
Feria de Abril
Sevilla rompe a lo grande con el peso de las figuras
El proyecto de Garzón afronta su reválida definitiva en una Maestranza que presumirá de varias tardes de «No hay billetes»

La Feria de Abril ya está aquí. No es una víspera; es la realidad de una plaza que ha consumido sus primeros festejos con la vista puesta en lo que empieza hoy. Pero este 2026 no es un año cualquiera en el Baratillo. Tras casi un siglo de hegemonía de la casa Pagés, la llegada de José María Garzón, al frente de Lances de Futuro, marca un hito administrativo y sentimental. Los cambios en el toreo son lentos, casi geológicos, pero en esta edición las huellas del nuevo rumbo empiezan a notarse en detalles que tocan la fibra del aficionado más veterano. La recuperación de la Real Venta de Antequera para el desembarco y exposición de las corridas, tras casi cuarenta años de ausencia, no es solo una medida logística; es una declaración de intenciones. Devuelve al rito su liturgia previa, permitiendo que el toro recupere su protagonismo antes de pisar el albero. A esto se suma la autoridad de Florito en los corrales del coso, para asegurar que la maquinaria del reconocimiento y el manejo de las reses en Sevilla sea de una precisión absoluta.
La respuesta de la ciudad ha sido un bofetón de optimismo. La cascada de carteles de «No hay billetes» colgados antes de que el primer clarín rasgara el aire del abono es un fenómeno que no se recordaba en muchos años. Sevilla tiene hambre de toros, y esa demanda ha validado la apuesta de Garzón por un ciclo de máxima intensidad. En el epicentro de este terremoto sigue figurando Morante de la Puebla. El genio cigarrero es el pilar sobre el que descansa el sentimiento de una plaza que lo necesita para reconocerse a sí misma. Ya volvió a quedar claro en Resurrección. Junto a él, José María Manzanares y Roca Rey mantienen ese estatus de «consentidos», de toreros que gozan de un crédito especial en los tendidos maestrantes, por mucho que el aficionado cabal empiece a exigir una mirada más justa y equilibrada hacia los nombres de la casa. Porque Sevilla también es Daniel Luque, hoy en una madurez imperial que reclama el mando con hechos; es Borja Jiménez, tras su eclosión de valor seco y capacidad; y es Manuel Escribano, ejemplo de una resiliencia que ha forjado su leyenda en este albero. Son diestros locales con peso y éxitos suficientes para ser el eje del abono. Lo mismo que esa posición que Juan Ortega y Pablo Aguado ocupan desde otra mística, la del regusto que Sevilla paladea como ninguna otra plaza del mundo.
El toro, fiel de la balanza, ya ha dado las primeras pistas. La impecable presentación de las corridas de Alcurrucén y Fuente Ymbro ha definido perfectamente lo que debe ser «el toro de Sevilla»: un animal serio, armónico, con el trapío que exige la categoría del escenario, pero sin caer en el gigantismo que desvirtúa la embestida. Ahora la presión se traslada a los hierros de Santiago Domecq y El Parralejo, ganaderías que atraviesan un momento de regularidad asombroso y que en Sevilla suelen marcar los puntos más altos de la temporada. Hay también una expectación legítima por el proyecto personal de Álvaro Núñez y, por supuesto, por ese mano a mano con los «grises» de Victorino Martín, un cartel que combina el sentido local con la máxima exigencia ganadera.
Pero la Feria también debe ser el escenario de la regeneración. El ciclo continuado que arranca hoy, y que podremos ver otra vez por televisión, es la hora de la verdad para quienes vienen a refrescar el escalafón. Nombres como Fortes o Víctor Hernández tienen ante sí el escaparate necesario para dar el golpe en la mesa que el sistema suele escatimarles. Del mismo modo, la reafirmación de David de Miranda, tras lo visto el Domingo de Resurrección, se antoja clave para entender que la pureza no entiende de modas. Sevilla estrena empresa, recupera sus tradiciones más queridas y se prepara para un maratón donde el toro volverá a poner a cada uno en su lugar. Esta tarde, cuando Miguel Ángel Perera abra la puerta de cuadrillas frente a los de Santiago Domecq, se acabará la dialéctica de los despachos para dar paso a la única verdad que no admite réplica: la que sucede entre los dos pitones de un toro bravo en el albero más hermoso del mundo.
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