Opinión
En Solfa: Granados, el hombre que volvía de triunfar
El mejor compositor español de su generación murió ahogado en el Canal de la Mancha después de saltar al agua para salvar a su esposa

Ahora que estamos en guerra me viene a la memoria un acontecimiento bélico-musical. Hay muertes que parecen escritas por alguien con demasiado gusto por el drama, y la de Enrique Granados es una de ellas. El 24 de marzo de 1916, hace ahora ciento diez años, el mejor compositor español de su generación murió ahogado en el Canal de la Mancha después de saltar al agua para salvar a su esposa. Tenía 48 años, volvía de Nueva York donde acababa de estrenar su ópera Goyescas en el Metropolitan, y llevaba toda la vida esperando ese momento. El torpedero alemán UB-29 lo esperaba a él.
No hay forma de contar esta historia sin que suene a libreto pasado de rosca. Compositor en la cima, estreno triunfal, visita a la Casa Blanca, seis hijos en Barcelona, miedo confesado al mar, y luego el Canal, el torpedo, el bote salvavidas al que consigue aferrarse y la imagen de Amparo luchando entre las olas. Se lanzó. Murieron los dos. Quien diga que eso no le afecta miente o no ha escuchado nunca Quejas, o la maja y el ruiseñor.
Pero conviene resistir la tentación del mito, porque el músico importa más. Granados llegó a Barcelona de niño, estudió con Pedrell -el mismo maestro de Albéniz y de Falla, lo cual dice mucho de aquella ciudad y de aquella época-, completó su formación en París y volvió para quedarse con la convicción de que quería hacer algo distinto con la música española, algo que no fuera el folclore de tarjeta postal ni la españolada de exportación sino una propuesta construida desde la intimidad del teclado y la evocación de un país soñado más que observado. Lo consiguió con las Danzas españolas, donde la elegancia reemplaza al adorno innecesario y la evocación vale más que la descripción. La Andaluza se ha tocado tanto que se ha convertido en fondo sonoro de contextos equivocados.
Su obra cumbre es Goyescas. Granados no describe los cuadros de Goya sino que los habita, y en esas páginas hay una melancolía muy española, una sensualidad contenida y una manera de decir las cosas que no tiene equivalente en el repertorio de la época. El romanticismo centroeuropeo -Chopin en el vuelo melódico, Schumann en las texturas, Liszt al fondo- aparece filtrado por una sensibilidad que huele irrevocablemente a España, pero a una España que jamás fue exactamente real. Su escritura pianística apuesta por la dilatación y la sugerencia, por una sensualidad sonora que no necesita subrayados ni golpes de efecto, donde el rubato no funciona como capricho sino como discurso y donde tocar bien exige una disciplina interna que mantenga alejado el sentimentalismo fácil.
Alicia de Larrocha, heredera directa de su escuela a través de la Academia Marshall que él mismo fundó, fue durante décadas el faro de esa tradición, y sin ella Granados habría tardado mucho más en llegar donde está, que tampoco es donde debería. Porque Granados no encaja en los relatos cómodos de la música española: no es tan revolucionario como Falla, ni tan popular como Albéniz, ni tan reconocible para el gran público como Turina, y ocupa ese lugar lateral que los programadores sortean antes de admitir que tienen una deuda con él antes que con los ciclo de sinfonías centroeuropeas. España exporta talento y no construye estructuras, ayer como hoy, y Granados lo sufrió en vida y lo sigue sufriendo, con distintas formas, en los carteles de temporada.
En Granados hay una modernidad menos visible que la de sus contemporáneos pero no menor, y mientras Europa se debatía entre la hipertrofia postromántica y las vanguardias incipientes él eligió un camino propio de expresividad refinada, casi táctil, que en un tiempo tan adicto al impacto inmediato como el nuestro sigue sonando a provocación. La intensidad no siempre necesita volumen, la identidad no siempre necesita proclamarse, y lo más difícil en música sigue siendo parecer sencillo.
La noticia de su muerte sacudió el mundo de la música. Pablo Casals organizó en el propio Metropolitan de Nueva York un homenaje en el que participaron Kreisler, Paderewski, María Barrientos y John McCormack. Con el teatro a oscuras y un solo candelabro sobre el piano, Paderewski interpretó la Marcha fúnebre de Chopin. Era el año 1916. Granados dejaba seis hijos, una academia en Barcelona que había formado a Alicia de Larrocha, y una obra que todavía suena como si la hubiera escrito alguien que sabía que no tendría mucho tiempo.