Estreno
Crítica de "El arquitecto": demasiados ángulos rectos ★★★
Dirección y guion: Stéphane Demoustier (basándose en la novela de Laurence Cossé). Intérpretes: Claes Bang, Sidse Babett Knudsen, Xavier Dolan, Swann Arlaud. Francia, 2025. Duración: 105 minutos. Drama.
“El mundo no es un ángulo recto”. Es obvio que el danés Johan Otto von Spreckelken no estaría de acuerdo con estas palabras del arquitecto Zaha Hadid, porque el Gran Arco de la Defensa parisino, el futurista edificio que le sacó del anonimato en 1989, un gran Cubo abierto que se alineaba con el arco de Triunfo y los campos Elíseos en una diagonal óptica perfecta, era un elogio del ángulo recto.
“El arquitecto” es un tributo a la precisión de esa figura geométrica, también a su rigidez, que Stéphane Demoustier identifica con la integridad del artista convencido de que está ante la obra que definirá su vida. Y aunque el cineasta francés se toma dudosas licencias poéticas (inventarle una esposa, por ejemplo, que no existió en la realidad), el relato no puede estar más enfocado en el proceso de construcción de la Défense, no solo en los obstáculos políticos que el arquitecto se encuentra a su paso -frente a un Mitterrand empático, pesan los burócratas y los pragmáticos que rebajarán expectativas y presupuestos- sino en las minucias técnicas, a las que la película dedica un tiempo sorprendentemente generoso.
Sabremos que Von Spreckelken tuvo problemas para importar el mármol de Carrara que quería para su obra, que sudó sangre discutiendo las nubes suspendidas del arco que había soñado, que se rompió la crisma para lograr la fachada de cristal. Acaso el nivel de detalle de Demoustier, obsesionado con la reconstrucción rigurosa del proceso, lastra el potencial atractivo cinematográfico de la arquitectura, pero también lo clava en la tierra, presa de los poderes fácticos. En esencia, es la misma historia de "El manantial" o "The Brutalist", pero sin sus excesos histriónicos, ahora contada como si fuera un docudrama.
Lo mejor:
El rigor con que retrata el conflicto entre la fuerza creadora del arte y la pulsión castradora de los tecnócratas.
Lo peor:
A veces tiene tendencia a perderse en detalles en exceso técnicos.