D.E.P.
Fallece Gemma Cuervo: tres hijos, un gran amor y una lección de elegancia antes de marcharse
Para la actriz, que ha muerto este sábado a los 91 años, el teatro fue un oficio, pero también el lugar donde encontró el amor, formó una familia y construyó una vida entera dedicada a la interpretación

Este sábado se nos ha ido una de las grandes damas del teatro español. Una voz firme y una forma ilimitada de entender la interpretación. Pertenecía a una generación de actores para quienes el escenario era casi una forma de vida. La muerte de Gemma Cuervo, a los 91 años, cierra una trayectoria de más de seis décadas en la que convivieron el rigor del teatro clásico, la popularidad de la televisión y una vida personal ligada al arte dramático.

Hace apenas unos días, la actriz compartía en sus redes sociales la que, sin saberlo, sería una de sus últimas reflexiones públicas. En ella recordaba el camino recorrido como mujer en una profesión que durante mucho tiempo estuvo dominada por hombres: “Me tocó caminar en un mundo de corbatas. Un mundo serio, rígido, a veces gris. Pero poco a poco el pintalabios fue ganando respeto”.
La reflexión concluía con una afirmación conciliadora, muy en sintonía con su carácter: “Al final, todos nos necesitamos. La mujer necesita al hombre y el hombre a la mujer. Y también necesitamos a quien ama distinto, a quien siente distinto, a quien mira el mundo desde otro lugar. Juntos somos mejores, más completos, más humanos”. Aquellas palabras, escritas con serenidad, resumen bien la personalidad de una actriz que jamás perdió la elegancia ni la cercanía.
Una vocación nacida en la posguerra
Nació en Barcelona el 22 de julio de 1934 y creció en una España de posguerra. Su vocación artística apareció muy pronto, aunque en un principio su camino parecía tomar un rumbo diferente. Llegó a estudiar Peritaje Mercantil antes de tomar la decisión de dedicarse por completo a la interpretación.
El punto de inflexión llegó en el Teatro Español Universitario de Barcelona, un espacio fundamental en la formación de muchos actores de su generación. Allí participó en sus primeras representaciones y descubrió que el escenario sería su destino.

El debut profesional se produjo en 1956 con la obra Harvey, dirigida por Adolfo Marsillach. A partir de ese momento comenzó una carrera que no se detendría durante más de sesenta años.
El gran amor de su vida
En el teatro, además de una carrera, Gemma Cuervo encontró también el gran amor de su vida. Allí conoció al actor Fernando Guillén, con quien iniciaría una de las historias sentimentales más sólidas del panorama artístico español.

Se casaron en 1960 y su unión se prolongó durante más de medio siglo. No solo compartieron vida personal: también fueron socios profesionales. En 1969 fundaron su propia compañía teatral, con la que representaron textos de autores tan exigentes como Albert Camus, Jean Paul Sartre o Edward Albee.
Aquella aventura artística fue también una aventura vital. Durante años recorrieron España llevando el teatro de ciudad en ciudad. Los ensayos, las funciones y las giras formaban parte de la vida cotidiana de una pareja que muchos compañeros describían como uno de los matrimonios más sólidos del espectáculo.
Del matrimonio nacieron sus hijos Natalia, Fernando y Cayetana. Los dos últimos heredaron la vena interpretativa de sus padres. Fernando desarrolló una carrera como actor, director y productor en cine y televisión, mientras que Cayetana se convirtió en una figura muy conocida de la cultura española, tanto por su trabajo como actriz como por su labor como presentadora del programa Versión Española.
Durante años, la familia vivió vinculada al mundo del espectáculo. Los hijos crecieron entre ensayos, camerinos y estrenos. Aquella convivencia con el teatro marcó su infancia y reforzó un vínculo familiar que siempre fue uno de los grandes orgullos de la actriz. En sus entrevistas, Gemma solía repetir que el mayor logro de su vida no era su carrera, sino haber construido una familia unida.

Quienes trabajaron con ella coinciden en destacar su personalidad abierta y generosa. Era una actriz disciplinada y rigurosa con el trabajo, pero también cercana y llena de humor. Ese sentido de la ironía quedó reflejado en muchos de sus papeles televisivos, donde combinaba naturalidad y ternura. Fuera del escenario se mostraba cálida, capaz de reírse de sí misma y siempre agradecida con el público.
También fue una firme defensora de la dignidad del oficio. En numerosas ocasiones reclamó respeto para los actores y para el teatro, al que consideraba una pieza fundamental de la cultura.
Aunque su carrera teatral fue inmensa, el gran público terminó conociéndola sobre todo a través de la televisión. Participó en espacios históricos como Estudio 1 y más tarde en series muy populares como Médico de familia. Sin embargo, su gran explosión de popularidad llegó en 2003 con Aquí no hay quien viva. En aquella comedia interpretó a Vicenta Benito, una mujer ingenua, despistada y entrañable que formaba parte del inolvidable trío de “Radio Patio” junto a Mariví Bilbao y Emma Penella. Más tarde participó brevemente en La que se avecina, donde interpretó a Mari Tere. Sin embargo, su presencia en la serie fue corta. Tras la muerte de algunas de sus compañeras decidió apartarse del proyecto.

El golpe más duro
La vida personal de la actriz también conoció momentos difíciles. El más doloroso llegó en 2013 con la muerte de su marido, Fernando Guillén. Después de más de cincuenta años juntos, la pérdida marcó un antes y un después. Era el final de un matrimonio largo y feliz, pero también la pérdida de su compañero de escenario, de su socio artístico y de su compañero de vida.
El duelo fue devastador. Decía que la ausencia se hacía sentir incluso en pequeños gestos cotidianos, como comentar una obra o ver una película. Con el tiempo, encontró refugio en su familia, especialmente en sus nietos y sus hijos Cayetana y Fernando. La relación entre ellos se fortaleció todavía más.
Aunque en estos últimos años había ido reduciendo poco a poco su actividad profesional, todavía participaba en algunos actos culturales. La edad no apagó su vitalidad y su orgullo por ayudar a construir una tradición artística que hoy continúan sus hijos. Quizá por eso sus últimas palabras públicas suenan ahora casi como una despedida involuntaria. Una reflexión serena sobre la convivencia, el respeto y la necesidad de mirarnos unos a otros para comprendernos mejor. Un mensaje sencillo y humano, muy acorde con la mujer que fue. Una gran dama del teatro que antes de marcharse dejó una lección de elegancia.