Ángulo de reposo
Castilla y León y la prudencia en política
El PP llega con la responsabilidad de articular la mayoría que ha emergido, puesto que su condición de fuerza más votada le otorga la iniciativa

La prudencia da su tono a la democracia representativa, porque el juicio del representante queda obligado por el sentido que la sociedad ha querido expresar en las urnas, y no por el cálculo de conveniencias que interesan más al partido que a la comunidad a la que sirve. Quien recibe un mandato recibe con él la obligación de convertirlo en gobierno con la fidelidad que exige cualquier encargo que alguien deposita en manos de otro, porque en esa fidelidad reside la única legitimidad que un cargo electo puede reclamar para sí. La vida pública adquiere dignidad cuando esa mediación se ejerce con respeto hacia las lealtades cívicas que sostienen a una comunidad y hacia la continuidad moral que vuelve reconocible una decisión colectiva a lo largo del tiempo.
Los resultados de este domingo en Castilla y León vuelven a formular esa exigencia con una nitidez que desafía cualquier evasiva. El PP ha consolidado una posición de liderazgo asentada sobre un arraigo territorial que sus mismos resultados avalan; elevados, además, por haber sido el primero de todos los «pepés» que pactó con Vox y el primero, ahora, en desacomplejar su presencia durante la campaña. Vox ha confirmado que su electorado forma una parte estable y consciente del paisaje político y que comparece ante esta cita con consistencia suficiente para exigir una lectura amplia. Juntos han vuelto a construir una mayoría suficiente para gobernar, dentro de una comunidad donde la representación se distribuye entre nueve circunscripciones provinciales cuyas dimensiones, densidades y tradiciones cívicas difieren profundamente, y donde el último escaño en provincias como Soria, Ávila o Zamora condensa una sensibilidad extraordinaria que refleja hábitos políticos sedimentados y percepciones distintas.
Lo que hace singular este resultado es su propia historia reciente. La legislatura anterior conoció un acuerdo entre PP y Vox, atravesó después su ruptura y dejó al Ejecutivo popular gobernando en solitario durante un tramo prolongado, de modo que los ciudadanos han llegado a estas elecciones con memoria suficiente sobre la cooperación, sobre el conflicto y sobre el significado concreto de una mayoría construida dentro de ese mismo espacio político. Que hayan vuelto a exigir la necesidad de un equilibrio, después de haber contemplado aquella experiencia con pleno conocimiento de sus consecuencias, revela una preferencia persistente que no puede explicarse mediante impulsos pasajeros ni mediante la simple inercia de una elección anterior.
Las sociedades maduras expresan en el voto bastante más que una emoción momentánea, porque en la elección comparecen hábitos cívicos, juicios acumulados sobre el rumbo de la vida común y una cierta idea del orden que merece continuidad. Cuando esos elementos reaparecen de elección en elección con una regularidad que ha sobrevivido a la prueba del tiempo y a la prueba de la dificultad, dibujan una dirección política reconocible que el representante tiene la obligación de traducir en una forma de gobierno estable. Cualquier observador político ha sabido siempre que las instituciones no preceden a la sociedad sino que la expresan, que su legitimidad no viene de los principios abstractos que las fundan sino de las lealtades cívicas que las sostienen, y que una mayoría reiterada no es una coincidencia estadística sino la sedimentación de una manera de entender la convivencia.
El PP llega a este momento con la responsabilidad principal de articular la mayoría que ha emergido, puesto que su condición de fuerza más votada le otorga la iniciativa y la autoridad necesarias para explorar la fórmula de gobierno que mejor exprese la orientación visible en las urnas. Vox participa también de esa responsabilidad colectiva, porque una fuerza que aspira a perdurar dentro de la comunidad política queda obligada a contribuir con seriedad a la estabilidad institucional que el electorado ha vuelto a reclamar. La legitimidad de un acuerdo entre ambas fuerzas procede de la sociedad, que lo ha expresado con elocuencia silenciosa. Gobernar desde ese reconocimiento mutuo, asumir el encargo que los ciudadanos han depositado por segunda vez en las mismas manos es el único modo de hacerse valer, de liderar.
Castilla y León ha hablado con claridad suficiente, ha trasladado un mandato. Les toca ahora a sus representantes comprender que su obligación consiste en dar forma duradera a lo que la sociedad ha expresado como voluntad, porque la prudencia política; es decir, la mejor política, no se acredita en los momentos de comodidad sino cuando encuentra la vía más firme para llevar a la práctica una voluntad que el tiempo ha vuelto incontestable.