Editorial
La España de ensueño de Pedro Sánchez
El discurso complaciente consigo mismo de Pedro Sánchez, ese que retrata una España de ensueño a medida de la propaganda más descarnada, no resiste el menor contraste con la realidad que perciben con sus propios ojos los ciudadanos
Mientras los madrileños recibían con respeto, simpatía y muestras de apoyo a los agricultores y ganaderos en protesta por el acuerdo del Mercosur, los profesores catalanes cortaban carreteras en demanda de sus derechos laborales y, un día más, los usuarios de la Alta Velocidad se enfrentaban a suspensiones de servicio, averías y retrasos, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se sacudía desde la tribuna del Congreso cualquier responsabilidad y, en un clamoroso ejercicio del doble rasero, justificaba las tragedias ferroviarias de Adamuz y Barcelona en los imponderables de la vida, fallos técnicos, errores humanos, fatigas de material, casualidades aciagas y contingencias meteorológicas, causas que, sin embargo, no rigen cuando se trata de cargar las culpas contra la oposición popular. Así, para el inquilino de La Moncloa, que discurriera en unas horas sobre el barranco del Poyo en Valencia el mismo caudal que lleva, por ejemplo, el Nilo, carece de la menor consideración ante la inoperancia y la maldad de un Partido Popular que, para el imaginario gubernamental, solo sirve para difundir bulos y, por supuesto, porque el jefe del Ejecutivo no dejó pasar la oportunidad de endosar un mitin a los parlamentarios, para engordar a la extrema derecha de Vox. El problema es que el discurso complaciente consigo mismo de Pedro Sánchez, ese que retrata una España de ensueño a medida de la propaganda más descarnada, no resiste el menor contraste con la realidad que perciben con sus propios ojos los ciudadanos. La realidad de unos trabajadores y usuarios de la Alta Velocidad que venían advirtiendo reiteradamente de los múltiples defectos de la red viaria. Defectos que, una vez producida la tragedia, obligan a incrementar las precauciones, con la disminución de frecuencias y la drástica reducción de la velocidad. Como bien señaló el líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, de nada sirve al interés de los españoles tener un jefe del Gobierno que no se hace responsable de nada, ni siquiera de lo que es una evidencia escandalosa: el deterioro del servicio ferroviario, con hitos como la contratación de amantes del ministro de turno o que los empleados encargados de la revisión de las vías lleven más de un año en sus casas, cobrando el sueldo sin ir a trabajar, que se antojarían increíbles en cualquier otro país que no estuviera gobernado por la coalición social comunista que preside Pedro Sánchez. El problema para el líder socialista, y no es un problema menor, es que la realidad se impone tozuda sobre los relatos de la propaganda cuando el ministro Óscar Puente reconoce a los sindicatos de Renfe y Adif la escasez de inversiones, el caos organizativo y la falta de personal; los ingenieros, en pleno tren de tormentas, avisan de la falta de mantenimiento en la red de embalses y la conflictividad laboral no amaina, alcanzando cada vez a más sectores. Luego vienen en cascada las derrotas electorales del PSOE y las otras izquierdas, pero Pedro Sánchez no tiene responsabilidad alguna.