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Los instigadores

«Los Jordis» son los líderes de un proceso que ha agitado a las masas y ahora son los artífices de poner a las masas al frente del proceso.

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Toni Bolaño.  Madrid.

Tiempo de lectura 4 min.

17 de octubre de 2017. 10:59h

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Toni Bolaño.  Madrid. 17/10/2017

La juez señaló directamente a «Los Jordis» en el auto que obligaba al Mayor de los Mossos y a su intendente a presentarse cada 15 días en el juzgado y les prohibía salir de España amén de entregar su pasaporte. La jueza Carmen Lamela otorgó a Jordi Sánchez y Jordi Cuixart todo el protagonismo de lo sucedido el 20 y 21 de septiembre porque «se erigieron como interlocutores de la situación», eran los negociadores con las fuerzas de seguridad y se negaron a aceptar las opciones que se les plantearon para levantar el asedio de la Consejería de Economía. O sea, los instigadores.

Difícilmente Sánchez y Cuixart pueden alegar desconocimiento y, menos, negar su protagonismo. Sus organizaciones no sólo han convocado las grandes manifestaciones de la Diada, sino que han sido el alma máter de la organización y la agitación independentista. Utilizaron el mismo «modus operandi» ante la policía ante la redacción de El Vallenc, en Valls, en la imprenta de Terrassa o en la nave industrial de Bigues i Riells, para impedir la actuación policial a las órdenes del juez. Ellos son el alma máter de los bloqueos de los colegios electorales el 1-O, los escraches a las fuerzas de seguridad y, sobre todo, de las manifestaciones y de la organización de la huelga general del 3-O.

Pero no sólo eso. Sánchez –Barcelona, 1964– y Cruixat –Santa Perpetua de Mogoda, 1975– son la esencia de todas las salsas. Sánchez tuvo un papel estelar en la aceptación de la CUP del nombramiento de Puigdemont tras la defenestración de Artur Mas. Acababa de llegar a la presidencia de la Asamblea Nacional a pesar de no ganar las elecciones. Movió hábilmente sus hilos con sus ex compañeros de La Crida a la Solidaritat, organización independentista de los 80 y 90 y madre del Catalonia is not Spain, y de la antigua Convergència –en especial David Madí, todopoderoso hombre de Mas– para quitarle la cartera a la ganadora, la editora Liz Castro. No sólo eso. Con Puigdemont como presidente, Sánchez utiliza el Palau de la Generalitat como su segunda casa. Se reunían los partidos para tomar una decisión y allí estaba el activista licenciado en Políticas. Y si algo se movía, allí estaba Sánchez para marcar posición.

Cuixart fue fundador del «lobby» empresarial independentista FemCat, que tras varios fiascos está prácticamente desaparecido. Llegó a la dirección de Òmnium Cultural en diciembre de 2015, en pleno cisco de la caída de Mas. Bajo su presidencia Òmnium recupera protagonismo frente a la ANC, se enfrenta con Sánchez, y radicaliza sus planteamientos. Tampoco se pierde una fiesta. De hecho, pocas empiezan sin él. A «Los Jordis» nadie los ha elegido, pero imponen su criterio a los partidos. Sino que se lo digan a ERC que tuvo que tragar con la marca Junts pel Sí coaligándose con el PDeCAT, muy a su pesar por su presión, o la imposición de sus condiciones en la confección de esta lista en la que incluyeron a personas independendientes de probada fidelidad a sus organizaciones.

Y, sobre todo, controlan la movilización de la calle. Ciertamente, no tienen demasiada ascendencia en los grupos más aguerridos y mejor organizados que gravitan en el entorno de la CUP y sus satélites, bajo la actual denominación de Colectivos de Defensa del Referéndum, aunque sus miembros se han prestado a formar parte de ellos, pero sí controlan las masas independentistas en todas las poblaciones. Gracias al dinero público que les ha caído a raudales desde diferentes vías durante años, se han imbricado en el tejido asociativo local convirtiéndose en un fuerte poder influyente y un referente social del movimiento nacional independentista. Bajo su criterio, no hay derechas ni izquierdas. Este debate ha sido postergado en pro del objetivo más elevado: la independencia. Y lo han conseguido. ERC y PDeCAT son casi réplicas, y la CUP, aunque a veces patalea, se aviene a sus planteamientos. Son los líderes de un proceso que ha agitado a las masas y ahora son los artífices de poner a las masas al frente del proceso. Lo recuerda la juez Lamela: Sánchez y Cuixart llamaron «a la movilización permanente». Y las masas siempre son difíciles de controlar.

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