Obituario
Muere Jürgen Habermas, el último intelectual del siglo XX
El filósofo, con incontables aportaciones que han dado forma a la modernidad, ha fallecido a los 96 años
Ha muerto Jürgen Habermas, el último gran pensador de la segunda mitad del siglo XX, el superviviente postrero de la escuela de Fráncfort de teoría crítica que revolucionó el postmarxismo y luego todo el debate público de las democracias europeas. Fue el intelectual público, a veces incómodo, que alzó la voz contra las injusticias, convenciones y lugares comunes. En cierto sentido ha sido la conciencia crítica y polémica de Europa y, desde su impugnación de Heidegger a su postura ante la desinformación en la era post-pandemia o en conflictos como el de Ucrania o el de Gaza, ha demostrado por qué, como en tiempos de Sócrates, filosofar es meterse en problemas y no evitar la discusión: «El intelectual tiene que poder indignarse», decía. Es acaso el último gran titán que encarnó ese papel de la intelectualidad en la cultura europea.
Su peso en la esfera pública –un concepto que, por cierto, le debe todo– empezó a notarse de forma notable ya desde los convulsos sesenta y setenta, cuando propuso una nueva crítica del capitalismo, con especial incidencia en su República Federal Alemana y en todo el occidente democrático. Su obra amplia y variada ha cambiado para siempre la historia de las ideas en busca de una normatividad adecuada y racional para una teoría social crítica y para una esfera pública democrática, ya desde su primer libro «Historia y crítica de la opinión pública» (1962). Alejándose progresivamente, como toda su escuela, de las ideas de la revolución proletaria, defendió el imperio de la razón, con raíces griegas, entre racionalidad y racionalización social. Desde su quehacer en la epistemología su obra discurrió desde lo abstracto a la filosofía del lenguaje y luego hasta cuestiones más concretas de movimientos sociales, legitimación política y demás temas variados que siguieron la infatigable curiosidad de este gigante del pensamiento que ha fallecido nonagenario. Desde su fundacional «Conocimiento e interés» (1968), en plena oleada del mayo francés, criticó la teoría del conocimiento positivista que predominaba entonces y el interés técnico por el control, sentando las bases de un modelo que contemplaba otros intereses legítimos, con énfasis en el conocimiento hermenéutico y liberador que representó en su día la teoría social crítica.
En pos de una nueva emancipación a través del cuestionamiento de las llamadas estructuras de poder, pasó luego a centrarse en la filosofía del lenguaje para procurar una explicación de la racionalidad desde la interacción lingüística, de carácter básico para la democracia. Ahí se vio una rehabilitación singular de la retórica en la esfera pública, con su idea de la acción comunicativa, con los actores sociales implicados en un proceso comunicativo desde tres demandas universales, la verdad, la legitimidad normativa y la sinceridad. En esta suerte de «nueva sofística», básica para la construcción de una sociedad democrática moderna entre facciones dispares, se valoraba la práctica argumentativa con una situación ideal del discurso en la que había de pesar la fuerza del mejor argumento, acaso un eco de aquella teoría de los antiguos sofistas de la Atenas de Pericles, que no en vano se reivindican también hoy como precursores de la teoría política de la democracia, con su pasión por el pacto y el punto de encuentro entre extremos. La ética comunicativa de Habermas, en búsqueda de bases de validez para el discurso, superó las críticas de eurocentrismo al indagar en los universales que trascienden lo local y elaboran un discurso filosófico actual y universalmente válido basado en el potencial de la racionalidad.
Sus libros y nociones han ido dando forma a la modernidad con incontables aportaciones: ética, política, teoría del conocimiento, filosofía del lenguaje, teoría de la comunicación, etc. La fuerza del pensamiento libre y de la argumentación son dos claves de su devenir filosófico. Por supuesto que también –como el más joven epígono de Adorno y Horkheimer– a través de las llamadas esferas culturales, donde para él se realizan las demandas de la ciencia, el derecho y el arte. En la teoría social, igualmente, ha estudiado la colonización de las esferas de la vida social según los intereses económicos y político-administrativos del capitalismo, con la parcelación del dominio de lo real en busca de un control efectivo. Y asimismo se ha centrado en la problemática legitimación de ese tardocapitalismo que lo quiere controlar todo, indagando en intersticios de emancipación frente a sus poderes omnicomprensivos (por cierto que, últimamente, en la era de las redes, también omniscientes gracias al control de la información). En su extensa vida fue testigo de excepción del totalitarismo, la construcción y la caída del Muro de Berlín, el 68, el “otoño alemán”, la reunificación, la Guerra del Golfo, el 11-S o la COVID. Conque Habermas pudo mediar en todos los debates sociopolíticos, desde el poscolonial, el del fin del comunismo y la Guerra Fría, hasta el mundo multipolar, desde la pandemia a la polarización en las redes sociales, entre otras muchas cosas. Su obra es la de un titán del pensamiento político, un nuevo sofista demócrata, un impugnador de todas las convenciones, una conciencia siempre despierta y un filósofo agudo cuya obra ha quedado ya en el Olimpo de las ideas.