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Patrimonio

El Vaticano, el café más cercano al cielo

Las autoridades vaticanas consideran abrir una cafetería en la terraza del monumento, junto a la cúpula diseñada por Michelangelo

El Vaticano EUROPAPRESS

La polémica se ha desatado con el anuncio, por parte de las autoridades vaticanas, de la futura instalación de una cafetería en la terraza de la basílica de San Pedro. Precisemos el contexto para no dar lugar a malentendidos: cuando subes a la cúpula diseñada por Michelangelo Buonarroti, el visitante se encuentra con dos niveles distintos: en primer lugar, la terraza inferior –antes del último tramo de escaleras–; y, en segundo, el mirador final en la cima de la cúpula. La polémica ocurre en la terraza inferior, no en segundo nivel. Desde hace tiempo, existe en este espacio una pequeña cafetería / quiosco, máquinas de bebidas, una zona para sentarse brevemente y unos servicios para visitantes. Dicho de otro modo: el consumo ya forma parte del recorrido turístico. Este punto de refrigerio ha resultado, hasta el momento, discreto, funcional y poco visible. Aquello que pretende realizar ahora el Vaticano, y que se halla en la raíz de la actual polémica, es un proyecto que no consiste en abrir un restaurante, sino en ampliar el espacio existente, ordenar mejor el flujo de visitantes, ofrecer un servicio más estable, evitar colas y aglomeraciones y preparar la afluencia masiva prevista por aniversarios y jubileo.

La intervención no parte de cero. De ahí que la pregunta que surja sea: ¿a qué se debe entonces esta polémica? Al hecho de que, mediante esta ampliación, las autoridades vaticanas reconocen la naturaleza turística de un espacio como la Basílica de San Pedro que, a lo largo de la historia, ha funcionado como centro espiritual de occidente y como una de las joyas del patrimonio artístico universal. El debate no está exento de suculentos precedentes – por ejemplo, el que implicó a la sociedad francesa cuando se anunció la apertura de un McDonald’s dentro del Louvre, en 2009; o el que siguió a la apertura de diversas cafeterías en la Acrópolis de Atenas–. En esta línea, la ampliación de una cafetería en la terraza de San Pedro posee una dimensión simbólica que identifica una tenencia epocal: el centro simbólico del catolicismo acepta la condición turística del siglo XXI. A nadie se le escapa que la única legitimación de la cultura que parece existir es su rentabilidad turística. El resto de valores positivos que esta aporta a la sociedad –aprendizaje, crecimiento espiritual, producción de sentido–han sido minimizados hasta dejar de ser relevantes. En rigor, el efecto estético que tiene la ampliación de la cafetería en la terraza de San Pedro no es tan grande como el mensaje que se lanza: ni la fe ni el arte quedan fuera del perímetro de la productividad económica. El turismo ha dejado de ser una práctica de ocio generalizada y democrática para convertirse en la ideología global, transversal a todas las culturas, religiones y formas de pensamiento. La masificación de los espacios artísticos y culturales supuso una estocada de muerte a la experiencia aurática de todo lo que consideramos «sagrado». Pero el siguiente paso –la transformación de tales espacios para favorecer la gestión de las hordas de turistas– certifica la ruina definitiva de la experiencia estética y espiritual. La organización del placer no conlleva la mejor calidad de este, sino su muerte. La burocracia del turismo solo deja cadáveres.