Turismo
El histórico Tren de Sóller mantiene vivo el lujo de la Belle Époque tras más de un siglo atravesando la Sierra de Tramontana
Sus icónicos vagones de madera y cuero conectan Palma con el legado modernista de Mallorca en un trayecto de veintisiete kilómetros por 40 euros
Mallorca custodia uno de los tesoros ferroviarios más fascinantes de la geografía española. Mientras la península se vertebra bajo el dictado de la alta velocidad, el Tren de Sóller sobrevive como un desafío al cronómetro, atravesando la Sierra de Tramontana desde hace más de un siglo con la misma parsimonia y elegancia con la que fue concebido. Es una experiencia que detiene el reloj en un rincón donde el paisaje y la historia convergen.
Nacido en 1912 para sortear el aislamiento de un escarpado camino de herradura, este trayecto de 27 kilómetros es hoy un referente del patrimonio industrial nacional. Según los informes técnicos consultados, el recorrido parte desde la Plaza de España de Palma y se adentra en el corazón de la isla durante 60 minutos, superando hitos de la ingeniería como el viaducto 'Cinc Ponts' y el imponente Túnel Major. El pasaje, con un coste de 40 euros, permite al viajero transitar por parajes de pinos y olivos que definen la esencia del mediterráneo.
El lujo de la Belle Époque
La experiencia se completa con el tranvía de 1913, que enlaza el casco urbano con el puerto en un tramo adicional de cinco kilómetros. La estética es puramente Belle Époque: maderas nobles lacadas, bronces relucientes y las icónicas ventanas tipo guillotina. La información analizada destaca la exclusividad del vagón de primera clase, donde los sofás de cuero sustituyen a los bancos convencionales para preservar el refinamiento que fascinó a la burguesía de principios del siglo XX.
Huella del modernismo español
Al final del trayecto, Sóller recibe al visitante con un despliegue de arquitectura modernista inaudito fuera de los grandes núcleos peninsulares. La propia estación es una joya Art Déco, antesala de una ciudad marcada por la impronta de Juan Rubio, discípulo aventajado de Gaudí. Edificios monumentales como el Banco de Sóller o la mansión de Can Prunera consolidan este enclave como una parada obligatoria para los amantes de la historia y el arte.
Entre la silueta de la Iglesia de San Bartolomé y la vigilancia perimetral de la Torre Picada, el ferrocarril de madera mallorquín se erige como un recordatorio de que la tecnología de 1912 aún tiene plena vigencia. Es la prueba viva de que, en ocasiones, la mejor forma de avanzar en el siglo XXI es saber mantener el paso firme y el estilo de nuestra propia historia.