Crítica
Salir para escucharse de nuevo
La Orquestra de València dirigida por Alexander Liebreich con el violonista Sergey Khachatryan estuvo en el Auditorio Nacional de Música en la Sala Sinfónica, en Madrid el 27 de febrero de 2026
Hay conciertos que no son solo una cita en agenda, sino un gesto. El del 27 de febrero lo fue. Hacía veintidós años que la Orquestra de València no comparecía en la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional. Salir del Palau de la Música, su acústica domesticada, es una cuestión de logística, pero también una declaración artística. Las giras, aunque el destino no quede lejos, abren la escucha, obligan a repensar el sonido, a medir la proyección, a comprobar la identidad fuera de la zona de confort. Y hacerlo en una sala repleta, ante un público atento, añade la tensión necesaria para ello.
Aun así, Palau y Auditorio son, en cierto modo, hermanos. Ambos llevan la impronta arquitectónica de José María García de Paredes y nacieron en años cercanos, como dos espacios concebidos para una misma idea de modernidad musical. La Orquestra de València llegaba, pues, a casa de un familiar, con el murmullo previo de un estreno, pero también de un reencuentro.
La obertura de La capricciosa corretta del valenciano Vicente Martín y Soler fue tarjeta de presentación, una manera de “abrir boca” sin grandilocuencia. Se notaba, en los primeros compases, que la sala exigía recalibrar balances, medir la expansión de las cuerdas y la presencia de los vientos. Pero el acomodo fue rápido. Hubo ímpetu ―quizá en algún momento un punto de empuje excesivo hacia adelante―, pero también esa electricidad propia de quien toca motivado.
Dirección generosa, como es habitual, la de Alexander Liebreich, consciente del pulso estructural, que vio su punto álgido con el Concierto para violín de Brahms. La opción de retener antes que precipitar fue la misma línea adoptada por Sergey Khachatryan, que recorrió la partitura con esa idea de contención para que la energía no se disipara antes de tiempo, pese a lo exigente de la escritura. El sonido del violinista armenio es dulce cuando se requiere y punzante cuando la tensión interna lo reclama, siempre desde una decisión expresiva y no por azar. No es la primera ni esperemos la última vez que toque con la orquesta del Palau; no deja pasar ninguna nota inadvertida, y esa atención microscópica termina por contagiar al conjunto.
Buen empaste de maderas, particularmente cuidado, en el Adagio, con un violín que retoma la melodía con un hilo de sonido etéreo, aunque nunca empalagoso, y que mantuvo al público suspendido hasta el reposo final. El Allegro giocoso fue ágil sin perder gravedad, y puso en evidencia la complicidad entre podio, solista y orquesta, que el público premió con aplausos largos y efusivos.
Como bis, Khachatryan ofreció una pieza de claro aroma armenio: una melodía casi hipnótica sobre un bajo bordón constante, en la que los cambios de arco apenas se percibían. Fue una especie de nana que, por unos minutos, convirtió el Stradivarius que el músico empuña en un duduk tradicional.
Entonces llegó Strauss. Así habló Zaratustra exige volumen y cohesión, y la Orquestra de València, ya al completo, salió al escenario como un bloque compacto, una auténtica columna sonora de gran presencia. La obra empieza con el célebre amanecer por todos conocido; eso sí, sin caer en estridencias, con una claridad tonal que contrastó con las tensiones posteriores, según el diseño que Strauss articula en nueve secciones. Y cuando todo parecía encaminarse hacia una apoteosis final, la música se desvaneció casi hasta lo imperceptible. La ovación del público madrileño fue inmediata.
En definitiva, la Orquestra de València ha llevado su música fuera de casa y lo ha hecho recibiendo algo más que aplausos: la confirmación de que su sonido mantiene coherencia y carácter fuera de su marco habitual. Si abandonar la zona de confort ofrece resultados así, bienvenidas sean estas salidas.