Cultura

El escultor palentino que escucha a la madera

Desde su taller en Ampudia, Alfredo Martín 'Chis' talla recuerdos, trampantojos y sueños en madera recuperada, sin renunciar al hierro ni a la emoción de crear con las manos

Alfredo Martín 'Chis' en su taller de Ampudia(Palencia)
Alfredo Martín 'Chis' en su taller de Ampudia(Palencia)Brágimo/Ical

Hay apodos que se adhieren a la piel con la misma persistencia que el polvo fino de la madera recién desbastada. Nacen en un colegio cualquiera, sobreviven a los años y terminan convertidos en identidad. A Alfredo Martín le ocurrió algo así. En la escuela, el compañero que repartía motes decidió llamarle ‘Cochis’. El sobrenombre fue transformándose con el tiempo, se fue puliendo poco a poco como una pieza a la que se le quitan astillas, hasta quedarse en ‘Chis’. Hoy, ese diminutivo es su firma artística, su nombre en exposiciones, su manera de presentarse al mundo creativo.

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“Fue el típico mote de clase. Me cayó y ya está. Primero era Cochis y luego fue degenerando hasta quedarse en Chis. Y lo curioso es que mi mujer me llama así. Al final, el mote se convierte en algo tuyo, en algo que te acompaña”, cuenta entre risas Alfredo a Ical. En esa naturalidad hay ya una clave de su carácter y es que no hay impostura, no hay personaje construido. Hay autenticidad.

Su trayectoria como escultor comenzó en 2013. No fue una vocación infantil ni un camino académico planificado. Fue, más bien, una intuición que encontró el momento adecuado para desarrollarse. “En aquel momento no sabía ni lo que eran unas gubias. Había restaurado puertas en el pueblo, algún mueble, había hecho cosas creativas… pero meterme de lleno en la talla fue otra historia. Fue descubrir un mundo que no sabía que podía ser tan mío”.

El escultor Alfredo Martín 'Chis' talla la cabeza de un león en el parque de la Huerta de Guacián en el marco de la feria de San AntolínPalencia)
El escultor Alfredo Martín 'Chis' talla la cabeza de un león en el parque de la Huerta de Guacián en el marco de la feria de San AntolínPalencia)Brágimo/Ical

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Ese descubrimiento llegó de la mano de uno de los nombres más prestigiosos en el oficio como es Teo Calvo, en un curso organizado por Muriel. El encuentro fue decisivo. “Para mí fue una experiencia preciosa. Ver las herramientas, entender cómo de un bloque puedes sacar volumen, darte cuenta de que puedes crear algo que ocupa espacio real… aquello me cambió la perspectiva”.

Teo Calvo no solo fue maestro. Con el tiempo se convirtió en amigo, en referente cercano. “Él siempre me dice: ‘Sí, te iniciaste conmigo, pero tú lo tenías dentro’. Y yo creo que algo de razón tiene. La madera no se te mete en el cuerpo si no hay algo previo que la esté esperando”.

Tras aquel primer año, Chis sintió la necesidad de seguir avanzando. No quería quedarse en la intuición. Buscaba técnica, conocimiento, oficio. Por eso acudió al Cearcal, donde amplió formación y profundizó en el dominio de materiales y herramientas. “Una cosa es ser creativo y otra es pensar que no necesitas aprender. Yo quería evolucionar. Y aprender de gente buena es la manera de hacerlo”.

Hay algo que define su forma de trabajar y eso es su manera de pensar el espacio. Chis es tornero fresador de formación y mecánico industrial ajustador de profesión. Durante años ha dibujado piezas técnicas, ha diseñado soluciones industriales, ha imaginado mecanismos en tres dimensiones. “Yo dibujo mucho. Siempre lo he hecho. En el trabajo dibujo piezas industriales, pero también dibujo ideas mías. A veces me levanto de madrugada con una imagen en la cabeza, cojo un folio, hago un croquis, le pongo la fecha y lo guardo. Esa idea ya está ahí. Puede tardar años en convertirse en pieza, pero ya tiene su semilla”.

Esa capacidad de visualizar volúmenes antes de que existan le da ventaja en el taller. “Yo veo en tres dimensiones. Es mi habilidad y mi perdición. Me gusta el volumen, me gusta rodear una pieza, tocarla, verla desde todos los ángulos. Aunque hago bajo relieve y lo controlo, lo mío es lo tridimensional”.

La industria y el arte no son compartimentos estancos en su vida. “Mi trabajo profesional me ha dado mucha soltura. Sé desbastar, sé trabajar con herramientas, sé cómo atacar un material. Cambia la intención, pero la base técnica ayuda muchísimo”.

Cuando habla de la madera, el tono se suaviza. “La madera tiene calidez. Es una materia viva, aunque el árbol esté muerto. Se dilata, se contrae, cambia de color con el tiempo. Es como si siguiera respirando. Eso no te lo da el metal”. No se limita a una especie concreta. Ha trabajado maple, manzonia, nogal, castaño. Experimenta, prueba, observa. “No me encasillo. Depende del trabajo. Si quieres tonos claros no puedes usar una madera oscura. Si necesitas mucho detalle, hay maderas demasiado duras que te lo ponen difícil. Cada una tiene su carácter”.

Hay, sin embargo, una predilección especial por el moral. “Es una madera que no se usa mucho en talla, pero tiene unos contrastes preciosos. El duramen es oscuro y la albura muy clara. Cuando mezclas ambas partes en una pieza, el resultado tiene una fuerza visual tremenda. Es como si la propia madera estuviera pintando”.

Además, la mayor parte de su materia prima es recuperada. “Yo compro muy poca madera. Casi todo me lo dan vecinos, amigos: ‘Tengo un árbol muerto, si quieres ve y coge un trozo’. Lo mismo con el hierro. Trabajo con materiales recuperados. Me gusta darles una segunda vida. Hay algo bonito en eso, en transformar lo que iba a desecharse en algo que alguien va a mirar y valorar”.

Aunque la madera es su territorio natural, el hierro ocupa un espacio relevante en su obra. Aproximadamente una pieza al año nace del metal. “Con el hierro el proceso es más engorroso. Es soldar, unir trozos, rellenar, volver a desbastar. No tengo fundición. Trabajo con lo que tengo: chatarra, restos industriales. A base de martillo y paciencia”.

La diferencia no es solo técnica, también emocional. “Mientras trabajo la madera estoy más a gusto. Es más cálida, más entrañable. Es una relación entre la pieza y tú. El hierro es más duro, más frío en el proceso. Luego el resultado puede ser espectacular, pero el camino es distinto”.

A veces combina ambos materiales, jugando al engaño visual. “Me gusta hacer trampantojos. Que la gente se pregunte cómo he hecho cierta pieza, si la madera está doblada o si se trata de madera o metal", explica Chis. "Me gusta introducir elementos que parecen tuercas o piezas metálicas, pero que están talladas. Esa sorpresa me encanta”. Y le gusta que el público toque. “Entiendo que toquen las piezas. Que noten las zonas rugosas acabadas a gubia y las partes pulidas como cristal. El tacto también forma parte de la experiencia”.

Uno de los rasgos más reconocibles de su obra es la recreación de objetos cotidianos. Panes, paraguas, paquetes de cigarrillos, mecheros antiguos. “Al principio me salían mucho esas cosas del día a día. Son retos técnicos, pero también son memoria. Son objetos que han estado en nuestra vida y que quizá desaparezcan”. Entre esas piezas destaca la bota militar, réplica exacta de la que usó durante el servicio militar. “Cuando acabé la mili me dieron las botas porque me las había ganado. Hubo muchas horas de pateo con ellas. Un día pensé ‘voy a hacerla en madera’. Y ahí está. Es una de esas piezas que no tengo intención de vender”, reconoce con orgullo.

Devoción por el “maestro” Sabina

Si hay que detenerse en una obra que late de una manera distinta en el universo creativo del artista palentino, esa es, sin duda, el relieve dedicado a Joaquín Sabina. No es solo una pieza más en su trayectoria, es una declaración de admiración tallada en madera, un homenaje íntimo que trasciende lo técnico. “Soy fan del maestro Sabina desde hace muchos años. Ese relieve es de mis preferidos, quizá porque nace desde un lugar muy personal. Lo tengo en casa, colocado en un sitio donde lo veo todos los días. Es un alto relieve con bastante profundidad, con carácter, como él”, confiesa.

La obra no está pensada para venderse ni para salir del ámbito doméstico. Es casi un diálogo silencioso entre el escultor y el músico. “Hubo alguien que me comentó que le habían dado mi tarjeta a una persona de su entorno, pero la verdad es que no sé si sabe que existo. Tampoco importa demasiado. Él está en otro nivel”, explica Chis con humildad. Y, sin embargo, en esa madera trabajada con devoción queda constancia de un encuentro simbólico, el del artista que canta con palabras y el que esculpe emociones con gubia.

Su primera participación en Expo Aire fue un salto al vacío. Apenas llevaba unos meses tallando cuando le propusieron exponer. “Yo me quedé blanco. Iba a Expo Aire desde niño, veía obras de artistas increíbles y pensaba: ¿cómo voy a estar yo ahí? Le dije: ‘Pero si no soy nadie, acabo de empezar’. Y me contestaron que precisamente por eso, que lo que hacía era distinto”. Aceptó. Y aquella experiencia le dio confianza. “Salí en prensa, la gente se acercaba, preguntaba. Fue un empujón. Me hizo entender que lo que para mí era algo íntimo podía tener recorrido”.

Durante años no pensó en vender. “Los primeros ocho años no hice nada con intención comercial. Era disfrute puro. Pero llega un momento en que no tienes espacio para guardar más piezas. Y la gente te dice que merecen la pena, que otros pueden disfrutarlas. Cambias la perspectiva”.

Un saltamontes gigante

Entre sus obras más ambiciosas destaca el saltamontes de hierro de tres metros. Nació como una propuesta vinculada a la senda de Ursi. “Si iba a hacer un saltamontes, tenía que llamar la atención sí o sí. No podía ser uno normal”.

Sin grandes medios, a golpe de martillo y soldadura, dio forma a la criatura metálica. El resultado impresionó tanto que fue seleccionada para un concurso nacional en Denia (Alicante), donde se exhibió durante dos meses en el paseo marítimo. “Estaba al lado de los yates. Ver a la gente hacerse fotos con él fue una pasada. Es muy gratificante cuando algo que has hecho en tu taller viaja y dialoga con otros lugares”.

En su taller conviven varias obras a medio camino. “Tengo un águila pescadora a medias, un candado grande hecho de una rama de moral, un par de encargos que tengo que avanzar… Siempre hay cosas empezadas”.

Uno de sus grandes retos es completar los doce signos del zodiaco. “Voy por la mitad. He hecho Sagitario, Capricornio, Libra… El último ha sido el león, que será Leo. Quiero terminar los doce (o trece, que hay quien dice que son trece) y hacer una exposición solo con ellos. Es un proyecto que me apetece mucho”.

Cuando se le pide un consejo para quienes sienten inquietud artística, no duda. “Que no lo dejen. Da igual que sea madera, hierro o papiroflexia. La creatividad te ayuda en muchos campos. Te quita estrés, te da orgullo personal, te abre relaciones. Mientras estás creando, desconectas de lo demás. Y luego miras la pieza y dices ‘esto lo he hecho yo’ y eso no tiene precio”.

Su mundo relacional se ha ampliado gracias al arte. Ha compartido exposiciones con artistas premiados, ha conocido personas que nunca habría imaginado. “Tengo ahora mismo un mundillo de relaciones tres veces más grande que antes de empezar. Y eso también es muy bonito. Es una doble vivencia, la personal y la artística”. Desde Ampudia, lejos de los grandes focos mediáticos, Alfredo Martín ‘Chis’ sigue tallando con paciencia y convicción. Recupera troncos olvidados, rescata hierro desechado, transforma recuerdos en volumen.