Historia
Fernando III, el rey reconquistador
Si hubo un rey hispano que destacó por sus éxitos en el largo proceso que la historiografía conoce como "La Reconquista", no ha de ser otro que Fernando III de Castilla
La coyuntura desde luego era la propicia. El Imperio almohade se agrietaba y empezaba a hacer aguas. La aplastante derrota que sufrió unos años atrás en la batalla de Las navas de Tolosa (1212) había sido decisiva. Con aquella humillación, el califa sufrió una merma en su prestigio de la que jamás pudo recuperarse, y el Estado almohade comenzó a declinar. Al poco surgieron rebeldes en el norte de África, a los que siguieron otros en al-Ándalus, como Ibn Hud, que a punto estuvo de unificar todo al-Ándalus bajo su autoridad, arrebatándosela a la almohade.
En el año 1217 se sentó en el trono Castellano un sujeto que acabaría siendo casi de leyenda: Fernando III de Castilla, más tarde canonizado y, por lo mismo, también conocido como El Santo. A la muerte de su padre Alfonso IX en 1230, Fernando reclamó también el trono de León, disputándoselo a sus medio hermanas Sancha y Dulce. La querella culminó con el triunfo de Fernando, quien pudo así unificar Castilla y León bajo su autoridad. Se trató de un evento de suma importancia, porque en los siglos precedentes se habían producido muchas uniones y separaciones entre las dos coronas, pero a partir de este momento se mantuvieron unidas, situación que se ha mantenido hasta nuestros días.
De resultas de todo ello, se produjo una situación singular: un reino muy poderoso formado por la unión de Castilla y León, un rey consolidado, sin disputas serias con su nobleza (algo excepcional en el Medievo) y, frente a ello, un al-Ándalus terriblemente debilitado por las luchas internas y por la situación de decadencia progresiva del imperio que hasta la fecha la había mantenido unida, el almohade.
Fernando supo ver la ocasión y, casi desde el inicio de su reinado se lanzó a una frenética actividad de agresiva expansión militar contra sus vecinos meridionales. Entre los años 1224 y 1235, el rey castellanoleonés concentró sus esfuerzos en la conquista del alto Guadalquivir. Ciertamente hubo algunos contratiempos, como los dos asedios fallidos de la ciudad de Jaén, que no logró tomar –de momento–, pero también grandes éxitos, como la conquista de las importantísimas plazas de Úbeda y Baeza.
En 1235 se produjo un acontecimiento muy favorable a Castilla, en apariencia fortuito, pero que en realidad no es sino una muestra más de la debilidad que por entonces atravesaba al-Ándalus. Un pequeño grupo de guerreros castellanos que se dedicaba a hacer fortuna en el ambiente sin ley de la frontera, con golpes de mano y acciones violentas –un modelo conocido como almogávar– tomó la decisión de asaltar uno de los arrabales de la ciudad de Córdoba. El grupo asaltante esperó a una lluviosa y gélida noche de invierno para escalar las murallas, donde hallaron a unos centinelas desprevenidos sobre los que pudieron imponerse con facilidad. Con este golpe de mano lograron tomar y retener un barrio importante de la ciudad, aunque el resto permanecía en manos andalusíes. El rey, al recibir noticias de lo sucedido, de inmediato movilizó a sus tropas para caer sobre Córdoba que, al cabo de un asedio que duró casi cinco meses, terminó capitulando. No se trataba de una victoria más, se trataba de la toma de la que había sido la capital del al-Ándalus, la sede del califato. La conmoción que su caída en manos cristianas provocó entre los andalusíes fue inmensa, como, a la inversa, enorme el ánimo que insufló entre los cristianos para que acometieran nuevas empresas.
A continuación, Fernando giró su mirada hacia el bajo Guadalquivir. Además, por esas mismas fechas el rey de Murcia devino en vasallo del rey castellano, lo que implicó que toda Murcia cayera, sin apenas esfuerzo, en manos castellanas. Además, por fin en 1246 las tropas castellanas lograron tomar la ciudad de Jaén, que tantas veces se había resistido con anterioridad.
En ese mismo año se presenta una nueva oportunidad: en la ciudad de Sevilla se había establecido en el poder la facción más opuesta a la subordinación y, por lo mismo, más dispuesta a la guerra. Y, sin embargo, Sevilla no contaba con ayuda externa alguna, ni siquiera la de las potencias del norte de África. La reacción del rey no se hizo esperar: convocó a sus mesnadas y las lanzó sobre la ciudad hispalense. La ciudad resistió durante diecisiete meses, pero en el año 1248 terminó por capitular.
Cuatro años más tarde moría Fernando III. Cuando exhaló su último aliento, Castilla ocupaba ciento veinte mil kilómetros cuadrados más que cuando se ciñó la corona. Sus últimas palabras, según una de las crónicas, fueron las siguientes: “Señor, gracias te doy y te devuelvo el reino que me diste con aquel provecho que yo pude alcanzar”.
Para saber más...
- 'Fernando III el Santo. La conquista del Guadalquivir' (Desperta Ferro Antigua y Medieval n.º 94), 68 páginas, 7,50 euros.