Cine
"El agente secreto": memorias fragmentadas en la dictadura brasileña
Después de triunfar en los Spirit Awards y calentar motores para los Oscar con sus cuatro nominaciones, la estupenda "El agente secreto", dirigida por Kleber Mendonça Filho, aterriza por fin en nuestras salas

No pretendía construir una película manifiestamente política, tampoco un testimonio histórico revelador, ni mucho menos un clásico panfleto ideológico, pero desde el primer momento en el que Kleber Mendonça Filho empezó a configurar las bases narrativas de "El agente secreto", tenía claro que la lógica del pasado iba a dialogar de forma directa con la realidad presente del Brasil contemporáneo. "Sentí de pronto que desde hacía diez años algo estaba volviendo a las conversaciones en la calle, al malestar popular, a los análisis de nuestra sociedad. Algo que tenía que ver con un descontento en el que estaba muy presente el recuerdo del régimen militar de la dictadura que vivimos", compartía el cineasta en entrevista con este periódico en el marco de la última edición del Festival de San Sebastián, meses antes de que su protagonista, Wagner Moura, hiciera historia alzándose con el Globo de Oro a mejor actor de drama por su exquisita interpretación, obtuviese cuatro flamantes nominaciones en los Oscar (entre ellas la de mejor película, categoría en la que sólo había participado otra cinta brasileña hermanada cultural y temáticamente el año pasado como "Aún estoy aquí", de Walter Salles) y le arrebatase hace sólo unos días el premio a mejor película internacional a "Sirat" en los Spirits Awards.
"Brasil tiene un problema con la amnesia. La nuestra no es una amnesia casual, es una amnesia autoinfligida"
A pesar de la urgencia impulsiva por bucear en los recuerdos compartidos de todo un país a través de esta historia encabezada por Marcelo (Moura), un funcionario del Estado, profesor e investigador talentoso que regresa a su ciudad de Recife con la esperanza de empezar una nueva vida tras la pérdida de su mujer y reencontrarse con su hijo teniendo que zafarse de una pareja de sicarios del régimen que lo persiguen por razones políticas, también reconocía Mendonça que el peso de los propios recuerdos, estuvo muy presente durante el proceso de creación.
"Al mismo tiempo, no quería hacer un filme clásico de la dictadura, algo que por ejemplo en Chile, Argentina o Brasil, es prácticamente un subgénero cinematográfico. En este sentido me interesaba más la reconstrucción del pasado, en vez de la reconstrucción de la Historia. Estas películas casi siempre muestran a gente joven luchando contra el régimen con dignidad y romanticismo. Bienvenidos sean, claro. Pero me cansaba la idea de que este cine no mirase hacia el poder y hacia la manera en que el poder fue utilizado contra la gente. Ahí es donde yo creo que se encuentra la pregunta. Brasil tiene un problema con la amnesia. La nuestra no es una amnesia casual, es una amnesia autoinfligida", explica el cineasta cuando le preguntamos por el modo en que Brasil se ha relacionado con su memoria histórica a través del cine en calidad de herramienta redentora.
Niños desfilando
Sirviéndose de la hibridación de géneros y una recreación agradecidamente naturalista, casi documentalista a veces, del Brasil de mediados y finales de la década de los setenta, Mendonça juega estructuralmente con las tonalidades cálidas de los interiores de las casas y los patios, el reflejo arquitectónico de las viviendas de tradición colonial con soluciones geométricas más arriesgadas que bebían de la influencia omnipresente de Corbusier, la música amplificada en vinilos de Conjunto Concerto Viola, Maestro Nunes o Lula Côrtes, el consumo compulsivo de tabaco, a todas horas en todo momento y en cualquier lugar, las sandalias cubiertas por el bajo acampanado de los pantalones, la humedad, la vida en las calles, el Carnaval, el deseo consumado con la vecina de arriba, ocho personas montadas en un Escarabajo, una furgoneta con un letrero que reza "el twist del pobre es la macumba".
"Yo tenía 9 años y mi hermano 7 en 1977. Tengo recuerdos pero no nítidos de la dictadura, sino más bien personales, porque ese año específicamente, y el del 78, hubo una crisis de salud en mi familia. Mi madre enfermó y mi abuelo, que era joven, nos llevaba al cine muchas veces para tratar de endulzar la realidad de las cosas que pasaban en casa. Por eso tengo una base emocional muy fuerte arraigada, una base de memoria. Inevitablemente hay cosas que se quedan instaladas dentro de ti, yo estudié en una escuela que no era militar, pero cada viernes nos hacían marchar, incluso en las calles. Niños marchando como soldados. Es un poco ridículo. Eso es la dictadura", señala.
"Mi abuelo nos llevaba mucho al cine para tratar de endulzar la realidad de las cosas que pasaban en casa"
Y completa aludiendo a la inspiración de un personaje genuinamente auténtico como el de la gran Doña Sebastiana, la mujer de 77 años que no deja que nadie le robe los cigarrillos, baña con incienso, hoja de ruda y y sal gorda las habitaciones para conseguir "una limpieza completa" y es la encargada de acoger a Marcelo en una suerte de hospedaje para "refugiados" durante su regreso: "Recuerdo también a los adultos hablando naturalmente y a veces bajar el tono a la hora de decir algo, porque daba la sensación de que tenían miedo. La gente de izquierdas en Sao Paulo, que siempre ha sido un núcleo muy conservador, viajaba al norte de Recife para protegerse. Ha pasado también con los años algo muy bello y triste al mismo tiempo y es que estando ya Bolsonaro en el poder, la gente especialmente de Recife se unió para ayudar a los demás, igual que hace Doña Sebastiana con los miembros del edificio. Necesitamos intentar entender por qué para algunos resulta tan atractivo traer de vuelta ideas tan terribles procedentes del pasado", se despide cercano y con tono colectivo, apelando al por qué de uno de nuestros mayores males contemporáneos: la reescritura partidista del pasado mediante el acercamiento nostálgico y desacomplejado a las tripas, métodos y protocolos del fascismo.