa ciudad es un «no lugar».

–Trabajaba en un diario de Alicante y, entonces, solía ir de safari a Benidorm. Los «no lugares» me parecen muy atractivos. En ellos me siento como en casa. Me pasa igual que en un aeropuerto. Me atraen los sitios sin ninguna identidad, sin todo ese peso que da la historia. Con las identidades me siento condicionada. Las cosas livianas me vienen bien.

– ¿Qué aprendió en un diario?

–Casi todo lo que sé. Hice bellas artes especializándome en dibujo técnico y fotografía. Pero una cosa es lo que te enseñan y otra lo que se usa. Lo que sé lo aprendí en prensa, con jefes pacientes y muy indulgentes. Cuando tienes que tirar diez fotos de una promoción, luego retratar un bodegón, cubrir la noticia de una casa que se quema, asistir a la presentación de un libro... tiras de recursos a la fuerza. También me impuso un ritmo de trabajo que todavía mantengo. Necesito hacer diez cosas al día y, si no, tengo la impresión de que no he aprovechado el día. Por eso soy tan prolífica. Pero lo dejé porque ya no aprendía. Incluso estaba desaprendiendo al recurrir siempre a esos cuatro trucos que sabes para sentirte cómoda con una imagen y ser impactante. Dejó de ser un reto. La crisis de independencia de la prensa y que no iba a cambiar el mundo fueron también factores decisivos para tomar una decisión.

–¿Cambiar el mundo? ¿Es tan romántica?

–Sí, pero no lo admitiré nunca. Supongo que he madurado. Ahora busco lenguajes que no ofendan tanto y que abran debates más que cambiar las cosas por confrontación. El fotoperiodismo de gran calibre siempre señala al culpable, pero no da soluciones.

–¿Qué debates le interesan?

–Me centro en cosas que están mal explicadas o para las que falta información. África es un gran tema, pero pocos lo conocemos. La prensa y el fotoperiodismo sólo enseñan a los masái y niños soldados. Es un continente desconocido. Existe una clase media africana y si la conociéramos, tendríamos menos miedo de los africanos. También me gusta la India, aunque parece que allí todos son mercados de flores y templos. En el tema de la prostitución nunca se habla de los clientes y siempre de las prostitutas. Hay que intentar enmendar cosa. Falta información.

–No le gusta cómo se tratan las imágenes en los medios.

–Nada. Me parece que acentúan clichés. No se usa todo el potencial de la fotografía. Las imágenes son siempre reiterativas. No se usa el potencial de comunicación que tiene una instantánea. Es como si un periodista siempre usara el mismo titular para hablar de un tema. No se usa lo que podía aportar la foto para explicar el mundo en el que vivimos.

–¿Qué papel juegan la verdad y la mentira en su trabajo?

–Hay que reflexionar sobre eso y educar la audiencia en las imágenes para que sepan lo que consumen, lo que ven. Si ponen una imagen en la portada de un diario es por algo. Ellos tienen que saber por qué. La fotografía es una herramienta muy útil y peligrosa. Pero falta educación visual, aunque supongo que las próximas generaciones no tendrán ese problema.

–Astronautas en Zambia... fue uno de sus proyectos.

–Cuando dejé la Prensa, buscaba historias increíbles pare recuperar tensión artística. Descubrí así que hubo un programa espacial en Zambia en 1964. Para mí fue perfecto: ahí estaba el debate entre realidad y ficción que me interesaba en la fotografía y un punto de vista distinto de África.

–Ahora presenta «Antípodas».

–Me fui a Nueva Zelanda para dar una conferencia y me quedé un tiempo. Si haces un agujero en el suelo de Madrid, llegaría a Nueva Zelanda, que es nuestras antípodas. Acabé haciendo una reflexión sobre el paisaje y cómo una foto reduce la experiencia real. Es más bonito ver los Picos de Europa que una instantánea de los Picos de Europa, aunque la haga el mejor fotógrafo del mundo.

–¿Qué le parecen los japoneses, que lo fotografían todo?

–Tendrían que preguntarse para qué hacen fotos. Yo sí sé por qué las hago, pero no sé por qué ellos hacen tantas. Es como si fueran a un safari. Para decir: «Yo he estado ahí». Es una foto de testimonio, pero eso, debido a los avances tecnológicos, va a perder valor: se ha democratizado la fotografía y el Photoshop.

–«Muchismo» es una reflexión sobre la gran cantidad de imágenes que se hacen hoy en día.

–Centra mi propia experiencia. Desde que salió la serie de los astronautas, he producido mucho. Hay 400 fotos en la exposición que se han visto en ferias, festivales... casi siempre me piden las mismas fotos... Es como si unas destacaran sobre otras. Para mí una foto es una palabra en una frase. Esta muestra supone tirar boca abajo el scrabble, recuperar las piezas una por una y devolver a cada imagen su valor. Las imágenes se reciclan como las palabras: al reflexionar.

–Dice que siempre escogen unas fotos concretas de su producción. ¿Por qué?

–Supongo que es la herencia iconográfica que hemos recibido desde los griegos. Ves una foto que se parece a una Piedad, y gana un concurso, aunque se haya hecho en Yemen. Este legado iconográfico es brutal y nos regimos por él. Si una instantánea se sale de eso, siempre es visualmente violento.

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