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Res non verba

Ya veremos qué pasa

El presidente capea corrupciones, saunas y accidentes mientras cruza los dedos para que las derechas se enreden en sus cuitas. De Feijóo y Abascal depende

El líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, ayer en el Congreso de los Diputados Alberto R. RoldánPHOTOGRAPHERS

Volvió el presidente del Gobierno al Congreso de los Diputados 63 días después como los que retoman la rutina del gimnasio tras un largo parón. La mayor trampa que puedes hacerte, además de procrastinar entre serie y serie, es saltarte la sesión de piernas. Podrás presumir de tren superior y ponerte pantalón largo para disimular tus piernecillas enclenques, pero tarde o temprano llegará el verano y las calzonas cortas delatarán tu pereza. A Sánchez las calzonas le estaban esperando en forma de jardazos electorales y desgracias ferroviarias, asuntos que ha estado esquivando con el chándal de TikTok y las pantomimas internacionales. Así las cosas, el azote de la tecnocasta, el mayor prescriptor literario que jamás vieron los siglos, no tuvo más remedio que abordar por fin el accidente de Adamuz. Desplegó Sánchez una exposición preñada de datos para concluir que a lo mejor es verdad que el desastre se originó en una soldadura, aunque descartó que todo se debiera a la falta de mantenimiento, por más que ahora haya encontrado 1.800 millones entre los cojines del sofá para mejorar precisamente el mantenimiento. Su oxidado sentido de la autocrítica sólo le permitió sembrar la sospecha sobre la necesidad de mejorar los protocolos. Para Sánchez, si Adif no vio la fractura a tiempo, es porque hacen falta más revisiones de las que marca el protocolo, pero el protocolo, según él, se cumplió. Traducido: a mí que me registren.

En ese relato exculpatorio que trazó el presidente no hubo ni rastro de la corrupción. Ni media palabra sobre la trama enquistada en Transportes, las presuntas adjudicaciones irregulares o la empresa que participó en la renovación del tramo de Adamuz y que, curiosamente, pagaba a Koldo, el vigilante de bar de luces metido a asesor de Renfe. Atesora Sánchez una capacidad tan proverbial para sumergirse en su propio relato que tampoco tuvo problemas en mostrar su respeto a los maquinistas cuyos avisos fueron minimizados y a las víctimas a cuyo funeral no acudió.

La falta de autocrítica encorajinó al líder de la oposición. Núñez Feijóo denunció que el accidente era previsible a tenor de las incidencias previas y que el gobierno ha jugado a la ruleta rusa con nuestra seguridad. El presidente del PP llamó mentiroso a Sánchez y pronosticó que el ejecutivo acabará en los tribunales, no sin antes repetir una suerte parlamentaria a la que se está aficionando: el repaso irónico a todo el Frankenstein, incluido el recochineo dirigido a Yolanda Díaz por estar tratando de refundar la refundación de lo que ya fue refundado a la izquierda de la izquierda.

Llegó entonces el turno de Santiago Abascal, que colocó tres banderillas en menos que canta un gallo: Soros, regularización de inmigrantes y Gabriel Rufián. La mano globalista que acaricia un gato mientras maneja a Sánchez, el miedo al reemplazo demográfico y el regocijo por ver al charnego separatista reconvertido en Pancho Villa del Frente Popular, de Cadaqués a Algeciras. Tanta guasa hubo con él, que Rufián hizo más que nunca lo que mejor se le da últimamente: actuar como el diputado 122 del grupo socialista. El portavoz de ERC pegó con tanta saña al PP y defendió con tanto ardor a Óscar Puente, que hasta el ministro pareció abrumado por momentos, como diciendo «Rufi, con menos cariño también se pasa el día». Pero Rufi estaba desatado y nos contó que ser chungo está de moda y que los Rodalies son una mierda. En la era de la política espectáculo no eres nadie si no sueltas palabrotas o parafraseas a Bad Bunny, como hicieron Bad Patxi y Worse Pedro. El caso es que el pleno demostró que Sánchez sigue teniendo a buena parte de sus socios comiendo de la mano. Sumar se atrevió a dar un pellizquito a cuenta del alquiler, pero se nota que ha captado el toque de atención siciliano que le dio Sánchez para que no critique tanto al gobierno que le da de comer. El PNV es el socio menos entusiasta, pero no da señales de querer ejercer, de momento, como el kingmaker de la política española. Y fuera del redil continúan los muchachos de Puigdemont y Podemos, pero su carita de asco tampoco se va a sustanciar en una caída de Sánchez.

Esa evidencia permitió al yerno de Sabiniano utilizar su réplica para soltarse la melena. Del tono compungido por Adamuz a la pose indignada con la que acusó a PP y Vox de difundir bulos. Todo su afán es convencernos de que el PSOE será lo que sea, pero que la derecha sería peor gestionando cualquier catástrofe. Hubo algo en lo que ayer coincidieron Feijóo y Abascal: Sánchez no dará verdaderas explicaciones sobre Adamuz, como no las dará del apagón eléctrico. De lo que no dijo ni Pamplona fue de las derrotas en Extremadura y Aragón. Esa es la sesión de piernas que Sánchez se sigue saltando. Sólo mencionó las próximas citas electorales para sentenciar que «ya veremos qué pasa». El presidente capea corrupciones, saunas y accidentes mientras cruza los dedos para que las derechas se enreden en sus cuitas. De Feijóo y Abascal depende.