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Misión Artemis II

Misión Artemis II: la NASA detecta una tormenta solar de clase X, la más alta

Las tormentas solares pueden ser de tres clases: C, M o X y su energía se multiplica por 10 en cada categoría. La clase X pueden causar tormentas de radiación de larga duración e importantes problemas de comunicación.

Así nos protege la magnetosfera de las tormentas solares Steele Hill/NASA

Hay tormentas que no vemos venir desde el horizonte, sino desde el Sol. En los próximos días, mientras la misión Artemis II se prepara para despegar, la NASA mira en una dirección menos intuitiva que la rampa de lanzamiento: el espacio que rodea a la Tierra. Porque allí, invisible para nosotros, se está desarrollando un tipo de meteorología muy distinta, capaz de poner en riesgo a los astronautas. Se llama clima espacial.

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A diferencia del tiempo atmosférico, el clima espacial no depende de nubes o borrascas, sino de la actividad del Sol. Nuestra estrella no es una esfera tranquila: es un motor dinámico que, de forma periódica, libera enormes cantidades de energía y materia al espacio. Erupción solar, eyecciones de masa coronal y ráfagas de partículas cargadas forman parte de este repertorio.

Cuando estos fenómenos se dirigen hacia la Tierra o, en este caso, hacia una nave como Orion, se convierten en tormentas solares. En esencia, son oleadas de partículas energéticas que viajan a gran velocidad a través del sistema solar. Y el problema no es solo su velocidad, sino su energía. Son capaces de atravesar materiales, alterar sistemas electrónicos y, en el caso de los humanos, dañar tejidos vivos.

En la Tierra estamos relativamente protegidos. Nuestro planeta está envuelto por una burbuja magnética (la magnetosfera) que desvía gran parte de esa radiación. Pero fuera de esa protección, en el llamado espacio profundo, la situación cambia por completo. Y ahí es donde entra Artemis II.

La misión llevará a cuatro astronautas a orbitar la Luna durante unos diez días. Puede parecer un viaje breve, pero implica algo que no ocurría desde los años 70: abandonar la protección natural de la Tierra. En ese entorno, una tormenta solar intensa puede convertirse en un riesgo real.

Si se produce un evento de partículas solares, una de las formas más energéticas de clima espacial, los niveles de radiación dentro de la nave pueden aumentar de forma significativa. Esto no es una cuestión teórica. La radiación puede afectar a corto plazo (daños celulares, alteraciones en el sistema nervioso) y a largo plazo, incrementando el riesgo de cáncer o deterioro cognitivo.

En el peor de los casos, una tormenta suficientemente potente podría provocar síntomas de irradiación aguda. No es el escenario más probable, pero tampoco es descartable. Y por eso preocupa. Además, el momento no es casual. El Sol atraviesa actualmente un periodo de máxima actividad dentro de su ciclo de aproximadamente 11 años. Es lo que se conoce como “máximo solar”, una fase en la que aumentan las manchas solares, las erupciones y las eyecciones de masa coronal.

De hecho, la Oficina Nacional de Administración Oceánica (NOAA) señala que “la región 4405 (de nuestra estrella) produjo una llamarada solar de magnitud X1.5 que alcanzó su punto máximo a las 03:19 UTC del 30 de marzo”. Para una misión que se adentra en el espacio profundo, este contexto añade una capa extra de incertidumbre. La NASA lleva años desarrollando sistemas de monitorización junto a organismos como la mencionada NOAA. Equipos especializados analizan constantemente la actividad solar y pueden emitir alertas en tiempo real.

Si se detecta una tormenta en camino, la tripulación puede tomar medidas: desde reconfigurar la nave hasta refugiarse en zonas más protegidas, diseñadas específicamente para reducir la exposición a la radiación.

Es, en cierto modo, una nueva forma de meteorología aplicada al espacio. No se trata de evitar la tormenta, porque no se puede, sino de anticiparla. Y eso es lo que está haciendo la NASA analizando todas las opciones posibles.