
Exposición
Los ojos de Walker Evans
Una exposición nos permite conocer de primera mano la labor de uno de los grandes fotógrafos estadounidenses de todos los tiempos

Es sin ninguna duda una de las grandes miradas del siglo pasado, un autor imprescindible que con su cámara supo captar la otra cara de Estados Unidos, especialmente la ciudad de Nueva York, además de aproximarse a otras culturas, como la cubana. De la excepcionalidad de su trabajo da buena fe la muestra que acaba de abrir sus puertas en el Centro KBr de la Fundación Mapfre en Barcelona donde se nos brinda la oportunidad de conocer mejor el trabajo de Walker Evans.
La exposición «Walker Evans: Now and Then», que podrá visitarse hasta el próximo 24 de mayo, ofrece una revisión exhaustiva de la obra de Evans, destacando su capacidad para capturar la esencia de la vida diaria en su país durante un período de no pocos profundos cambios sociales y económicos.
Bajo el comisariado de David Campany, director creativo del International Center of Photography de Nueva York, la propuesta reúne 231 obras, incluyendo fotografías, libros y publicaciones que abarcan toda la trayectoria del artista, desde sus autorretratos de la década de 1920 hasta sus experimentos con la cámara Polaroid en los años 70. Esta no es la primera vez que la Fundación Mapfre dedica espacio a Evans; en 2009, ya presentó una retrospectiva, pero esta nueva propuesta busca una lectura actualizada, enfatizando la relevancia perdurable de su trabajo en el panorama fotográfico contemporáneo.
Pero ¿de quién estamos hablando? ¿Quién era Walker Evans? Originario del estado de Misuri, nuestro protagonista inició su carrera fotográfica a finales de los años 20, tras una formación en Nueva York y París. Influido por su interés inicial en la escritura, Evans desarrolló un estilo documental que combinaba rigor formal con una sensibilidad poética, lo que él mismo denominó «documental lírico».
Durante la Gran Depresión, colaboró con la Farm Security Administration (FSA), documentando la vida rural en el sur de Estados Unidos. Uno de sus proyectos más emblemáticos fue el realizado en 1936 junto al escritor James Agee, sobre arrendatarios algodoneros en Alabama, que culminó en el libro «Let Us Now Praise Famous Men», publicado en 1941.En 1938, el Museum of Modern Art (MoMA) le dedicó su primera exposición individual, acompañada del libro «American Photographs», que se convirtió en un hito del lenguaje documental moderno. Fue en ese mismo año cuando comenzó su famosa serie de retratos en el metro de Nueva York, capturados de manera discreta con una cámara oculta, renovando la estética de la fotografía urbana.
Desde los años 40 hasta los 70, Evans trabajó intensamente para la revista «Fortune», experimentó con la fotografía en color y enseñó en la Universidad de Yale, donde consolidó su legado como mentor de generaciones posteriores.
Evans falleció en 1975, dejando un archivo visual que no solo documenta la transformación de Estados Unidos, sino que invita a cuestionar la función de la fotografía como herramienta para percibir la realidad. Como él mismo expresó: «Mira fijamente. Es la manera de educar el ojo, y algo más. Mira fijamente, husmea, escucha, espía. Muere sabiendo algo. No estás aquí por mucho tiempo».
Otra cita reveladora de su pasión: «Fui un fotógrafo apasionado y, por un tiempo, llevé un cierto sentimiento de culpa. Pensaba que la fotografía estaba reemplazando algo más: la escritura. Quería escribir. Pero me sentía profundamente comprometido con todo lo que podía salir de una cámara, y me convertí en un fotógrafo compulsivo. Estaba respondiendo a un impulso genuino».
La obra de Evans se caracteriza por su apariencia sencilla pero de profunda complejidad, retratando paisajes urbanos, rostros anónimos y la vida cotidiana con una lucidez inigualable.
Una de sus señas de identidad es la incorporación deliberada de signos urbanos –desde rótulos comerciales sofisticados hasta carteles hechos a mano, vallas publicitarias y escaparates–, elementos que otros fotógrafos de su generación excluían en busca de pureza estética. Para Evans, estos signos eran un reflejo de la sociedad y sus valores, anticipando corrientes como el arte pop y el posmodernismo. Sus imágenes exploran la relación entre palabra e imagen, cuestionando el papel de la fotografía como arte, documento y herramienta comercial.
Otro aspecto central es su fascinación por la gente anónima y los lugares olvidados. Evans evitó retratar celebridades, optando por capturar la espontaneidad de figuras aisladas en calles, metros, playas o en plena labor. Usando una cámara ligera, privilegiaba composiciones simples pero líricas, alejadas de lo artificioso. También defendía que la autenticidad de una sociedad se manifestaba en las pequeñas poblaciones, en contraposición a la uniformidad de las grandes ciudades. Esta convicción se traduce en imágenes icónicas de estaciones de tren, edificios de madera, tiendas de comestibles, gasolineras y objetos cotidianos como alicates antiguos, mecedoras o bocas de incendio rojas, exaltando lo popular y autóctono frente a la serialización industrial.
La muestra organizada temáticamente en doce secciones, facilitando la exploración de la variedad de enfoques del artista y su resistencia a los excesos de la cultura estadounidense. Entre ellas, destacan «Los signos de la ciudad», que muestra cómo Evans integraba el lenguaje visual urbano; y «Gente anónima, lugares anónimos», centrada en sus retratos espontáneos.
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