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Los tres años más difíciles de Juana

Él le dijo que había cambiado y que era la mejor mujer del universo. Ella le creyó. A partir de ahí, el tiempo de convivencia fue, según la joven, un auténtico infierno

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J.V. Echagüe Madrid.

Tiempo de lectura 5 min.

31 de julio de 2017. 10:41h

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Los turistas que lo han visitado definen la casa rural situada en la localidad de Carloforte, en la isla de San Pietro, como un paraíso rural y atemporal, donde el visitante se sumerge en la quietud y el silencio de la naturaleza. Los viajeros que se hospedaron en los tres últimos años en esta isla próxima a Cerdeña no podían imaginarse que estaba siendo testigos de la desintegración de una pareja, la conformada por Juana Rivas y Francesco Arcuri, y mucho menos que su disputa iba a convertirse en titular de primera plana en toda la Prensa española. Juana denuncia que allí sufrió malos tratos físicos y psíquicos, lo que la impulsó a huir en el verano de 2016 con sus dos hijos, entonces de 10 y 2 años, a su localidad natal, Maracena (Granada). Francesco lo niega. La madre y los dos pequeños permanecen en paradero desconocido desde el pasado miércoles, día en el que tenía que hacer entrega al padre, por orden judicial, de sus dos hijos en el punto de encuentro de Granada. Juana lo había avisado apenas unas horas antes de su huida: «Van a tener que quitarme a mis hijos a palos».

La relación se remonta a principios del presente siglo. Por aquel entonces, Juana era una joven de poco más de 20 años que emprendió un ilusionante viaje a Londres. Allí conoció al que, para bien o para mal, iba a ser el hombre de su vida. Aunque Francesco, 15 años mayor que ella, se encontraba establecido en el país, ambos decidieron instalarse en Granada. Allí, la joven abrió una tienda de productos biológicos. «Sabíamos que Juana no era feliz en su matrimonio», afirma una vecina que, por aquel entonces, tenía trato con ella. Tres años después de dar a luz a su primer hijo, fue una clienta de Juana la que acabó descubriendo una realidad muy distinta a la que la pareja mostraba en público. Fue en mayo de 2009. Se la encontró seriamente magullada, en un estado lamentable. Fue ella quien la convenció para acudir a un centro de salud. El propio médico tramitó la denuncia por violencia machista.

Francesco fue condenado en 2009 con una orden de alejamiento. Según la sentencia, la joven fue golpeada repetidas veces, después de que Francesco la recriminara por llegar a casa a altas horas de la madrugada. «No es cierto que Juana le perdonara», afirma a este periódico Francisca Granados, directora del área de Igualdad y asesora jurídica de la joven del Centro de la Mujer de Maracena. Según la defensa de Francesco Arcuri, la condena fue «pactada» por las dos partes tras llegar a un acuerdo de conformidad porque, desde entonces, ella no le dejaba ver a sus hijos. «Se trata de una sentencia de conformidad, que, en el 90% de los casos, son arreglos entre los abogados para agilizar las actuaciones: si reconoces el delito, te rebajan la pena», explica.

Tras la sentencia, Francesco regresó a Italia. Sin embargo, no perdió el contacto con Juana. «He cambiado», «eres la mujer más maravillosa del universo»... Estas fueron algunas de las frases con las que convenció a la joven de que podían comenzar una nueva vida juntos. Fueron años de insistencia. Así, cuatro años después de la sentencia, Juana hizo las maletas rumbo a Carloforte. Allí ayudaría a Francesco en la casa rural que acababa de abrir. Juana asegura que el trato hacia ella fue perfecto al principio. Parecía que todo iba a volver a su cauce. De hecho, poco después de trasladarse a la isla tuvieron a su segundo hijo. «Eran unos maravillosos anfitriones. Acababan de tener un bebé que era el corazón de esa familia», dicen sus huéspedes en la isla italiana. Aparte del excelente servicio, Francesco les ofrecía a los clientes recorrer la isla en barco.

Sin embargo, según Juana, la situación no tardó en cambiar. Asegura que Francesco la tenía totalmente controlada, era incapaz de dar un paso sin tener que informarle. También, según su versión, no tenía permitido el acceso a internet. De ahí, se pasó a los insultos y a los golpes, tal como denunció hace más de un año. «Mi hijo, que ya era un hombrecito, me decía: ‘‘Lucha mamá, lucha hasta el final’’», relató hace unos meses Juana en una entrevista en televisión. Asegura que fueron más de dos años de violencia psicológica y física.

Juana se encontró completamente sola y sin apoyos. Pensó en denunciarle cuando aún convivía con él. Sin embargo, era complicado: la localidad más cercana se encontraba a ocho kilómetros, mientras que, para acceder a un juzgado, tenía que tomar un ferry cuyo trayecto abarcaba tres horas. Fue ya entrado mayo de 2016 cuando convenció a Francesco para que la dejara irse con los pequeños a Maracena, con el objetivo de que pasaran unos días con sus familiares. Una vez allí, se dirigió al Centro de la Mujer, donde cinco técnicos especializados en violencia de género han llevado a cabo una acción integral con ella. «Llegó muy desgastada, física y psicológicamente, por ese periodo de su vida. Echó sus últimos arrestos para salir de ese infierno», explica Granados. En julio del año pasado, el centro tramitó la denuncia ante la Guardia Civil de la localidad granadina. Un texto, por cierto, que aún no ha sido enviado a las autoridades italianas. «La denuncia está todavía en manos de una empresa, que tiene un convenio con los juzgados, y que es la encargada de traducirla al italiano. Lo último que sabemos es que todavía quedan partes por traducir», afirma Granados, que critica la «descoordinación administrativa» de la Justicia.

LA RAZÓN contactó ayer con Arcuri, que declinó hacer declaraciones. Hace unos días, aseguró a la agencia italiana Ansa que «la llama todos los días», pero sin respuesta; que desde el pasado mes de noviembre no ha tenido contacto con los pequeños, y que Juana «ha empezado una campaña de prensa contra mí» con el objetivo de presionar a los jueces. También explicaba que, durante los primeros meses, él y sus abogados intentaron convencerla para arreglar la situación. Sin embargo, al ver que no existía la menor posibilidad, tramitó la denuncia por secuestro interparental. Una denuncia que finalmente prosperó, provocando la fuga de Juana con los pequeños y abriendo una nueva herida en la familia. Él permanece firme respecto a las acusaciones: «Eso nunca ocurrió».

En el último año, Juana se ha convertido en una activista por los derechos de las víctimas de violencia de género. El pasado diciembre consiguió reunir 100.000 firmas en favor de su causa y las entregó a la Abogacía del Estado. Poco a poco, fue reintegrándose en Maracena. Tuvo que vender la tienda, pero pudo escolarizar a sus hijos. A día de hoy, sólo percibe la renta activa de inserción. Pero, si ha salido adelante, ha sido gracias a sus dos grandes apoyos: su madre y su hermana. Con esta última «está especialmente unida. Ha vivido su caso como si fuera propio», dicen sus allegados.

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