Andalucía vota

Moncloa engulle al PSOE andaluz y le deja inoperante

Absorbe la campaña. Impone la estrategia y el discurso. Nacionaliza el pulso electoral y desdibuja al partido autonómico. Sánchez, el eje

Pedro Sánchez y María Jesús Montero en la sesión del Congreso
Pedro Sánchez y María Jesús Montero en la sesión del CongresoAlberto R. RoldánLa Razón

Las elecciones andaluzas han dejado de ser en la lectura de muchos dirigentes veteranos del PSOE una batalla territorial para convertirse exclusivamente en un examen nacional para Pedro Sánchez. Con un partido con dificultades para encontrar su mensaje, condicionado por la política estatal y obligado a competir en un espacio progresista fragmentado, la inquietud interna crece a medida que se acerca el arranque formal de la campaña. Y lo que se mide, en lo que ha sido un bastión socialista histórico, es sólo hasta dónde llega la debacle.

La primera preocupación tiene que ver, precisamente, con el mismo enfoque de la campaña. Los cuadros con experiencia electoral se quejan de «un error clásico», el de nacionalizar, una vez más, unas autonómicas. «La lógica tradicional del PSOE ha sido siempre la contraria. Ganar en los territorios con agenda propia, con un candidato reconocible y con un relato de gestión». Sin embargo, la descapitalización de poder y de referentes territoriales, ejecutada en la etapa sanchista, ha llevado a que todas las campañas autonómicas se estén desplazando hacia el terreno estatal hasta ser engullidas por la lógica de los asesores monclovitas.

Así, el PSOE sólo habla para confrontar con el PP, defender al Gobierno y atarse al mástil ideológico. Para los veteranos, esta posición es peligrosa porque vuelve a convertir la elección andaluza en un plebiscito indirecto sobre un Ejecutivo desgastado y que actúa como «lastre», además de movilizar al votante contrario. También diluye el perfil autonómico, que es la baza sobre la que el PSOE ha construido, históricamente, sus victorias.

Otro elemento que está dando que hablar internamente es el de la ausencia de un eje claro. «Fontaneros» socialistas, curtidos en la organización de campañas, repiten que, para que esta sea eficaz, necesita siempre una idea simple, reconocible y repetida.

El mantra al que se ha agarrado la candidata socialista, María Jesús Montero, es el de la sanidad y los servicios públicos, pero lo hace bajo la sombra de sus gestos, como ministra de Hacienda, a favor del independentismo catalán. Por lo que los populares tienen fácil darle la vuelta a su discurso, además de que su currículum no está precisamente inmaculado en Andalucía. Se añade que su adversario, Juanma Moreno, no tiene mala imagen como gestor, lo que juega también en su contra.

«Nuestro mensaje es disperso. No hay un concepto dominante que ordene la campaña, y cuando el mensaje se dispersa, también se debilita la capacidad de penetración en el electorado indeciso, que es el que siempre, o así se dice, determina las elecciones», añade un exconsejero de Sánchez en Moncloa.

La fragmentación del espacio progresista añade otra capa de complejidad. La competencia a la izquierda del PSOE obliga a un equilibrio incómodo, y en esta comunidad sí que esa izquierda resta voto útil a las siglas socialistas. El PSOE tiene ante sí la misma dicotomía que afecta al PP: si el partido endurece el discurso, se arriesga a perder votante moderado; si lo modera, facilita fugas hacia formaciones más ideológicas. Una izquierda a su izquierda que tampoco está en su mejor momento: no tiene liderazgo claro ni tampoco un proyecto diferenciado.

«En política, la percepción de cohesión es casi tan importante como la suma aritmética», apostilla uno de los dirigentes consultados. Aquí no acaban los problemas de Montero porque también pesa la lectura global del escenario que hace el electorado andaluz. En las «cocinas» de las federaciones autonómicas subrayan que Andalucía ha premiado históricamente perfiles de gestión y de estabilidad. Cuando la campaña se ideologiza en exceso, como es la estrategia impuesta desde Madrid, «el votante transversal se retrae». Y esta dinámica favorece a un PP que ha construido su discurso en torno a la continuidad y la moderación.

«El contraste es claro: mientras la izquierda aparece en tensión interna, la derecha se presenta como garantía de certidumbre».

Por si no fuera bastante, el liderazgo no convence. El PSOE andaluz necesita proyectar una figura con autonomía territorial, y, sin embargo, «tenemos a una ministra como candidata y a un partido obligado a apoyarse en el peso del Gobierno para movilizar a su electorado».

La campaña andaluza coincide con un momento nacional complejo para el PSOE. Ya de por sí, el desgaste acumulado, las tensiones parlamentarias y la fragmentación del espacio progresista condicionan la percepción. El «caso mascarillas» entra en juego, y, aunque el «caso Kitchen», que es mochila del PP, pueda hacerle sombra, en los titulares y en el ruido mediático pesará más, salvo excepciones, la imagen del «corazón» del sanchismo sentado en el banquillo: Ábalos y Koldo, los dos ex «todopoderosos» que auparon al presidente al liderazgo del partido, ante el juez. Moncloa confía en que el «No a la guerra» siga vigente hasta que los andaluces voten, pero el impacto de ese eslogan es cada vez menor y el contexto no tiene nada que ver con el de la guerra de Irak en cuanto al posicionamiento del PP.

En este marco, Montero tiene el reto de movilizar a un votante socialista desmotivado, lo que confirma la debilidad estructural actual del partido en Andalucía. Esto explica que el PSOE plantee la campaña como una reactivación más que como una remontada. Los sondeos internos confirman el mismo drama que el que señalan los publicados: Montero no arranca, el partido llega dividido y desmovilizado y es imposible evitar que la campaña se interprete como un test nacional sobre Sánchez.

La dirección política del mensaje y de la estrategia la lleva Moncloa. Es decir, la candidatura de Montero no se está construyendo desde el aparato autonómico, sino desde una lógica absolutamente nacional, y esta centralización reduce el margen del PSOE andaluz para pegar el discurso más al territorio y borrar la imagen de una candidata que es una prolongación del Ejecutivo.

La implicación directa de Sánchez también está siendo leída dentro del propio PSOE como un elemento útil para los sectores críticos. Saben que el resultado es una evaluación del liderazgo nacional y que una derrota clara no se interpretará como un problema andaluz sino como un síntoma más del desgaste del proyecto político del presidente. Esa lectura refuerza a quienes sostienen que el ciclo electoral se está estrechando y que el partido necesita abrir una reflexión interna.

Frente a estas injerencias, el sector territorial clásico -alcaldes, cuadros provinciales y dirigentes con implantación histórica- dejan ver orgánicamente su incomodidad con la estrategia. Las críticas contra la pérdida del perfil propio del PSOE llegan al entorno de Montero, de la misma manera que este grupo, más pragmático y moderado que las directrices sanchistas, da por hecho que el resultado abrirá una discusión interna sobre el rumbo del partido.

Mientras, en el bloque de la derecha se mide la fuerza de un modelo político sostenido en un liderazgo moderado, sin estridencias, capaz de absorber voto socialista y de neutralizar a Vox sin confrontar directamente con ellos. No es, en absoluto, la misma estrategia que se sigue últimamente en Madrid o que se ha visto en otras comunidades autónomas, como Castilla y León. El diseño de la campaña del PP andaluz responde a la lógica de evitar la polarización, reducir el tono ideológico y centra el discurso en gestión y estabilidad. No es casual. El objetivo no es movilizar al electorado conservador clásico, sino ampliar la base hacia el centro.