
Astronomía
Astrónomos presencian la colisión de dos planetas a 11.000 años luz de distancia
El hallazgo ofrece una ventana única para comprender cómo pudieron formarse planetas y lunas en los primeros momentos del Sistema Solar

A veces la realidad parece sacada directamente de una película de ciencia ficción. Estrellas que colapsan, lluvias de meteoritos o planetas que se comportan de forma imprevisible suelen ser elementos propios en la trama de películas futuristas. Sin embargo, algunos de esos fenómenos también ocurren fuera de la pantalla. De hecho, un grupo de astrónomos acaba de ser testigo de un acontecimiento extraordinario: la colisión de dos planetas situados a unos 11.000 años luz de la Tierra.
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El hallazgo ofrece una ventana única para comprender cómo pudieron formarse planetas y lunas en los primeros momentos del Sistema Solar. Los científicos detectaron el suceso mientras estudiaban una estrella muy parecida al Sol, llamada Gaia20ehk, ubicada en la constelación de Puppis. Durante las observaciones, notaron que el brillo de la estrella comenzó a comportarse de forma extraña: su luz parpadeaba y disminuía repentinamente.
Pronto descubrieron que el fenómeno no estaba provocado por la estrella en sí, sino por una enorme nube de polvo y fragmentos rocosos extremadamente calientes que pasaba frente a ella. Ese material era la señal inequívoca de que dos planetas jóvenes habían chocado violentamente, generando un inmenso campo de escombros espaciales.
Este tipo de impactos es muy poco frecuente de observar, aunque se cree que desempeñó un papel clave en la historia de nuestro propio planeta. Hace unos 4.500 millones de años, un cuerpo del tamaño de Marte, conocido como Theia, colisionó con la Tierra primitiva. De aquel choque surgieron los fragmentos que con el tiempo se agruparían para formar la Luna.
Una estrella que empezó a comportarse de forma extraña
El descubrimiento comenzó cuando Anastasios Tzanidakis, estudiante de doctorado de la Universidad de Washington, detectó un comportamiento inusual en Gaia20ehk. Durante años, la estrella había mostrado una luminosidad estable, típica de una estrella de su tipo.
Sin embargo, a partir de 2016 su brillo sufrió tres caídas breves. La situación se volvió aún más desconcertante en 2021, cuando la luz comenzó a variar de forma caótica.
Según explicó Tzanidakis, las estrellas similares al Sol no suelen mostrar ese tipo de fluctuaciones. Por ello, el equipo sospechó que algo externo estaba bloqueando su luz.
El rastro térmico del impacto
Para averiguar qué estaba ocurriendo, los investigadores recurrieron a telescopios que observan el universo en infrarrojo. Mientras la luz visible de la estrella disminuía, la señal infrarroja aumentaba de manera notable.
Este patrón inverso indicaba que el material que ocultaba la estrella estaba extremadamente caliente. Los cálculos sugieren temperaturas cercanas a 900 Kelvin (unos 627 °C).
Los científicos creen que las primeras caídas de brillo se produjeron cuando los planetas comenzaron a rozarse en encuentros cercanos mientras orbitaban uno alrededor del otro. Finalmente, ambos cuerpos se aproximaron lo suficiente como para protagonizar un choque frontal devastador, que pulverizó gran parte de su masa y creó una nube brillante de polvo y rocas.
Aunque el estudio no determina con exactitud el tamaño de los planetas, el brillo infrarrojo del material expulsado permite estimar que la masa del polvo generado es similar a la de Encélado, una luna helada de Saturno. Sin embargo, los investigadores creen que los mundos originales debieron de ser mucho más grandes.
Un vistazo al pasado del Sistema Solar
El material expulsado por el choque orbita actualmente a una distancia de aproximadamente una unidad astronómica de su estrella, es decir, una distancia comparable a la que separa la Tierra del Sol. Esto convierte al sistema en un escenario ideal para estudiar cómo se forman planetas y lunas rocosas.
Captar un evento de este tipo es extremadamente difícil, ya que requiere que el sistema esté perfectamente alineado con nuestra línea de visión desde la Tierra. Aun así, los científicos confían en que los nuevos telescopios permitan detectar muchos más sucesos similares en el futuro.
De hecho, investigadores de la Universidad de Washington creen que el futuro Observatorio Vera C. Rubin podría identificar hasta un centenar de colisiones planetarias en la próxima década. Estos descubrimientos ayudarán a responder una pregunta clave para la ciencia: con qué frecuencia ocurren impactos como el que dio origen a la Tierra y la Luna.
Comprenderlo no solo permitirá reconstruir la historia del Sistema Solar, sino también entender mejor cómo se forman mundos habitables en el universo.
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