Opinión

El color de la esperanza

Con la esperanza tiene también que ver la leyenda de Juan el Enano, un monje egipcio del siglo IV que sobresalió por su obediencia

Antonio Machado
Antonio MachadoJoaquín Sorolla,Joaquín Sorolla

En la primavera de 1912, Antonio Machado escribió uno de sus poemas más conocidos, “A un olmo viejo”. Eran tiempos sombríos para el poeta, pues su joven esposa, Leonor, de 18 años, padecía de una enfermedad entonces casi incurable, y a él solo le quedaba la esperanza, que es lo último que se pierde, ya lo dice el dicho, y lo único que nos queda en momentos así.

En esas circunstancias, el poeta contempla un día, sorprendido, un olmo viejo y seco, “hendido por el rayo y en su mitad podrido”, al que, al llegar la primavera, le han brotado unas hojas verdes. Ese es el milagro, y ese extraño reverdecer es, por asociación con su propio estado anímico, el que le hace concebir alguna esperanza: “Mi corazón espera / también, hacia la luz y hacia la vida, / otro milagro de la primavera”.

Con la esperanza tiene también que ver la leyenda de Juan el Enano, un monje egipcio del siglo IV que sobresalió por su obediencia. El superior del monasterio en que residía plantó un árbol seco en la montaña y le ordenó que lo regara cada día hasta que reviviera. Así que, cada mañana, Juan llenaba un cubo de agua, subía a la montaña, que estaba a doce kilómetros del monasterio, y regaba el árbol. Hizo esto durante tres años, al cabo de los cuales el árbol seco comenzó a reverdecer, se llenó luego de flores y dio sus primeros frutos.

En ambos casos, la esperanza se personifica o representa en un árbol, asociado siempre, en la literatura y en la vida, con valores positivos. Pues si de ellos se habla, de los árboles, es para resaltar su influjo benéfico, la compañía y el refugio que nos proporcionan, su natural belleza, su ejemplar austeridad, su invitación a mirar hacia lo alto, su generosa e imprescindible contribución a nuestra existencia sobre la Tierra, en la que ellos estaban ya antes de que nosotros apareciéramos (y en la que seguirán si algún día la especie humana se extinguiera). Y no se concibe un paraíso terrenal ni ningún espacio idílico sin su presencia, y cuántas de las historias que pueblan la memoria humana han tenido lugar en un bosque.

Desconfiamos del presente, y con razón, en este tiempo nuestro tan sombrío, pero es esa una razón más, y principal, para no dejar de regar el árbol de la esperanza, por si algún día florece, como el árbol de Juan el Enano. Confiar en que así ocurra es confiar en la esperanza de que algún día brotará también, como en el olmo viejo de Machado, la rama verde que anticipa el milagro de la primavera.

Porque la esperanza es de color verde como las hojas de los árboles, y en ese íntimo vínculo reside nuestra confianza.