El pulso en la derecha
Abascal no tiene ningún incentivo para pactar con el PP
Vox no va a facilitar las negociaciones tras Aragón. El PP lo sabe. La pelea está en quién consigue dejar a su adversario ante la opinión pública como responsable del bloqueo.

Tras las elecciones de Aragón, Vox ha entrado en la fase de "o mandamos o rompemos". Ya se ha puesto en marcha el juego del intercambio dialéctico entre PP y Vox, y, de fondo, lo que late es una tensión creciente entre los dos partidos por ver quién deja al otro como responsable del bloqueo. El PP quiere convertir en mantra su oferta de que entren en los nuevos gobiernos, de manera proporcional a los resultados, y Vox, por su parte, eleva el tono reclamando más cuota de poder. No va a haber negociación técnica, todo es una presunta negociación política cargada de desconfianza, asimetrías y lecturas nacionales. Esto complicará mucho ese posible acuerdo que ahora se les reclama desde distintos ámbitos de la derecha.
Para entender lo que se cuece hay que tener en cuenta que Vox llega fuerte y sin incentivos para regalar nada. Los de Abascal no necesitan demostrar responsabilidad, porque su papel fuera del sistema del bipartidismo les da votos. No temen tampoco una repetición electoral y no tienen prisa. Creen que cada día sin acuerdo en los gobiernos autonómicos erosiona al PP, no a ellos.
En el otro lado de la ecuación, el PP no puede pagar todo el precio que Vox va a pedir. Los populares han llegado a la conclusión (así se lo recomiendan sus gurús demoscópicos) de que meterles en los Gobiernos es parte de la solución al ascenso de Santiago Abascal porque en la gestión diaria se visualizará, supuestamente, que su programa es inviable de materializar. Vox no va a pedir solo consejerías, reclama también visibilidad política, relato y decisiones simbólicas (en inmigración, educación, política lingüística o memoria democrática, por poner un ejemplo). El PP tendrá que medir qué puede aceptar, hasta dónde puede tensionar su discurso moderado, incomodar a su electorado urbano y complicar su imagen europea. Es una negociación donde el precio político pesa mucho más que el institucional.
Además, la negociación no se juega solo en Extremadura o en Aragón. Vox quiere marcar líneas para futuras negociaciones autonómicas y municipales, y nacionales, y en el PP temen que cada concesión se convierta en un precedente. "No va a ser fácil porque no negociamos gobiernos. Negociamos el relato de la derecha en España, Vox quiere demostrar que manda. Nosotros necesitamos dejar claro que gobernamos sin hipotecarnos . Y los dos sabemos que lo que pase en estas negociaciones autonómicas tendrá consecuencias a nivel nacional", explica un miembro del comité de dirección del PP.
El escenario más probable es un bloqueo calculado. Vox estirará la negociación a propósito, colocando el foco en sus exigencias programáticas no solo en los sillones. Hasta dónde el PP acepta el marco o si Vox firma, sin hacerse responsable, son solo dos de las incógnitas que tendrán que resolver en los próximos meses en la derecha.
En el PP, las esperanzas están puestas en Juan Manuel Moreno, presidente de la Junta de Andalucía, para que actúe de dique contra la ola que lleva en volandas a Abascal. Sus gestión de la catástrofe ferroviaria y de las inundaciones es ejemplar, pero en la política actual un día es un infinito, y hasta que lleguen esos comicios todavía pueden pasar muchas cosas. Moreno pretende agotar la Legislatura: la receta de los adelantos ya se ha visto que no les funciona como esperaban.