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Historia Viajar
Hace 97 años, un canario sobrevoló el mundo en el mayor dirigible de la historia
El Graf Zeppelin hizo historia en 1929 y Canarias estuvo allí, suspendida a cientos de metros sobre la Tierra

Hubo un tiempo, no tan lejano, como a veces creemos, en el que mirar hacia arriba significaba ver pasar gigantes. Los dirigibles se movían sobre el cielo de las ciudades. Sobre su pulso, pero a su ritmo. Diferente. Más sosegado. En las azoteas se acumulaban curiosos, y las sirenas de los barcos respondían al paso de las maquinarias volantes. Entre todos ellos destacó uno, el más célebre e histórico, el que convirtió el viaje aéreo en puro espectáculo: el Graf Zeppelin. Y dentro de él, un doctor canario: Jerónimo Megías.
Para ubicar esta hazaña histórica hay que volar 97 años atrás. El LZ-127 culminaba la primera vuelta al mundo realizada por un dirigible, una travesía que duró 20 días, 4 horas y 14 minutos y cubrió 34.600 kilómetros. Un récord que simbolizó la ambición de una época, que ahora se mira con nostalgia y que creía que el futuro volaría despacio, elegante y enorme.
Un viaje que asombró al planeta
La ruta comenzó en Lakehurst, en Nueva Jersey, el mismo lugar que años más tarde quedaría ligado para siempre a otro dirigible y a un final trágico -pero sobre eso iremos más adelante-. Desde allí, el Graf Zeppelin cruzó el Atlántico hasta Friedrichshafen, en Alemania, ciudad natal de estos colosos del aire. Después llegó el largo tramo oriental: Europa, los Urales, la inmensidad de Siberia...
En esa parte del trayecto se produjeron algunas de las escenas más llamativas y que tuvieron a Canarias como protagonista. El doctor Jerónimo Megías, natural de Las Palmas de Gran Canaria e integrante de la expedición, dejó una imagen difícil de olvidar: "La gente no corre, huye aterrorizada. Acaso se le antoja que el dirigible es un monstruo apocalíptico". Era, al fin y al cabo, la irrupción de un artefacto descomunal sobre poblaciones que jamás habían visto algo parecido. La modernidad. Per también el aislamiento. Todo visto desde los ojos de un grancanario, que tomaba nota y observaba, no solo la fauna o el paisaje, sino el impacto humano del progreso.
La aeronave alcanzó Tokio y, desde allí, emprendió la travesía del Pacífico rumbo a Estados Unidos. El 29 de agosto de 1929 regresaba a su punto de partida tras cerrar el círculo, firmando además el mayor tiempo en vuelo sin tocar tierra, 128 horas seguidas en el aire.
El gigante de los cielos
El Graf Zeppelin era, en su momento, la mayor aeronave del mundo. Medía 236,5 metros de longitud -más que muchos rascacielos actuales tumbados en horizontal- y contaba con un volumen de 105.000 metros cúbicos. Cinco motores Maybach de 550 caballos lo impulsaban con potencia, pero a la vez suavidade potencia y suavidad que sorprendía a quienes viajaban en su interior. Podía transportar hasta 60 toneladas de carga.
Entre 1928 y 1937 realizó alrededor de 600 viajes, cruzó el océano Atlántico en unas 150 ocasiones y mantuvo una línea regular de carga y correo con Sudamérica. Durante algunos años, representó la promesa de una aviación más cómoda y, hasta cierto punto romántica.
El principio del fin
La historia de los dirigibles cambió bruscamente tras el incendio del gigantesco navío LZ-129 Hindenburg, una imagen que supuso un golpe psicológico demasiado fuerte para la confianza pública, que se evaporó. Y con ella, el modelo de transporte que había dominado los cielos durante años.
El progreso tomó otro camino, donde los aviones, más rápidos y eficientes, se quedaron con el futuro. Los dirigibles, en cambio, pasaron a convertirse en una hecho histórico. En una mezcla de fascinación y melancolía.
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