Entrevista
La aventura marítima más extrema de Miguel Ángel Tobías: "Caerte del barco era una sentencia de muerte"
El productor de cine refleja en su documental “Cáscara de nuez” una travesía insólita en velero entre Canarias y América

Ha sido su aventura más extrema, un reto peligroso con final feliz. Miguel Ángel Tobías refleja en su documental “Cáscara de nuez” una travesía insólita en velero entre Canarias y América. Y así nos lo explica: “Me levanté una mañana y decidí que tres meses más tarde atravesaría el Atlántico en un velero. Llamé a un capitán al que conocí hace dos décadas y al que le dije que un día lo haría. Me cogió el teléfono 20 años después y, al decírselo, me dijo que se unía al proyecto. Él se puso a buscar un velero para alquilar. Yo me planteé que, desde ese día y durante los siguientes dos meses, invitaría a que se unieran al reto otras diez personas que mi corazón sintiera que tenían que estar en esta aventura. No hubo casting. Ninguno tenía nociones de navegación. Acabaron subiéndose conmigo al barco las primeras y únicas personas a las que se lo dije. Y esto creó una tripulación que no se conocía entre sí, de entre 17 y 80 años, con trayectorias vitales muy diferentes y de distintos puntos geográficos. Y tres meses después zarpamos de Canarias, navegando durante un mes hasta América”.
— ¿Qué significado tenemos que darle a “Cáscara de nuez”?
— Se refiere a que nos embarcamos en un pequeño velero y, también, a que detrás de la cáscara que nos envuelve a las personas existe una fragilidad. Fueron treinta y dos días de pura tensión, sin internet, móviles, radio… tan solo un teléfono vía satélite por si ocurría alguna desgracia. Pero sirve de muy poco, porque fue una travesía de tres mil setenta millas en la que en dos mil quinientas estás absolutamente solo. El peligro fue permanente. Cualquier problema, como un infarto, implica que te quedas muerto; si sufres infecciones de cualquier tipo, no las puedes atajar; caerte al agua en medio del océano es una sentencia de muerte. La estadística es que, si caes durante el día, hay un ochenta por ciento de posibilidades de desaparecer, y el cien por cien si es de noche.
— ¿Alguno de los tripulantes se vino abajo mentalmente?
— Hubo de todo, sucedieron muchos episodios problemáticos. Incluso un accidente casi mortal.

— ¿Qué ocurrió?
— Le golpeó en la cabeza a un tripulante una barra de treinta metros que sostiene una de las velas. No sabemos cómo se desprendió y le cayó encima. Fue tremendo. Menos mal que no tuvo gravísimas consecuencias. Y, luego, todos hemos hecho el viaje con mareos, con el sentimiento de no poder soportar seguir ahí. Además, estar treinta y dos días sin conexión ha sido un experimento brutal. Ha sido una desconexión absoluta. El sentimiento de aislamiento ha hecho que todos hagamos un trabajo de introspección muy potente. Todos llegamos a América con decisiones de cambio de vida tomadas. Es una transformación a todos los niveles. Subimos al barco sin saber navegar y llegamos a América con una serie de conocimientos náuticos muy positivos.
— ¿Y qué habría pasado de morir alguien?
— Hubiéramos tenido que lanzarlo por la borda, porque no se puede llevar un cadáver en un velero.