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Tribuna

El espacio ante el espejo de la realidad europea

Europa deja de ser un «gigante aparente» y comienza a actuar con urgencia estratégica en el sector aeroespacial

El comisario europeo de Defensa y Espacio, Andrius Kubilius LUKASZ KOBUSEUROPAPRESS

En la literatura de Michael Ende aparece un personaje fascinante: el Gigante Tur Tur. Era un «gigante aparente»: desde lejos, su figura parecía descomunal, capaz de intimidar al más valiente; de cerca, en cambio, se revelaba como un hombre corriente, amable y a menudo desbordado por la imagen que proyectaba.

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Hace años, Martin Schulz recuperó esa metáfora en su libro «Europa: La última oportunidad» para describir una patología de la Unión Europea: grande en los tratados, pequeña en la ejecución; ambiciosa en los discursos, fragmentada en la práctica. Tras 25 años observando la industria, me atrevo a afirmar que la política espacial europea ha padecido durante demasiado tiempo ese mismo síndrome. Sin embargo, lo visto tras la reciente Conferencia Espacial Europea en Bruselas sugiere un giro: Europa parece dispuesta a dejar de ser un «gigante aparente» y a comportarse como una potencia que toma decisiones con sentido de urgencia.

La realidad estratégica, sin filtros

En geopolítica, la realidad depende –muchas veces– del punto de vista. Durante décadas, Europa miró al espacio con la óptica de la cooperación científica y la cultura institucional: una mirada valiosa, pero insuficiente. Mientras tanto, desde Washington o Pekín, el espacio se ha entendido como una infraestructura decisiva para el poder económico, la autonomía tecnológica y la disuasión.

La principal señal que deja la cumbre es precisamente ese cambio de enfoque: la órbita ya no se trata solo como un «laboratorio de paz», sino como infraestructura estratégica.

Y el paso de la ambición a los resultados deja de ser un eslogan para convertirse en una condición de supervivencia. En esa línea, la propuesta del comisario europeo Andrius Kubilius de movilizar una ambición financiera de escala inédita –del orden de los 131.000 millones de euros en el próximo ciclo– expresa una idea simple: la soberanía no se sostiene con comunicados, sino con tecnología propia y presupuestos proporcionales al desafío.

Del espacio “de papel” al espacio de resultados

Si Europa quiere ser el gigante real que el mundo espera, debe corregir la deformación que provoca el exceso de celo nacional. La autonomía estratégica no es un concepto abstracto: descansa sobre decisiones concretas que no admiten más demoras.

Primero: IRIS² es urgente. Europa no puede permitirse que su conectividad –gubernamental y civil– dependa de constelaciones privadas extranjeras. El despliegue de esa infraestructura será, en la práctica, el gran «test de estrés» de la agilidad europea: contratación, plazos, gobernanza y ejecución.

Segundo: replantear el geo-retorno rígido. Es hora de pragmatismo valiente. La industria pide un «New Deal» en el que la eficiencia y la competitividad pesen más que el reparto automático de cuotas nacionales que, con demasiada frecuencia, ralentiza programas, encarece costes y reduce rentabilidad.

Tercero: acceso independiente y continuidad operativa. Con los avances recientes en lanzadores, el reto ya no es solo «llegar», sino estar: mantener una cadencia sostenible, fiable y competitiva. Un gigante que no controla su llave de acceso al espacio termina siendo rehén de las decisiones de otros.

El espacio como banco de pruebas de una Europa más ágil

A menudo, la UE es percibida como un mecanismo lento, atrapado en su propia gravedad administrativa. El sector espacial puede –y debe– convertirse en el laboratorio donde Europa ensaye otra forma de gobernar: decisiones más rápidas, menos dispersión, más coherencia entre objetivos y herramientas.

El espacio empuja de forma natural hacia la consolidación: ganar escala, atraer inversión, competir globalmente. Ahí reside una lección incómoda pero necesaria: la fragmentación ha sido el espejo que agrandaba nuestras ambiciones y empequeñecía nuestra capacidad real. Si la integración industrial y política avanza, el espejo se limpia y el tamaño de Europa deja de ser aparente.

En ese marco, la futura normativa espacial europea será una prueba decisiva: si armoniza el mercado sin asfixiar la innovación, Europa habrá encontrado una fórmula replicable para otras políticas comunes donde también se juega su autonomía.

Conclusión: de la retórica a la soberanía

Martin Schulz advertía que Europa no podía permitirse ser ese gigante que se desvanece al acercarse a la realidad. La Conferencia Espacial de este año parece haber tomado nota. El tono en Bruselas ha sido el de una potencia que ha entendido que el espacio es negocio, es seguridad y es, sobre todo, libertad de decisión.

No se trata de militarizar el cielo por inercia. Se trata de garantizar que nuestra vida cotidiana –desde las transacciones bancarias hasta la gestión de emergencias– no dependa de un interruptor que otra potencia pueda apagar. Mi convicción, después de un cuarto de siglo en el sector, es clara: Europa empieza a dejar atrás la distorsión del miedo y a construir al gigante con determinación. De la empatía institucional estamos pasando al pragmatismo estratégico. Y, en el mundo que viene, esa es la condición mínima para seguir siendo dueños de nuestro propio destino.