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Teatro de la Zarzuela

Crítica de 'Jugar con fuego': Tradición renovada

Siempre se ha considerado esta obra la primera zarzuela grande, la que inauguró, en 1851, toda una era de nuestro género lírico

Imagen del pase gráfico de 'Jugar con fuego', en el Teatro de la Zarzuela
Imagen del pase gráfico de 'Jugar con fuego', en el Teatro de la ZarzuelaJavier del Real

'Jugar con fuego', de Barbieri. Ruth Iniesta, Alejandro del Cerro, José Antonio López, David Lagares, Manuel de Diego, Javier Povedano, Zaira Montes... Dirección musical: Álvaro Albiach. Dirección de escena y versión: Marina Bollaín. Teatro de la Zarzuela. Madrid, 25-III-2026.

Siempre se ha considerado a 'Jugar con fuego' la primera zarzuela grande, la que inauguró, en 1851, toda una era de nuestro género lírico. Una obra fundamental que ha visitado, tras su estreno en el Teatro Circo, al menos cinco veces, en distintas producciones, el coliseo de la Plaza de Teresa Berganza, la última en marzo y abril del año 2.000, según nos informa Víctor Pagán en el programa de mano.

Como siempre en Barbieri reconocemos y admiramos el fácil melodismo, la inspiración directa o la espontaneidad del trazado. Una buena muestra del modo en el que las diversas formas líricas autóctonas españolas convivían en paralelo, a partir de los inicios del siglo XVIII, con la ópera italiana. Riqueza melódica, inspiración, sincretismo. Aspectos que, según el maestro Álvaro Albiach, director de estas primeras funciones, muestran la habilidad del autor para desplegar distintos lenguajes provenientes de latitudes diversas.

La dirección escénica ha corrido a cargo de la emprendedora, inteligente, despierta y renovadora Marina Bollaín, de la que siempre recordamos una divertida y actualizada 'La verbena de la Paloma', de Bretón. Como suele ser norma en ella propone una lectura actualizada del argumento y situaciones que plantea la obra. Hay una traslación a un espacio que establece un paralelismo con los originales: una fiesta popular y un lugar donde se reúnen el poder y las clases dominantes. “¿Qué es hoy 'Jugar con fuego'?”, se pregunta. E inquiere: “¿Dónde se reúne actualmente el poder mediático, político y económico junto con las clases populares en torno a una fiesta?”

Y centra y sitúa toda la acción en el interior de un estadio de fútbol. Vemos desfilar aficionados, ultras y menos ultras, “hooligans”, directivos, señoras encopetadas. El argumento, como ella misma señala, se mantiene intacto, lo mismo que los personajes y la música. Pero hay cambios notables en la ubicación. Los pasillos del estadio son los escenarios sustitutivos de las riberas del Manzanares (acto I). La sala de trofeos es el escenario que recibe una acción en principio ubicada en el Palacio del Buen Retiro. Y los pasillos del estadio sustituyen al manicomio en el que los locos zarandean al Marqués de Caravaca. Muy novedoso planteamiento que trata de quitar naftalina a los a veces periclitados aspectos de las obras del pasado.

Para que todo concuerde Bollaín ha tenido que aligerar algo el texto y adecuarlo al espacio tan actualizado que la escenografía propone. De tal manera que hay frases, acciones, actitudes que toman otro cariz. Algo que no sucede, claro es, ni con la música, que se mantiene incólume, ni con la letra a la que sirve. Lo contrario sería descoyuntar excesivamente la partitura original. La razón de que el espectáculo no acabe de funcionar es que hay, como se puede colegir, una distorsión narrativa. La acción va por un lado y la música, con sus formas, por otro.

Con todo, el espectáculo se deja ver porque está bien movido. El foso, a falta de una mayor limpieza fraseológica, de un lustre tímbrico más depurado, funcionó bien de la mano de Albiach, un director que conoce el paño y sabe acompañar con naturalidad. Aunque en los primeros compases de la función hubo no pocas irregularidades de encaje entre coro y orquesta. Las voces se oyeron en general bien, cada una con sus atributos. La palma se la llevó Ruth Iniesta, segura, firme, fácil, resuelta, espejeante, entonada como actriz. Muy bien su interpretación de la célebre romanza 'Un tiempo fue que en dulce calma', con un brillante Mi bemol sobreagudo (en principio no escrito) de cierre.

El Félix del tenor Alejandro del Cerro fue voluntarioso y viril a falta de un mayor encanto tímbrico. Sonoro, vibrante el Marqués del barítono José Antonio López, pasajeramente esforzado, y rotundo pero de sonoridades tirando a opacas, el Duque de Alburquerque del bajo David Lagares (papel que otras veces afrontan barítonos), que, como padre de la Duquesa, debería aparentar más edad. Bien Manuel de Diego, tenor lírico-ligero de buena impostación, como Antonio. El barítono Javier Povedano cumplió en su papel de Ultra. Como en su parte hablada la Condesa de Bornos la actriz Zaira Montes. Buen éxito general. Y estupendo trabajo en el ejemplar programa de mano (que deberían copiar otros organismos) de Víctor Sánchez.