María Dolores Pradera: «Mis memorias serían aburridas»

Me da las gracias cuando le digo que si tuviera que definirla con una sola palabra elegiría elegancia, y no por cómo se viste. «Sí, está bien ser elegante –añade–, creo que la elegancia es cosa del alma; no se ve de lejos, dijo alguien». La frase que más ha repetido en la entrevista es «no lo recuerdo», porque María Dolores también posee la elegancia de no recordar lo que no quiere, o sea, que de vez en cuando se olvida de su buena memoria y le hace fintas al pasado, se regatea a sí misma y sonríe.

–Actriz con éxito de cine y teatro. ¿Por qué decidió ponerse a cantar?

–No lo recuerdo exactamente. Nunca me he marcado metas o etapas, siempre me he dejado llevar por lo que venía: que tocaba Bernard Shaw, pues hacía «Cándida»; que tocaba «La flor de la canela», pues a cantar. Creo que empecé allá por el 61 en un club de la Castellana, Alazán.

–«Alazán, encanto y belleza», se anunciaba. Había chicas de alterne...

–Eso fue después. Yo, de alternar, sólo he alternado canciones.

No le molesta que la llamen cada día «la gran dama de la canción», «lo agradezco, pero no me derrite; ya sólo me derrite el calor del verano». Estuvo casada con Fernando Fernán Gómez del 47 al 59. No recuerda por qué se separaron: «Le admiraba mucho, le quería mucho; sólo estoy segura de que no fui a por tabaco y desaparecí; sí recuerdo que fue de muy buenas maneras». Nunca tuvo malas palabras para él, nunca habla mal de nadie.

–Siempre hermética en lo que toca a su intimidad...

–¿A quién le importa? Además, en ese aspecto no hay nada interesante en mi vida, no hay misterios ni secretos. Algunos editores quieren mis memorias; no saben lo aburrida que puedo ser. No me ha pasado nada tan excitante como para apasionar a los lectores.

–Alaban su elegancia. Etimológicamente elegante significa «el que sabe elegir»...

–Pues a lo mejor yo elijo regular. ¿Se puede elegir? He estado dos años muy mala, y eso no se elige.

–«El rosario de mi madre». ¿Es verdad que vio a su madre sentada a los pies de su cama después de muerta?

–Pudo ser un sueño, o un deseo materializado, o un espejismo, o vaya usted a saber qué. El caso es que mi hermano también la vio. Mi madre no dijo nada, pero yo grité del susto.

–¿Cree en el Más Allá?

–Creo que algo hay. Es ilógico nacer, vivir y morir, sin más. Si todo esto no es para algo, la vida sería un sinsentido mayor de lo que ya es. ¿El sentido de la vida? Cuando a uno le va bien, tiene sentido; cuando a uno le va mal, no.

–Me dijo una vez que a lo mejor hay un Dios sin infiernos...

–Lo del infierno se ha dicho para que los niños sean buenos. No está bien que después de que te incineren te vuelvan a incinerar.

–¿Teme a la muerte?

–Le tengo mucho miedo a la muerte; le tengo mucho miedo a todo lo que desconozco; incluso tengo miedo a los que no conozco.

José Alfredo Jiménez, al que tanto canta, hizo poner sobre su lápida: «La vida no vale nada». Ella lo sabe. Me dice que además es una canción y entona un trocito: «La vida no vale nada/ se empieza siempre llorando/ y así llorando se acaba...». Ahora presenta su nuevo disco, «Gracias a vosotros 2», en el que canta a dúo con Baute, Bunbury, Sole Giménez, Manzanero, José Mercé, Estrella Morente, Amaya Uranga, Dani Martín...

–¿A quién de ellos le pediría dinero en un apuro?

–A ninguno. No me atrevería. Preferiría disfrazarme de pobre y pedir en el metro.

Del pasado le gustaría borrar la guerra que vivió de niña: «Recogía leña de las ruinas para calentarnos». Está organizando su nuevo grupo musical para seguir actuando: «Ya me falta muy poco para estar bien del todo». Tiene días en los que le gustaría ser inmortal: «Pero cuando me duele algo, no». Es casi feliz. Lee, ve poco la tele, escucha mucho la radio, come una miaja y bebe sólo un dedo de tinto: «Un dedo horizontal, ¿eh?». Dejó de fumar sus tres cajetillas diarias: «Lo dejé cuando me llegaron los nietos, no quería ahumarlos, porque yo fumaba echando mucho humo».

–No sé cómo ve su futuro...

–Cortito, ja, ja, ja. Bueno, espero que no. No me preocupan las cosas que pueda tener pendientes. No queda tiempo.

Envejece con resignación. No esperaba ser longeva: «Por favor, no pongas la edad, que sufro al ver lo poco que me queda». Casi no se mira al espejo, aunque no se ve maltratada por la vida: «Sonrío, aún sonrío».