Eduardo Mendoza: «Los políticos son presos de su personaje mediático»

El escritor recupera «Las barbas del profeta», un libro en el que reflexiona sobre las historias sagradas que más influyeron en él y en cómo despertaron su vocación literaria

Aquellas historias de Jonás, Sansón, David, Caín o Noé trajeron a Eduardo Mendoza el eco o retumbar de una cultura humana y religiosa, y también, de manera accidental, un primer despertar por la escritura, vocación que probablemente ya anidaba en él. Pero también le adentraron en las disyuntivas morales que alimentan la literatura desde sus orígenes: la conciencia, el bien, el mal, la violencia, la envidia, los celos y el deseo. El colegio, con su catenaria de asignaturas privadas de interés para un escritor de imaginación creativa y vuelo alto, le dejó un legado que no dejó caer en saco roto. Cuando despuntó como autor, reflexionó sobre estos nombres en un libro, «Las barbas del profeta», que Seix Barral recupera ahora y que supone un homenaje a esas lecturas y aprendizajes que moldearon su formación.

–Este conjunto de historias se están olvidando.

–La actual educación, tan práctica y utilitaria, está desencadenado problemas muy graves. Está bien que se enseñen conocimientos que sirvan en la vida, pero se deja de lado la herencia cultural, lo que forma parte de nuestra cultura, como las historias de la «Biblia». Ellas también forman parte de una mitología. Y existe cierta necesidad de mitología. Todas las culturas las han tenido. Siempre me pregunté por qué Aristóteles y Platón se creían las historias de Marte, Júpiter y Venus, pues porque para ellos también tenían la importancia de los mitos. Igual sucede en los países escandinavos o para los chinos. Esta necesidad de mitos es real y ahora mismo están desapareciendo como parte esencial de la educación. Por eso hay que recurrir a sucedáneos, como «Juego de tronos» o Tolkien, que no me parecen mal, porque satisfacen las necesidades de esos seres que pueblan el imaginario, como enanos, gigantes o lobos que se comen Caperucitas. ¿Sin ellos qué haríamos?

–Afirma que las humanidades pierden influencia hoy.

–Este fenómeno es complejo. Hay cierto atontamiento general. Antes la educación era más intensa, más densa, pero más minoritaria, también. Al generalizarla, se ha disuelto un poco. También era más ideológicamente controlada. Las humanidades tienen muchas facetas, pero lo que es una realidad es que lo que queda de las humanidades no se está enseñando como asignaturas. Las que siguen siendo asignaturas son las que se consideran prácticas. Y las que no poseen ese componente son lo que antes eran las marías. Ahora las marías son la literatura, la filosofía... y eso está muy mal.

–Por un lado, nos gustan los mitos, pero por otro, hay que ser práctico.

–Tenemos una sociedad escindida y hace tiempo que la educación está confusa en sí misma. Los propios educadores no saben lo que están haciendo ni lo que quieren hacer: si están formando ciudadanos o técnicos para cargos concretos dentro de la sociedad para que ejerzan un tipo de oficios. Además, aparte existe una educación humanística totalmente desvinculada de la sociedad que estudia cosas como los pronombres relativos en la obra de Galdós, que, la verdad, tampoco sabes a dónde conduce. Esta especialización es otro de los signos de este tiempo.

–Estas historias despertaron su vocación de escritor.

–Esta reflexión es lo que me indujo a escribir este libro. No sé si tenía esa vocación o existía en mí una predisposición anterior. Pero estas historias eran lo que más se parecía a las pelis que tanto me gustaban. En aquellas jornadas larguísimas del colegio, que comenzaban a las ocho de la mañana y terminaban a las nueve de la noche, me aburría espantosamente. Todos los niños esperábamos el recreo. La historia sagrada era la asignatura más entretenida, más que la que geografía, las matemáticas o que la historia, que podía haber sido amena, haber tenido este componente épico, pero era una cosa pesadísima de reyes y con pocas batallas. La historia sagrada era perfecta. Aparte de la creencia, dejando eso a un lado, son unos personajes desaforados, que hacen cosas extrañas, y encuentran intervenciones divinas. Esto era el alivio absoluto para un estudiante.

–¿El aburrimiento es esencial para la imaginación?

–Es importantísimo. Los padres deben llevar a sus hijos a aburrirse a algún lado. En estos momentos estamos entretenidos todo el tiempo, pero las buenas ideas se me han ocurrido siempre aburriéndome, esperando a que salga el avión, en la sala del médico. Ahí es donde se te ocurren magníficas ideas. Ahora todo el mundo saca fotos, chatea.... No existe un momento en que dejemos de estar ocupados y dejemos las puertas abiertas para que entre la fantasía. No sé qué va a ser de nosotros si siempre vamos a estar divirtiéndonos. Ahora en casa, no hay un minuto de aburrimiento. Apenas te da tiempo a ver todas las series que emiten, no paras de conectarte con Zoom con personas que viven al otro del mundo. Jamás ha habido un encierro más animado que este.

–En este libro también es importante el humor.

–El humor literario es muy difícil. Veo que hay mucha gente que lo intenta y no le sale bien. Quizá hay que tener un sentido del tiempo, la economía... no sabría decir en qué consiste el humor. No sabría definirlo. Para lo que más sirve el humor es para aguantar las continuas vueltas de la vida, porque cuando no estás enfermo, estás arruinado o el trabajo no te gusta. Sin el humor estaríamos todos enfadados, que es lo que sucede en los países sin humor. En aquellos que lo tienen, esos, lo aguantan todo. Es interesantes ir a países subsaharianos. Se ríen todo el rato cuando deberían estar en la desesperación. Los asiáticos se ríen poco y sufren mucho. Si no tienes sentido del humor, hay que ser rico.

–¿El humor es rebeldía?

–En muchos aspectos, porque el poder, y otros asuntos relacionados con él, están basados en que los demás se lo crean y si alguien duda, comienza a quebrarse... El humor pone en duda todo lo que es serio. Si pone en duda la autoridad, se viene abajo. Ese componente de subversión, el no tomar en serio las reglas que debemos aceptar, es esencial. Se dice: este es el que manda. Pero el que tiene sentido del humor se pregunta: ¿por qué manda? Ahí empieza a desmoronarse todo. Pero también tiene un componente contrario: el aceptar las cosas con humor en vez de rebeldía. Es rebeldía y también remedio para la rebeldía. El humor es muy contradictorio. Muchas situaciones que se deberían tomar con indignación, provocan humor a través de series o caricaturas.

–«Charlie Hebdo» es la demostración de una caricatura que no se tomó con humor.

–El fanatismo religioso no se caracteriza por el sentido del humor. Al ver esas caricaturas de Mahoma, en vez de haber pensado «qué mal gusto», se lo tomaron como una ofensa. Esto ha pasado siempre. Una ofensa a la autoridad, como la caricatura de un rey, llevaba a la gente al paredón. Pero el humor en definitiva es inofensivo. Los chistes jamás han derrocado a nadie. Si fuera dictador, comentaría los chistes, porque eso permite aguantar situaciones insostenibles. Los enemigos de la caricatura son los que le dan la fuerza a la caricatura, porque quien lo dibujó no pensó en poner a un país en pie de guerra, sino en a ver si me pagan el trabajo. Nunca intentó que se levantaran países...

–¿La política no se está volviendo algo mesiánica?

–La política ha sufrido un cambio muy importante, que es la presencia mediática. Antes un político lo conocían sus colaboradores cercanos y los que lo veían cuando subía a una tarima para hablar. Ahora es una presencia continua en los medios y eso hace que los políticos se vuelvan personajes mediáticos. Y me temo que no se van a librar de eso. El ser mediático que encarnan es más importante que sus razones prácticas. Da igual lo que haga, lo que decida o las medidas que proponga. Lo esencial es estar a delante de la cámara. Eso es lo que ha cambiado. ¿Podría existir hoy un político que estuviera en su despacho resolviendo los problemas de la gente? No lo creo. A las siguientes elecciones nadie le votaría porque nadie se acordaría de quien es.

–¿Nuestro peor pecado?

–Uno terrible: el de la vanidad, porque es la causa de que todo vaya mal. Lleva a la autosatisfacción, a la falta de sentido crítico, al querer sobresalir a toda costa. Comparado con la gula, es mucho peor. Éste no hace mal a nadie: comes, explotas y ya está.

–¿Qué historia de las Escrituras le ha influido más?

–Cuando se escribe se reciben influencias desde los lugares más insospechados. Unas son más profundas y superficiales que otras. De la «Biblia» he sacado muchas cosas para mi escritura, como la saga del rey David. Es una historia a la que he vuelto en numerosas ocasiones. Faulkner, toda su literatura, está basada concretamente en la familia de David. Pero también hay libros tremendamente poéticos, como el de Jonás, que es corto, pero sorprendente. Una ballena se lo come, pasa unos días dentro y luego lo deja en la costa. Lo increíble es que después de esta historia, que parece sacada de un cómic, se pone a hacer un canto de las profundidades del mar que es sobrecogedor. Este contraste, entre una aventura casi infantil y una reflexión profunda y conmovedora, es estupendo. El que no ha leído la «Biblia» con seriedad se ha perdido algo muy bueno.