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Julio Iglesias y el amor como territorio: las mujeres que marcaron la vida del cantante
Icono global, seductor impenitente y cronista sentimental de varias generaciones, el artista madrileño ha vivido el amor como un escenario más: apasionado y, a veces, excesivo

Julio Iglesias cumple 82 años convertido en una figura que trasciende la música para instalarse en el imaginario colectivo. Cantante de récords -es el único español con un Disco de Diamante- y protagonista de una leyenda sentimental tan comentada como su carrera artística, su biografía amorosa ha sido, durante décadas, parte esencial del personaje. "Necesito a las mujeres", confesó sin rodeos hace años. Y no era una pose: era una declaración de principios.
Se habló -y se sigue hablando- de cifras imposibles: más de 3.000 mujeres, según un estudio publicado en 2006. Julio nunca lo confirmó ni lo desmintió. Sonreía. Como si entendiera que el mito también se alimenta de silencio. Truhán y señor, con un magnetismo más sugerido que impuesto, su atractivo no residía solo en la voz o el físico cuidadosamente construido, sino en una mezcla de vulnerabilidad, éxito y disponibilidad emocional que muchas confundieron con promesa.

Su primera gran historia fue Gwendolyne Bolloré, musa juvenil y protagonista de una de sus canciones más emblemáticas. Bella, aristocrática y casi irreal, representó el amor previo a la fama absoluta. Después llegó Isabel Preysler, probablemente el nombre más decisivo de su vida. Con ella formó una familia y un relato: tres hijos, una boda en pleno ascenso internacional y una separación marcada por infidelidades y ausencias. Isabel fue, para muchos, el gran amor que no supo -o no quiso- retener.

A partir de ahí, el relato se fragmenta en nombres, épocas y portadas. Edite Santos y la herida abierta de un hijo no reconocido. Virginia Sipl, instalada en Indian Creek mientras él ya vivía en tránsito permanente.

Sydne Rome, que rechazó un matrimonio que no garantizaba exclusividad. Priscilla Presley, discreta y elegante, orbitando el mito sin querer habitarlo. Vaitiare, juventud extrema y un testimonio posterior que empañó el cuento. Jehan Sadat, hija de un presidente, convertida en imagen diplomática del romance pop. Giannina Facio, que lo abandonó por Miguel Bosé en una escena casi cinematográfica.

Yolanda Hadid, que eligió el proyecto de familia frente al vértigo eterno del artista.
Todas distintas. Todas bellísimas. Todas, de algún modo, pasajeras.
Hasta que apareció Miranda Rijnsburger. En 1990, en un aeropuerto de Yakarta, Julio conoció a una joven holandesa 23 años menor que él. Discreta, ajena al ruido y sin ambiciones de protagonismo, Miranda representó lo contrario a lo que había sido su vida hasta entonces. Con ella tuvo cinco hijos y una estabilidad que pocos habrían pronosticado. Más de tres décadas después, su relación se mantiene como una de las más sólidas del star-system internacional.
Quizá Julio necesitó recorrer todos los excesos para comprender el valor de la calma. O tal vez el amor, como la música, solo encuentra su tono definitivo cuando deja de competir consigo mismo.
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