Premios Oscar

Paul Thomas Anderson gana una batalla que casi todos imaginaban

El activismo político que defiende "Una batalla tras otra" no encontró eco en una gala que, con la excepción de un par de pins y tres o cuatro comentarios marginales, pasó tan de puntillas por las manifestaciones anti-Trump

Paul Thomas Anderson recogiendo el Oscar a mejor película por "Una batalla tras otra"
Paul Thomas Anderson recogiendo el Oscar a mejor película por "Una batalla tras otra"Agencia EFE

Puede que Paul Thomas Anderson pensara que la película "mainstream" más agresivamente política de la temporada, "Una batalla tras otra", ya habla por sí misma, y que era el momento de celebrar el éxito, no utilizarlo como canal protesta. Pero, aunque es fantástico que su obra maestra le haya convertido en el gran triunfador de los Oscar 2026, y que llevarse seis estatuillas (tres para su bolsillo: mejor película, director y guion adaptado) compense la injusta indiferencia que Hollywood había mostrado ante películas del calibre de "Pozos de ambición", "The Master" o "El hilo invisible", sorprende su silencio.

Con la guerra de Irán redefiniendo el orden internacional y los Ice haciendo de las suyas, el activismo político que defiende "Una batalla tras otra" no encontró eco en una gala que, con la excepción de un par de pins (Oliver Laxe y Javier Bardem, siempre en el equipo de la Palestina libre) y tres o cuatro comentarios marginales, pasó tan de puntillas por las manifestaciones anti-Trump como ese mítico Conan O’Brien travestido de tía Gladys de "Weapons" atravesando el universo de las películas nominadas en una brillante introducción a la ceremonia.

Si para la cinta "Una batalla tras otra" lo importante era ganar, para "Sirât" era participar. La excelente película de Oliver Laxe se quedó a dos velas tanto en la categoría de sonido (los atronadores derrapes de "F1" eran difíciles de batir) y en la de mejor filme internacional, en el que la un tanto sobrevalorada "Valor sentimental" también le robó el Oscar a la memorable "El agente secreto". El comportamiento de los académicos en esa categoría fue sintomático de su actitud de nadar y guardar la ropa: ni la película de Kleber Mendonça Filho, explícitamente antidictatorial, ni "Un simple accidente" (Irán, ni mentarlo) ni "La voz de Hind", ferozmente propalestina, eran opciones válidas si se quería esconder la cabeza debajo del ala. Quizá Sean Penn no tenía ganas de fiestas hipócritas, y por ello se quedó en su casa, a riesgo de ganar un Oscar al mejor actor secundario cuyo discurso de agradecimiento habría sin duda encendido la platea del Kodak Theatre con soflamas antirrepublicanas.

En el capítulo de robos a mano armada, el intérprete Timothée Chalamet fue víctima de una precampaña en la que sus desafortunadas declaraciones sobre la danza y la ópera, viralizadas por el ruidoso linchamiento público de las redes sociales, aniquilaron cualquier posibilidad de que ganara el anhelado (y muy merecido) Oscar al mejor actor por su papel en "Marty Supreme". Esperando su caída en desgracia, Michael B. Jordan lideró el éxito, a todas luces exagerado, de la otra gran triunfadora de la noche, "Los pecadores", cuyo mérito más llamativo fue colocar al terror elevado –es una película de vampiros antirracista– en el podio de los Oscar. Aunque antes que Jordan, llegó la extraordinaria Amy Madigan, que, con la tía Gladys de "Weapons", esa bruja a medio camino de la Bette Davis de «Baby Jane» y una Isabelle Huppert celebrando Halloween, ha creado uno de los personajes más icónicos del cine de terror de los últimos tiempos. Un Oscar a la mejor actriz secundaria que no admite discusión alguna.

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