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Economía

Chema Rodríguez: “Llegado el momento, preparábamos un maletín con tres o cuatro millones de pesetas y salíamos a recorrer los pueblos”

Un vecino de Olmedo cuenta cómo era el trabajo de repartir pensiones puerta por puerta, una labor que formaba parte de un modelo más amplio de servicios bancarios que hoy prácticamente ha desaparecido

Chema Rodríguez repartía pensiones puerta por puerta, una labor que formaba parte de un modelo más amplio de servicios bancarios Miriam ChacónIcal

“Llegado el momento, preparábamos un maletín con tres o cuatro millones de pesetas y salíamos a recorrer los pueblos”. Con esta declaración explicaba Chema Rodríguez cómo era el trabajo de repartir pensiones en los pueblos más recónditos de la sierra del Águila, en Ávila.

Aquel trabajo no se limitaba únicamente al reparto de pensiones. Formaba parte de un modelo mucho más amplio de servicios bancarios que ofrecían las antiguas cajas de ahorro, unas instituciones que durante años fueron un ejemplo financiero pero que, lamentablemente, acabaron desapareciendo en gran parte “por la injerencia política”. En ese contexto, Chema desarrolló la etapa más intensa de su carrera en la zona, trabajando para Caja de Ávila antes de su integración en Bankia y, posteriormente, en CaixaBank.

El territorio que atendían estaba compuesto por 16 pequeños pueblos. El principal era Muñico, con apenas 130 habitantes, y el resto se encontraba dispersos en una comarca amplia y ya afectada por la despoblación. “Aunque había muchos municipios, la población era poca”, recuerda Chema.

El final de mes marcaba el momento clave con el reparto de pensiones. El recorrido se hacía con un maletín lleno de dinero en efectivo, visitando las corresponsalías, los locales cedidos por ayuntamientos o particulares o acudiendo directamente a los domicilios. Cada pueblo tenía sus particularidades. “En El Oso (Ávila), por ejemplo, los matrimonios acudían al ayuntamiento a cobrar, mientras que las mujeres viudas recibían el dinero en sus casas”, narra Chema, como un ejemplo latente de cómo las costumbres han ido cambiando a lo largo de los años.

Más allá de lo económico, el trabajo tenía un fuerte componente humano. Muchas de las personas a las que atendían vivían solas, especialmente mujeres mayores. “No hay nada peor que la soledad no deseada”, afirma Chema. En muchas casas, además de cobrar la pensión, pedían que les leyeran cartas o simplemente buscaban conversación. Aquella visita semanal se convertía en un momento de compañía.

Las anécdotas de su memoria eran constantes. En uno de los pueblos, el local donde se atendía a los vecinos compartía espacio con un almacén de ataúdes. “Los que íbamos habitualmente ya lo sabíamos, pero alguno que no, se llevaba un susto importante”, cuenta. En otra ocasión, un compañero olvidó un sobre con dos millones y medio de pesetas en la puerta de un local. El dinero desapareció momentáneamente, hasta que una vecina llamó diciendo que lo tenía, aunque pidió una compensación. “La mujer se quería llevar un sillón, era algo que nadie llegó a entender”, recuerda entre risas y puso la guinda al pastel al relatar cómo en otro momento, dentro de un hostal, una mujer estaba quemándole una verruga a su hermano con nitrato de plata mientras ellos iban a recoger dinero. “Tenía las manos negras y aun así nos ofrecía algo de beber”, recuerda entre risas.

Sin embargo, las condiciones laborales no siempre eran sencillas. Los pueblos estaban a bastante altitud y los inviernos eran duros, con accesos complicados y escasez de servicios. Aun así, el equipo, que estaba formado por tres compañeros entre los que se repartían cinco o seis pueblos, funcionaba bastante bien. “Fue la etapa en la que más me ha gustado trabajar”, reconoce.

La seguridad del puesto era mínima. Se transportaban grandes cantidades de dinero en efectivo con coberturas limitadas. A pesar de ello, Chema nunca sufrió un atraco durante el reparto, aunque sí recuerda uno en una sucursal mientras él estaba de vacaciones.

El servicio era prácticamente integral: pensiones, gestión de la PAC, declaraciones de la renta, seguros agrarios; también se sumaba un asesoramiento personalizado en cada visita. “Era una oficina móvil y personal”, resume. En ese contexto, también se daban situaciones curiosas, como coincidir con empleados de otros bancos en casa del mismo cliente intentando captar sus ahorros.

Con el tiempo, todo este modelo desapareció. Fue sustituido por oficinas móviles que visitan los pueblos con menor frecuencia, pero que no ofrecen el mismo trato cercano.

Hoy, muchos de aquellos pueblos apenas mantienen servicios básicos. En invierno, algunos quedan prácticamente vacíos, lo que hace inviable la atención bancaria regular. Aunque las pensiones se ingresan directamente en cuenta, muchos mayores siguen necesitando efectivo y tienen dificultades para acceder a él.

En verano, la situación mejora con la llegada de familiares, pero el problema persiste el resto del año. La transformación digital tampoco ha sido sencilla para todos. “Antes incluso les costaba entender que el dinero ya estaba en su cuenta”, recuerda.

Chema reflexiona en su testimonio. “¿Qué servicio financiero va a tener una persona mayor que vive sola en un pueblo dentro de unos años?”, se pregunta.