Peace & Love: El Vietnam del «radical chic»

En plena Guerra Fría, el comunismo soviético instrumentalizó los movimientos pacifistas contra el imperialismo norteamericano

  • John Lennon y Yoko Ono protagonizaron la imagen más patéticamente snob de aquella «izquierda exquisita»
    John Lennon y Yoko Ono protagonizaron la imagen más patéticamente snob de aquella «izquierda exquisita»

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19 de agosto de 2017. 02:42h

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Lluís Fernández 19/8/2017

«Protesta» es un vocablo que se puso de moda unido al de pacifismo. En el origen del símbolo del círculo con una Y invertida se encuentra el matemático Bertrand Russell, aunque lo diseñó Gerald Holtom para la campaña de desarme «British Campaign for Nuclear Disarmament». En los 60 fue adoptado por los jipis y en 1967 se puso de moda el eslogan «Peace & Love» contra la guerra del Vietnam.

El problema del pacifismo es que siempre fue de una sola dirección, contra la imperialista Norteamérica, mientras se olvidaba del agresivo comunismo de la URSS, China, Cuba, Vietnam, etc. y su imperialismo revolucionario. Mientras USA se desangraba en Vietnam durante una guerra impopular y morían cientos de jóvenes, el comunismo internacional, organizado desde Moscú, patrocinaba los comités pacifistas de todo el mundo, al tiempo que invadía Afganistán y Checoslovaquia, y Cuba exportaba revoluciones a toda Suramérica y África.

Jean-Françoise Revel advierte en «Cómo terminan las democracias» (1983) que cada aparición del movimiento pacifista coincide con el endurecimiento de la diplomacia soviética. En 1932, cuando la URSS apoyaba los frentes populares, nació el Movimiento Amsterdam-Pleyel por la paz. En 1950, el movimiento por la paz irrumpe en pleno ataque contra Corea del Sur por las tropas chinas de Mao Zedong, recién iniciada la Guerra Fría. Le sigue en 1961 «la ofensiva de Paz», organizada por el KGB de Moscú y subvencionada mediante el Fondo Soviético para la Paz, que coincide con la crisis de los misiles en Cuba y el levantamiento del muro de Berlín para impedir la sangría de jóvenes que desertan del «paraíso comunista» a razón de veinte mil a la semana. Y el último, al inicio de los años 80, para ocultar la imagen belicista de la URSS por la invasión a Afganistán, la represión polaca y la violación de la distensión armamentística.

Sociedades cerradas como la URSS y los países del Telón de Acero, junto a China, Corea del Norte, Cuba y Vietnam, fueron en aquellos años ejemplos elocuentes de cómo la revolución socialista conseguía la anulación efectiva de todas las libertades ante la «ceguera voluntaria» del opulento y confiado Occidente. Esa ceguera, producto de la desinformación y sucesivas campañas de manipulación ideológica a través de la agitprop comunista, hizo que los jóvenes jipis se opusieran a la guerra del Vietnam y pugnaran por el desarme unilateral norteamericano mientras favorecían, mayoritariamente, ajenos al militarismo y el expansionismo socialista en todo el mundo, el apoyo a las guerrillas violentas que Cuba patrocinaba en el Tercer mundo.

Fue al maquiavélico Lenin a quien se le ocurrió utilizar los movimientos pacifistas contra los países democráticos. Ante la protesta del camarada Chicherin, Lenin le contestó: «Dígame dónde y cuándo el Partido se ha negado a utilizar el pacifismo para desagregar al enemigo, a la burguesía». En la conferencia celebrada en Ginebra en 1922, Lenin le instó a que reforzara el ala pacifista de la burguesía.

La influencia del «movimiento» juvenil norteamericano sobre mayo del 68 fue esencial. Revel fue uno de los pocos que supo ver que «los revolucionarios de 1968 en Europa no fueron conscientes de que en el fondo la inspiración del “movimiento” era de esencia liberal. Solo tenía razón de ser como motor de una aceleración de la civilización liberal e individualista opuesta al estatismo y al colectivismo, como acabó siéndolo más tarde, en los años 80».

Tom Wolfe lo satirizaba sin piedad en «La izquierda exquisita»: «La gente bien –escribe– empezó a dar fiestas en honor de los Panteras Negras en sus hogares, desde Park Avenue a Croton-on-Hudson. Lo que equivale a decir: empezaron a poner revolucionarios exóticos en el living, hasta llegar a la última palabra en decoración interior Plebeyamente Exquisita: cuerpos negros vivos».

El delirio de la revolución armada fue la típica alucinación ideológica masiva en la que cayeron desde la actriz Jane Fonda, que pasó de Barbarella a Hanoi Jane, identificándose con el comunista y genocida nortvietnamita Ho Chi-Minh; la trotskista Vanesa Redgrave, culpable de que numerosas niñas españolas lleven su nombre, que promocionó al asesino Yasser Arafat, y Jean Seberg, que defendió a los Panteras Negras y mantuvo relaciones íntimas con uno de sus líderes. Pero la imagen más patéticamente esnob fue la de John & Yoko en la cama de la paz en Montreal: Se puede ser más jipi, pero no más tonto.

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