Opinión I Desde el voladizo
Últimas mañanas con María Jesús
"La Andalucía a la que regresa no es la misma que dejó. Se la va a encontrar más dinámica y con unas generaciones que nacen lejos de los viejos clichés de Gramsci"
Desde sus tiempos como directiva del Hospital de Valme –sin mucha experiencia clínica–, María Jesús Montero siempre ha ejercido la política desde posiciones de poder. Viceconsejera de Salud, Consejera de Salud, Consejera de Hacienda –en la otrora «todopoderosa» Junta de Andalucía socialista– y Ministra de Hacienda.
Nunca ha «penado» los predios de la oposición, en donde los altavoces son menores, las capacidades de influencia escasas, los medios exiguos y las propuestas tienen que medirse con amplitud de miras. Montero siempre ha tenido el BOJA o el BOE como principal arma de su actividad política.
En estas últimas sesiones de control, antes de su marcha a Andalucía como «candidata a palos 2.0» del sanchismo, se ven claramente las claves de su proceder político: lo más a la izquierda del PSOE, la vieja política de «pobres contra ricos» del marxismo de finales de los 70/80 y una demonización de todo lo que el Estado no pueda promover, impulsar o controlar en los productivo.
La Andalucía a la que regresa no es la misma que dejó. Ha cambiado. Se la va a encontrar más dinámica, próspera, audaz y con unas generaciones que nacen a la decisión política lejos de los viejos clichés de Gramsci. Las personas, generalmente, quieren independencia, prosperar por sí mismas, formar una familia en la que amar y ser amado y una estructura administrativa que las proteja e impulse, pero que no las oprima y reduzca el oxígeno de su libertad. Andalucía es otra.
Bajo el paraguas de un Ministerio que ha perpetrado las mayores subidas de impuestos de la España reciente, la candidata Montero puede reclamar sitio institucional, que apurará todo lo que pueda, pero su atalaya de dueña de la Agencia Tributaria se desvanecerá –como la carroza de Cenicienta– cuando no pueda ejercer desde su Ministerio. Ahí estriba una dificultad no menor: es la primera vez que no va a jugar con el «factor campo» a favor sino a contracorriente, algo para lo que no está preparada, puesto que en eso sí que no tiene experiencia. Sin los ropajes y oropeles será más difícil.
Por eso, no deja de inspirar cierta mirada de asombro estas, quizás, sus últimas intervenciones en la sesión de control, imaginando cuando no esté protegida por el «blindaje» de la posición del Ministerio. Que haya votado por error contra las ayudas a las víctimas de Adamuz, señalándose además como la única parlamentaria en hacerlo, no puede ser casualidad: es síntoma. No le llega la camisa al cuello y es comprensible. Regresa a Sevilla a inmolarse por su jefe: ese es su único destino posible y lo sabe.
Sin todo el aparato institucional a su servicio, sola ante el peligro, aquí lo va a pasar mal, y lo peor es que no va a inspirar siquiera pena. Mal lo pasaron los sanitarios del Hospital Militar de Sevilla cuyo traspaso reclamó con tanto ardor para luego cerrarlo… y dejar fuera de él a tantos buenos profesionales. Mal lo pasaron los pacientes que sufrieron desabastecimientos continuos y problemas de adherencia por culpa de las subastas, convirtiéndose en pacientes agraviados con respecto al resto del sistema sanitario. Mal lo pasaron quienes aguardaban una intervención mientras las listas de espera crecían sin freno. Mal lo pasaron los profesionales sanitarios sometidos a recortes, ajustes y plantillas al límite durante los años más duros de la crisis. Mal lo pasaron las familias atrapadas por el Impuesto de Sucesiones que ella mantuvo contra viento y marea. Mal pasaron los beneficiarios del gasto social, que se vio drásticamente recortado por esa misma que ahora va por la vida como abanderada de los servicios públicos.
María Jesús vuelve, pero su problema no es sólo que se queda sin el respaldo institucional, algo a lo que no está acostumbrada, sino que además tiene a la afición de uñas en su propia casa. Así que tiene el factor campo doblemente en contra. El panorama que le espera es tan desolador que hay que ser compasivo con su clamoroso error de votar en contra las ayudas a las víctimas de Adamuz.
Rafael Belmonte es diputado del PP por Sevilla en el Congreso de los Diputados