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“En algo tan sencillo, tan inmenso y tan tierno como un bebé en el pecho de su madre podría estar el único futuro que nos queda a la humanidad”

Opinión

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    / John Singleton Copley - óleo sobre lienzo - 63 x 76 cm - 1777 - (Museum of Fine Arts (Boston, United States))
María Berrozpe. 

Tiempo de lectura 8 min.

21 de diciembre de 2017. 13:50h

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María Berrozpe.  24/12/2017

Llega la Navidad, y en millones de casa de todo el mundo se abrirá esa caja guardada en el altillo o en el sótano en la cual, entre espumillones, bolas de colores y papel protector de burbujitas, se encuentran las figuras del Belén de Navidad. Estilos de belenes hay muchos. Algunos tienen unas pocas figuritas grandes y valiosas que representan sólo la imagen central con el niño Jesús, María, San José un buey y una burra. Otros, en cambio, representan pueblos enteros alrededor del nacimiento, con Reyes magos, pastores, artesanos y diversidad de animales representando diversas escenas de la vida cotidiana.

Pero algo común a todos los belenes es, al menos hasta hace unos pocos años, la disposición de las figuritas del nacimiento: José y María, uno generalmente de pie y la otra de rodillas o sentada, rodeando y contemplando un niño colocado solo y medio desnudo en un pequeño pesebre lleno de paja. Una escena que también se repite en numerosas obras de arte, de todos los siglos. Una imagen que desde que yo misma soy madre me produce una extraña desazón. ¿Dejaría yo a mi recién nacido en un montón de paja, medio desnudo, en medio de la noche? ¿Me quedaría yo contemplándolo en la distancia, sin tocarlo ni cogerlo, con las manos juntas y pasivas sobre mi regazo? Y, sobre todo ¿Se quedaría el recién nacido calladito, despierto y feliz en esa posición?

Definitivamente no. Y si alguien duda de esta respuesta, que pregunte a cualquier madre de este planeta.

 “En algo tan sencillo, tan inmenso y tan tierno como un bebé en el pecho de su madre podría estar el único futuro que nos queda a la humanidad”

Virgen del cojín verde, lienzo de Andrea di Solario. Museo Nacional del Louvre, París.

Los bebés humanos necesitan, y exigen ruidosamente cuando no lo tienen, el calor, el latido, el olor y la leche del cuerpo de su madre. Y una madre recién parida difícilmente estará cómodamente sentada o arrodillada mirando a su bebé sin tocarlo. La tradición nos ha querido transmitir una imagen aséptica, “limpia”, nada nada mamífera del nacimiento de un niño Dios de una Madre Inmaculada. Pero la realidad debió de ser muy distinta porque, a pesar de la condición especial de los protagonistas de esta historia, todos eran, además, mamíferos.

Y como mamífera debió de parir María y de nacer Jesús. Ya en 1999 Michel Odent, médico francés famoso por su defensa del parto natural y sus estudios sobre la salud primal del ser humano, escribió un hermoso texto en el cual describía una escena mucho más realista. El lo hizo basándose en su gran experiencia atendiendo partos naturales y fisiológicos, en la cual tanto madre como bebé se comportaban siguiendo sus instintos más ancestrales. Y yo, sin tener su experiencia atendiendo a mujeres pariendo, también me he imaginado ese momento influenciada por mis conocimientos sobre el parto como doctora en biología y, muy especialmente, por lo que he vivido en mis propias carnes al parir a mi tercer hijo en un maravilloso, respetado e indoloro parto natural.

Y así, puedo imaginarme a María sintiendo sus primeras contracciones, posiblemente asustada por su precaria situación, pero a la vez confiada y segura por estar en compañía del hombre que ama y su fe en Dios y en lo que significaba ese nacimiento. Describe Michel Odent que, según el protoevangelio de Jacques le Mineur, José salió a buscar una comadrona dejando a María sola en el pesebre con la burra y el buey.

No sé si eso será o no verdad, aunque yo prefiero pensar que José estuvo allí para ayudar a María, para confortarla y darle apoyo en el momento de lo pujos. También es posible que María se hubiera sentido más libre para comportarse y ser una mamífera de parto sin la presencia de José. En cualquier caso, creo totalmente que María tuvo un parto sin dolor, aunque para ello no se necesita ninguna intervención divina. Sólo el respeto por la fisiología natural del parto dando libertad a la madre para moverse y ponerse en la postura que el cuerpo le pide, crearán las condiciones necesarias para que se produzca el tan deseado parto sin dolor. Así las contracciones son oleadas intensas, pero no dolorosas, y el expulsivo puede convertirse en un enorme momento de alegría infinita, en lugar del momento de dolor desgarrador al que las mujeres de nuestro tiempo y de nuestra sociedad estamos acostumbradas.

 “En algo tan sencillo, tan inmenso y tan tierno como un bebé en el pecho de su madre podría estar el único futuro que nos queda a la humanidad”

La Virgen de la leche, Leonardo da Vinci, Museo del Hermitage, San Petersburgo, Rusia

Así pues, me imagino a María pariendo en cuclillas, tal vez apoyada en José o tal vez en soledad, recostada en el cálido cuerpo de la burra. Posiblemente ella misma cogió amorosamente al niño que salía de su cuerpo e instintivamente lo colocó sobre su pecho, bien protegido entre sus brazos. Así, Madre e Hijo se mirarían por primera vez. Se olerían y tocarían. Se reconocerían. En ese momento estático, fuera del tiempo y del espacio, María, guiada por su instinto ancestral acercaría su hijo al pecho, y Jesús, animado por el olor conocido de su madre, abriría su diminuta boca buscándolo. Una oleada intensísima de oxitocina invadiría el cuerpo de María cuando su hijo finalmente se enganchara a su pecho, haciéndoles sentir el amor más puro y profundo del universo. Al mismo tiempo, su útero se contraería expulsando la placenta. Tal vez en ese momento llegara la comadrona con José, como explica Jacques le Mineur según el texto de Michel Odent, y asombrándose de que el bebé hubiera encontrado el pecho tan pronto por sí mismo dijera unas palabras que para mí son la clave para el futuro de nuestra humanidad:

¿Quién ha visto jamás un niño que apenas nacido tome el pecho de su madre?” Es el signo evidente de que este niño al convertirse en hombre, un día juzgaría según el Amor y no según la Ley.”

Y así, con Jesús en su pecho, abrigado en sus brazos y por su cuerpo, María descansaría recostada sobre José sin ninguna intención de separar a su recién nacido de su cálido nido maternal para dejarlo en un frío pesebre de paja. Ahí, en sus brazos, permanecería Jesús las horas y los días siguientes, mamando a demanda y sólo siendo sostenido por José ocasionalmente, cuando María necesitara atender sus propias necesidades. Y es ahí donde lo vieron los pastores y los Reyes Magos: en los brazos de su madre, y no expuesto, desnudo y solo en el frío pesebre.

Y es esta imagen, la de María sosteniendo a su lactante junto a su pecho, la que a mí me gustaría que representaran todos los belenes de la tierra. Porque es aquí donde seguramente está la clave para que el ser humano pueda desarrollar todo su potencial para amar: amarse a sí mismo, amar a su prójimo y amar el ecosistema, la tierra y el universo que le acoge. En algo tan sencillo, tan inmenso y tan tierno como un bebé en el pecho de su madre podría estar el único futuro que nos queda a la humanidad.

María Berrozpe es doctora en biología, esposa y madre de tres hijos. Actualmente vive en Suiza con su familia. Ha publicado recientemente el libro Dulces Sueños (ed. Anaya)y es autora de la recopilación sobre literatura científica El debate sobre el sueño infantil. Tiene un blog, Reeducando a mamá.

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