Elecciones Castilla y León

El PSOE absorbe el voto de su izquierda con el «No a la guerra»

Los socialistas ganan dos escaños respecto a hace cuatro años. Y ni Podemos ni Sumar e Izquierda Unida logran representación

Moncloa ha constatado este domingo que una guerra en Irán puede convertirle en el voto útil de la izquierda. El PSOE llevó la contraria a la mayoría de las encuestas y logró, con el 96,35% escrutado, 30 escaños en las Cortes de Castilla y León gracias al 30,82% de los votos –2 más que en 2022, cuando obtuvieron el 30,02% de las papeletas–. Estos comicios han sido los primeros de este ciclo autonómico en los que Ferraz mejora su resultado previo tanto en votos como en escaños. En parte, porque absorbió buena parte de los votantes de su izquierda. Izquierda Unida-Sumar y Podemos, que concurrieron por separado, se quedaron sin representación en la Cámara.

Los socialistas cerraron la campaña electoral el viernes con gritos de «No a la guerra». Incluso el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, impulsor de ese lema que ha desempolvado ahora Moncloa, hizo acto de presencia en su tierra para arengar a la tropa. Y parece haber surtido efecto. El sábado se convocaron manifestaciones contra la intervención de Estados Unidos para caldear el ambiente. El presidente activó el 4 de marzo a la izquierda. Y esta parece haber respondido dando su confianza al PSOE.

El resultado de este domingo dista mucho de ser duro para el PSOE como lo fueron los dos últimos que obtuvo en Extremadura y Aragón, donde directamente se desplomaron. En Extremadura se dejaron diez asientos y, en Aragón, volvieron a su mínimo histórico.

Por eso, en Ferraz se respira hoy cierto alivio. Fuentes socialistas achacan al candidato del PP y presidente autonómico, Alfonso Fernández Mañueco, haber contribuido con su «pésima campaña y gestión» a que el PSOE no se acercara aún más al PP. «Es muy malo», precisan. Pero estas elecciones no hacen otra cosa que evidenciar que el centro derecha es mayoritario y que la izquierda tiene un problema en las urnas.

Con este resultado, el candidato socialista, Carlos Martínez, puede estar relativamente tranquilo y mantener el control del partido. Castilla y León es una federación difícil para el PSOE. No por casualidad, es la comunidad más extensa de España. Y, en ella, conviven dos grandes familias que mandan y se disputan el poder interno: Valladolid y León. Pese a que el aparato de Pedro Sánchez en Ferraz impuso a Martínez tras desbancar a Luis Tudanca, lo cierto es que el resultado de este domingo lo mejora y carga de razones a quienes promovieron su salida de la secretaría general autonómica tras una década al mando de la organización.

Martínez gobernaba Soria desde 2007 con mayorías holgadas. En Ferraz buscaban precisamente un perfil con arraigo territorial, especialmente en una comunidad como Castilla y León, donde el PSOE ha tenido históricamente dificultades para consolidar mayorías a nivel autonómico. En ese contexto, el municipalismo se interpretaba como un valor añadido para tratar de recuperar el vínculo con el electorado rural y con las provincias menos pobladas.

Además, Martínez había cultivado relaciones relativamente transversales con las distintas sensibilidades internas del partido. No estaba identificado con ninguno de los sectores más enfrentados, lo que le otorgaba un perfil integrador. Tampoco representaba un poder territorial capaz de cuestionar a la dirección federal, un factor que Ferraz suele considerar en federaciones políticamente delicadas. El modelo que impulsa Pedro Sánchez pasa, precisamente, por fortalecer liderazgos autonómicos alineados con la estrategia nacional del partido, diseñada en gran medida en el Palacio de la Moncloa.

En verdad, los socialistas no se toman una victoria del PP en Castilla y León como un tirón de orejas, puesto que asumen que se trata de una región conservadora en la que sus opciones son mínimas, como ocurre en la Comunidad de Madrid. De hecho, en ambas se cuenta por décadas el tiempo que llevan fuera del poder. Pero Moncloa sí puede analizar ya el efecto en el voto del conflicto en Oriente Medio.

El núcleo duro del presidente del Gobierno cree haber encontrado en la guerra un elemento polarizador, porque devuelve a los españoles al eje de la guerra de Irak de hace dos décadas –en la que participó España por decisión del Gobierno de José María Aznar–, y movilizador, porque se trata de un asunto que interpela a los votantes de izquierdas en sus más hondas convicciones. Sánchez y su equipo de persuasión en Presidencia están concentrados en la política exterior. El presidente está jugando su baza: la oposición total a Donald Trump.

Esta semana, el jueves y el viernes, se celebra en Bruselas un consejo europeo importante, donde los jefes de Estado y de Gobierno de la UE abordarán los conflictos internacionales que afectan directamente a Europa. Los líderes debatirán la evolución de la guerra en Ucrania y el mantenimiento del apoyo político, financiero y militar a Kiev, así como la situación en Oriente Medio, donde la escalada de tensiones regionales y sus consecuencias para la estabilidad internacional y el suministro energético europeo centrarán parte de las conversaciones.

Sánchez, mientras, ya planea cómo afrontar la cita mientras el Gobierno empezará a tomar medidas, previsiblemente este martes, para paliar los efectos del conflicto en el bolsillo de los españoles. Esa es la partida silenciosa del PSOE: la absorción de su izquierda. Y la pancarta del «No a la guerra» ha provocado ese efecto. Hace tiempo que los socialistas tienen en su patio izquierdo un dolor de cabeza, porque se trata de un espacio político en mutación. Su aliado en Moncloa, Sumar, ya no será Sumar. Y su líder, Yolanda Díaz –vicepresidenta segunda del Gobierno– ha renunciado a seguir al frente. Por eso, el PSOE está ocupando ese espacio político. Cada vez son más referentes de la izquierda los que aplauden la posición del líder socialista.

El entorno del presidente admite que el Gobierno es un gabinete netamente de izquierdas y debe, por tanto, ser coherente. Sánchez sabe que la izquierda se desmoviliza con facilidad si ve una traición en los suyos. En Moncloa leen el pulso con Trump como una ocasión para reforzar su posición en la política interna. Los analistas demoscópicos del presidente llevan tiempo detectando un rechazo amplio en la sociedad española hacia el líder estadounidense y su forma de ejercer el poder, y el Ejecutivo ha optado por capitalizar ese sentimiento.

Por eso, el Gobierno se ha situado entre los pocos de Occidente que mantienen un discurso abiertamente crítico con Washington, en un momento en el que la relación personal y política entre Pedro Sánchez y Trump atraviesa uno de sus periodos más tensos. Los gurús demoscópicos han diagnosticado a Sánchez el problema del PSOE para revalidar el Gobierno: una bolsa de votantes de izquierda que está desmovilizada. Y así lo reconoció el líder socialista en la India, donde dio una de las pocas ruedas de prensa que ha concedido en lo que va de año.

En verdad, en Moncloa son conscientes de que este ciclo, que culmina con las elecciones andaluzas en menos de tres meses, puede ser definitorio. Cada vez hay más voces que apuntan a la posibilidad de que Sánchez haga coincidir los comicios en Andalucía con las generales. La guerra en Irán es, en cierta medida, un aliciente para el presidente. Si se convence de que solo necesita gritar «No» muy fuerte, puede apretar el botón.