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Los olvidados

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18 de mayo de 2017. 21:07h

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Sin hacer ruido, se rindió un homenaje en el Congreso de los Diputados a la memoria de Fernando Álvarez de Miranda, organizado por el Consejo Español del Movimiento Europeo, que preside Eugenio Nasarre. Era el reconocimiento callado, cuando se cumplía un año de su muerte, a un político democristiano de larga trayectoria, desde el «contubernio de Munich» a la Presidencia del Congreso en los albores constituyentes de la democracia, que se caracterizó por la ejemplaridad. Y no estamos sobrados hoy de españoles ejemplares. Pocos más dignos y europeístas que él, ahora que Europa emprende, titubeante, una nueva etapa poblada de asechanzas y de oportunidades, en la que España debería tener, por fin, un papel digno. Formó parte de un equipo valioso y variado de políticos inspirados en el humanismo cristiano, que condujeron la transición a la democracia. Entre ellos, Adolfo Suárez, mucho más católico que falangista (en realidad, nunca fue falangista), cuyo primer Gobierno, el que sacó a España de las tinieblas, estuvo mayormente formado por los «tácitos» de Herrera Oria, que en el PSOE llamaban «los vaticanistas». Democristianos ilustres son, entre otros, Alfonso Osorio, Joaquín Ruiz-Giménez, Gil-Robles, Íñigo Cavero, Durán Lleida, Landelino Lavilla, Óscar Alzaga, Marcelino Oreja y Álvarez de Miranda, un amplio abanico plural y decisivo. No conviene perder del todo la memoria.

En las primeras elecciones, la Iglesia española, por decisión del cardenal Tarancón, aconsejado por el nuncio Dadaglio, decidió no apoyar de forma institucional a una gran fuerza Demócrata Cristiana para evitar que la religión volviera a entrar en la pelea política. Han pasado los años y los democristianos que formaban el trípode democrático con liberales y socialistas se han diluido aquí y en Europa –sólo resisten en Alemania– a pesar de que, con Robert Schuman, Adenauer y De Gasperi, fueron los verdaderos impulsores de la Unión Europea. Y es un hecho que la doctrina social de la Iglesia, desde Juan XXIII al Papa Francisco, está muy a la izquierda del PSOE, como reconoció un día Felipe González, y ha impregnado lo mejor de la vida pública. Todo esto se olvida y se propaga a todas horas, hasta la náusea, que el Estado de bienestar y todos los avances sociales se deben en exclusiva a la socialdemocracia, que está a punto de morir de éxito. Como dice Neruda, «es tan corto el amor y es tan largo el olvido...».

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