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Análisis

El algoritmo quiere tu despacho

La cuestión no es si la tecnología sustituirá empleos, sino si seremos capaces de acompañar a las personas en la transición hacia los nuevos que inevitablemente surgirán

La IA ha irrumpido con tanta fuerza que hace temblar a muchos sectores Difoosion

La historia económica está marcada por una constante en la que cada gran innovación tecnológica despierta miedo antes que entusiasmo y hoy ese papel lo ocupa la inteligencia artificial. La realidad es que, desde la automatización de procesos administrativos hasta los modelos generativos capaces de redactar textos, programar o analizar datos complejos, la IA ha irrumpido con una velocidad que desconcierta y, como en toda revolución tecnológica, hay sectores que sienten que el suelo tiembla bajo sus pies.

Uno de muchos ejemplos es que se proponga modificar el código penal para crear un delito de intrusismo digital como proponen algunos colectivos de profesionales, cuando se utilice la IA para realizar funciones de asesoramiento sin la supervisión de un profesional colegiado. Y es que el miedo a perder el empleo no es una reacción irracional, sino profundamente humana porque cuando un algoritmo puede realizar en segundos tareas que antes requerían horas de trabajo cualificado, es lógico preguntarse qué espacio quedará para las personas. Aquí la pregunta que está en el aire es quien pierde dinero cuando se usa la IA para determinados trabajos, aunque prohibirla no va a frenar eso ya que pretender hacerlo o levantar barreras artificiales sería, además de ingenuo, inútil porque no se puede poner puertas al campo.

De este modo, profesionales del ámbito creativo, del análisis financiero, del derecho o incluso de la educación observan cómo herramientas basadas en IA realizan parte de su trabajo con una eficiencia sorprendente. El temor no es solo económico, también es identitario pues muchas personas construyen su autoestima y su sentido de propósito alrededor de su profesión y cuando la tecnología puede hacer lo mismo, mejor o más rápido, la amenaza se percibe como existencial.

La clave no está en frenar la innovación, sino adaptarse a ella, aunque el problema surge cuando esa adaptación no es ni inmediata ni equitativa pues no todos los trabajadores tienen la misma capacidad de reciclaje profesional. No hay que enfrentar al profesional con la IA, sino integrarla como una herramienta de apoyo bajo la supervisión de un humano experto en la materia. La IA puede acelerar procesos, sugerir soluciones y ampliar la capacidad de análisis, pero sigue necesitando criterio, experiencia y responsabilidad, atributos que no se programan fácilmente. Porque, en última instancia, esos mismos profesionales que hoy temen ser desplazados serán quienes incorporen la IA a su práctica diaria para trabajar mejor, más rápido y con mayor valor añadido, de modo que la IA no va a sustituir a todos los profesionales, sino que serán ellos mismos los que lo hagan, pues el profesional que se apoye en la IA sí que va a sustituir a quien no lo haga.

La IA genera miedo porque altera el equilibrio conocido, pero también abre oportunidades inéditas como liberar tiempo de tareas repetitivas, aumentar la productividad y permitir que los profesionales se centren en actividades de mayor valor añadido. Por ello, el verdadero riesgo no es que la IA exista, sino que como sociedad no sepamos gestionarla y la cuestión no es si la tecnología sustituirá empleos, sino si seremos capaces de acompañar a las personas en la transición hacia los nuevos que inevitablemente surgirán.

Juan Carlos Higueras es doctor en Economía y Vicedecano de EAE Business School