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Hípica
La hípica venezolana, el reflejo del talento de un país que vuelve a creer
El mundo del caballo, como ejemplo de excelencia, valores y esperanza tras la caída de Nicolás Maduro

Venezuela acaba de abrir una nueva etapa histórica. Tras la caída de Nicolás Maduro, el país se asoma a un tiempo de reconstrucción que va mucho más allá de la política y que conecta directamente con la esencia de su gente. Porque si algo define, por lo general, al venezolano es su carácter luchador, afable y trabajador. Y, además, profundamente religioso. Un pueblo que ha sabido resistir, adaptarse y no perder la fe incluso en los momentos más difíciles.
Ese ADN colectivo se refleja con especial claridad en el mundo del caballo. La hípica venezolana ha sido durante años un ejemplo silencioso de resiliencia, talento y valores. Un sector que, aun golpeado por la crisis, ha mantenido su nivel competitivo y su prestigio internacional gracias al esfuerzo individual, al compromiso colectivo y a una convicción compartida: Venezuela no podía desaparecer también del deporte.
Gran trabajo federativo
La Federación Venezolana de Deportes Ecuestres, liderada por Beto Pérez, es una prueba de ello. Mantener una estructura federativa sólida, con continuidad y visión, en un contexto tan adverso no ha sido tarea fácil. Su trabajo ha permitido que la hípica venezolana conserve presencia, credibilidad y respeto en el panorama internacional, demostrando que la profesionalidad también es una forma de resistencia.
Leopoldo Palacios, el mejor jefe de pista
En ese contexto de excelencia emerge una figura indiscutible: Leopoldo Palacios. No se trata de una afirmación emocional ni de un orgullo patriótico mal entendido. Leopoldo Palacios es, hoy por hoy, el mejor jefe de pista del mundo. Su capacidad para diseñar recorridos técnicos, justos y exigentes, su sensibilidad deportiva y su profundo conocimiento del caballo lo han convertido en una referencia absoluta en los grandes campeonatos internacionales. Su nombre es sinónimo de rigor, equilibrio y maestría, y representa como pocos hasta dónde puede llegar el talento venezolano cuando encuentra espacio para desarrollarse.
Larrazábal, olímpico en París
Los resultados deportivos refuerzan ese nivel. En los recientes Juegos Bolivarianos, Venezuela se colmó de medallas en hípica, firmando una actuación sobresaliente que volvió a situar al país en lo más alto del panorama regional. Luis Fernando Larrazábal, olímpico en París, fue el mejor jinete de la competición, liderando al equipo con autoridad, experiencia y brillantez. Su rendimiento fue mucho más que un éxito deportivo: fue un mensaje claro de lo que Venezuela puede volver a ser cuando el talento encuentra oportunidades. Larrazábal , además, es actualmente el jinete latinoamericano mejor posicionado en el ranking FEI de Salto. Su trayectoria es el reflejo de años de trabajo constante, sacrificio y mentalidad competitiva. Cada salida a pista con la bandera venezolana es también una declaración de identidad y de orgullo.
En la Doma Clásica, Patricia Ferrando ha llevado el nombre de Venezuela a la élite internacional tras su participación en los Juegos Olímpicos de París. Una disciplina que exige precisión, elegancia y una conexión absoluta entre caballo y amazona, y que simboliza a la perfección la armonía entre técnica, sensibilidad y constancia que caracteriza a muchos deportistas venezolanos.
Diáspora ecuestre
España se ha convertido en uno de los grandes escenarios de la diáspora ecuestre venezolana. Aquí, las hermanas Victoria y Margarita Vargas son ejemplo dentro y fuera de las pistas de Salto. Más allá de los resultados deportivos, destacan por la manera en que han sabido transmitir su pasión por el caballo a sus hijas, demostrando que los valores no se pierden con la distancia y que el legado ecuestre venezolano se hereda y se fortalece.

Este nuevo tiempo para Venezuela coincide, además, con una fecha cargada de simbolismo para el mundo del caballo. Se cumplen diez años del fallecimiento de Andrés Rodríguez, “Chepito”, uno de los grandes referentes de la hípica venezolana. Su figura sigue muy presente en la memoria del deporte. Que la caída del régimen llegue justo ahora invita a pensar que, desde el cielo, celebra junto a tantos compatriotas el inicio de una etapa largamente esperada.

La hípica venezolana también se expresa en historias donde deporte, familia y valores caminan de la mano. Astrid Klisans, amazona de Doma Clásica, y el cantante Carlos Baute, ambos venezolanos, forman un matrimonio que proyecta una imagen positiva, sólida y comprometida de Venezuela en el exterior. Ella desde la pista, él desde la cultura, ambos como embajadores de un país que nunca dejó de creer en sí mismo.
El denominador común entre la mayoría de los venezolanos ligados al mundo del caballo es claro: están fuera de su país no por elección, sino por necesidad. La situación en la que Venezuela estuvo sumida durante años obligó a buscar oportunidades lejos de casa, sin romper jamás el vínculo con su tierra.
Ahora, tras la caída de Maduro, Venezuela tiene ante sí la oportunidad de un renacer. Y no es menor el peso simbólico de la fe en este momento. Un país profundamente creyente que acaba de ver reconocidos a sus primeros santos, San José Gregorio Hernández y Carmen Rendiles. Para muchos venezolanos, no resulta difícil pensar que han intercedido desde el cielo para que su país vuelva a ser libre.
La hípica, como escuela de valores, es hoy un espejo perfecto de lo que Venezuela puede volver a ser: disciplina, esfuerzo, respeto y confianza en el futuro. Venezuela vuelve a creer. Y como sus caballos, lo hace con resistencia, nobleza y la mirada puesta en un horizonte que, por fin, vuelve a abrirse.
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