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Vox paga el precio de su bloqueo al PP y no cumple las expectativas en Castilla y León
Los sondeos apuntaban, casi de manera unánime, que llegaría al 20% del voto. Al final, ha mejorado menos de dos puntos.

Las expectativas son una cosa muy peligrosa en política. Especialmente cuando no se cumplen, porque son capaces de reconvertir una tímida victoria en una derrota sin paliativos. Si no, que le pregunten a Vox y a su candidato en Castilla y León, Carlos Pollán. La formación liderada por Santiago Abascal a nivel nacional ha obtenido en las elecciones de este domingo el 18,92% de los votos y 14 procuradores para las Cortes, al cierre de esta edición.
Ese resultado implica un aumento de menos de dos puntos porcentuales y un escaño con respecto a las elecciones de 2022. Es una mejoría, sí, pero es mucho menor de la esperada y ese tímido crecimiento amarga de manera generalizada los ánimos en Bambú, la calle de Madrid en la que se ubica la sede.
Porque Vox estaba llamado a protagonizar una gran gesta ayer en Castilla y León. Los trackings internos de algunos partidos estimaban que podría llegar a obtener en torno al 25% del voto y muchas de las encuestas publicadas en los medios de comunicación reflejaron que superaría la barrera del 20%. De haber sucedido, habría sido todo un hito, porque habría sido la primera vez que la formación obtiene un resultado tan alto en unos comicios y se habría interpretado como un aviso de lo que vendrá en el futuro, ya que muchas encuestas sobre elecciones generales también le están otorgando una estimación del voto por encima del 20%. Pero, al final, no ha sido así.
Los resultados obtenidos este domingo apuntan a que Abascal y los suyos se han equivocado en la estrategia que han estado manteniendo en las últimas semanas en cuanto a su relación con el PP. Pero también señalan que han acabado pagando el precio de una crisis interna sin precedentes, en la que la cúpula se está enfrentando a perfiles que tuvieron mucho peso en el partido. Estos dos asuntos han protagonizado la campaña electoral y, al final, han jugado en su contra.
Tras las elecciones de Extremadura y Aragón, en las que vencieron los populares pero sin mayorías suficientes como para lograr investiduras, Vox ha estado manteniendo una actitud de mano dura, poco interés por negociar y cero concesiones, bloqueando dichas investiduras. Se entiende que, con esta estrategia, desde Bambú pretendían dibujarse como un partido que no es satélite del PP y que no estaba dispuesto a traicionar sus más férreas convicciones.
El punto álgido de este planteamiento se vivió el pasado 6 de marzo, cuando Vox tumbó la investidura de la extremeña María Guardiola. A partir de ese momento, muchos trackings internos de los partidos detectaron que la intención de voto de la formación comenzaba a descender. Al margen de la capacidad que haya tenido el PP para movilizar a sus votantes, los ciudadanos no suelen premiar en las urnas a aquellos que consideran culpables de un bloqueo, tal y como se vio en 2019 cuando Ciudadanos provocó una repetición electoral en generales que acabó empujando al partido a su propia defunción.
Ahora que las elecciones en Castilla y León se han despejado, el PP y Vox entrarán en una nueva etapa de negociaciones en la que se espera que sí se vean algunas investiduras. Que Vox acabe facilitando presidencias del PP en Extremadura, Aragón y, ahora, en Castilla y León es la única forma de evitar repeticiones electorales en esos territorios, algo que sería muy peligroso para los de Abascal si llega a suceder.
Tampoco ha ayudado este domingo la grave crisis interna que vive el partido. El máximo exponente es la expulsión de Javier Ortega Smith, fundador de Vox junto a Santiago Abascal y su mano derecha durante muchos años, que se ha negado a dejar todos los cargos de los que el partido le quería despojar. Aunque todavía no se ha confirmado dicha expulsión, el que fuera secretario general del partido ha anunciado su intención de aferrarse al escaño que tiene en el Congreso de los Diputados, lo que provocará que pase al Grupo Mixto.
Pero Ortega Smith no es el único que está en lucha con la cúpula. También lo está José Ángel Antelo, que había sido líder de Vox en Murcia y al que también le han quitado todos sus cargos, y están apareciendo otros perfiles que ya se daban por amortizados como Iván Espinosa de los Monteros y Juan García-Gallardo, este último vicepresidente de Castilla y León con Vox, el primero del partido en obtener un cargo en un Gobierno. En líneas generales, todos acusan a Abascal de instaurar en el partido una especie de régimen dictatorial, mientras que la dirección de Vox se defiende asegurando que todo ello son injerencias externas. Es decir, acusa al PP de estar intentando debilitarles.
A pesar de que no se cumplieron las expectativas, el candidato de Vox, Carlos Pollán, ha celebrado haber roto el techo de voto al partido. Ha recordado que es "el mejor resultado" de la formación "hasta ahora en todas las elecciones que hemos tenido". También ha dicho que su partido "va a influir de una manera determinante en las políticas que se apliquen" en Castilla y León a partir de este domingo y aseguró, en un mensaje claro a Mañueco, que hará "valer cada uno de los votos" que Vox ha recibido.