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La erotización de la novela negra

«Poesía cruel» es el provocador nuevo libro de Vicki Hendricks

Lluís FERNÁNDEZ. 

Tiempo de lectura 2 min.

29 de noviembre de 2012. 21:05h

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Hay obras que son como un trallazo. Aúnan sentido del humor con violencia y sexo a raudales, como «Poesía cruel», un relato en el que la ingenuidad y la perversidad caminan juntas sin pudor, como corresponde al retrato de una época nihilista y desacomplejada como la que retrata Vicki Hendricks, la reina del «neo-noir». Un género mestizo que mira con nostalgia los viejos tiempos de la novela negra negrísima, la de James M. Cain, cuyos títulos ejemplares han fijado el canon del «hard boyled» románticamente arrebatado: «El cartero siempre llama dos veces» y «Perdición». Y lo mezcla con rarezas dislocadas como «Blue Velvet», «Memento» o «Fargo». El «noir» o «neo-noir», tiene mucho de subgénero que trata de resucitar para el lector megamoderno los viejos «thrillers» repletos de sensaciones oscuras y pasiones malsanas pero aplicándole las libertadas formales y sexuales del relato posmoderno.

Para Hendricks, el modelo sería el soez exhibicionismo de Bukowski, la pasión romántica por las mujeres fatales de James M. Cain y su actualización posmoderna en el sofocante «Fuego en el cuerpo» (1981). Esos cuerpos acalorados, sudorosos, hambrientos de sexo y violencia de William Hurt y Kathleene Turner, pero aplicándoles la distancia. Hay sexo y crímenes brutales, pero su singularidad es una desbordante vitalidad, reflejada en sus numerosas escenas de sexo explícito, distancia crítica y sentido del humor.

Más sangre que «Don Mendo»

La autora estructura su mundo literario de forma divertida y entusiasta. Su optimismo le permite tomarse licencias poéticas y narrativas que el género negro nunca toleraría, ni siquiera con coartadas intelectuales. Hendricks disfruta describiendo profusamente todas las fantasías imaginables y lo hace con tal elegancia y gracejo que resultan de lo más estéticas y placenteras. No hay sombras de gris. Hay sexo, violencia y muerte. Y más sangre que en «La venganza de Don Mendo». Como escritora participa de la pureza amoral de su protagonista, Renata, tan desprejuiciada y tarambana como la Holly Golightlya de «Desayuno con diamantes», una Marilyn pasada por la posmodernidad. Es decir, reconvertida en el positivo de la mujer fatal: animosa, inconsciente, capaz de enloquecer a hombres y mujeres y hacerlos cómplices de asesinatos sin sentir remordimiento.

Renata es bellísima. Tóxica y modelo de perdición, como corresponde a la mujer fatal del «noir», pero con la característica de la antiheroina: su indestructible individualidad, su libertad para actuar sin atarse a cuantos la aman y buscan perderse en su cuerpo y luego redimirla. Es una asesina y no quiere que la salven de sí misma porque sabe lo que quiere: vivir sin ataduras.

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