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Crisis en Cuba

Trump mantiene el pulso a una Cuba a oscuras

Avisa que EE UU mantendrá el bloqueo petrolero mientras Díaz-Canel esté en el poder tras decir que «sería un honor» tomar la isla

Vida diaria en La Habana Ernesto MastrascusaEFE

La isla quedó en silencio antes que en sombras. Primero se apagaron los ventiladores, luego los refrigeradores, después la luz. En cuestión de horas, Cuba entera se sumió en un apagón total, el más severo en años. En La Habana, familias improvisaban cenas a la luz de linternas; en Santiago, hospitales activaban generadores de emergencia; en barrios enteros, el calor y la incertidumbre se mezclaban con una pregunta inevitable: ¿hasta dónde llegará esta crisis actual de la isla?

Desde Washington, la respuesta parecía tener nombre propio. «El honor de tomar Cuba», dijo el presidente Donald Trump el lunes, con una mezcla de provocación y determinación que resonó de inmediato en la política internacional. «Podría hacer cualquier cosa que quiera con Cuba», añadió ante un grupo de periodistas en la Casa Blanca, mientras la isla enfrentaba las terribles consecuencias de un bloqueo petrolero que ha dejado al país prácticamente sin la energía necesaria.

La frase no fue un desliz. Fue una declaración de intenciones. Durante semanas, la Administración estadounidense ha intensificado la presión sobre La Habana. Tras la caída del Gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela –principal proveedor de petróleo de Cuba–, Washington cerró el grifo energético que sostenía, a duras penas, la envejecida red eléctrica cubana. A eso se sumó una advertencia por parte del inquilino de la Casa Blanca: cualquier país que intente vender petróleo a la isla podría enfrentar sanciones.

El resultado ha sido devastador. Sin combustible suficiente, las plantas termoeléctricas colapsaron, dejando a millones de personas sin electricidad. La crisis energética, latente desde hace ya años, se convirtió en una emergencia nacional. Sin embargo, en los pasillos del poder en Washington, el apagón parece ser visto como una oportunidad.

Según reveló «The New York Times», funcionarios estadounidenses han planteado a negociadores cubanos una condición clara para avanzar en cualquier acuerdo: la salida del presidente Miguel Díaz-Canel. No se trataría de desmontar el sistema político existente en la isla –controlado por el Partido Comunista desde hace casi siete décadas–, sino de remover a su principal figura visible.

Por su parte Díaz-Canel, de 65 años, heredero político de Fidel y Raúl Castro, respondió con cautela. Insistió en que cualquier diálogo con EE UU debe basarse en «igualdad, respeto a los sistemas políticos, soberanía y autodeterminación». Dicho con otras palabras: debe ser un diálogo llevado a cabo sin condiciones.

Pero el margen de maniobra de La Habana es cada vez más estrecho. En las calles, la crisis se siente con crudeza. La falta de electricidad no solo afecta la vida cotidiana; golpea la producción, paraliza los servicios y exacerba una inflación que ya se presentaba desbordada. En un país donde la escasez es rutina, el apagón total se convierte en un símbolo de fragilidad. Washington lo sabe. Y actúa en consecuencia. El secretario de Estado de EE UU, Marco Rubio –hijo de inmigrantes cubanos y uno de los políticos más duros frente al régimen– ha defendido durante años la idea de un cambio de gobierno en la isla de Cuba. Donald Trump, por su parte, ha oscilado entre hablar de una «toma amistosa» y advertir de que quizás no lo sea tanto. «Puede que no sea una toma amistosa», reconoció recientemente.

El contexto internacional añade otra capa de tensión. Rusia, histórico aliado de Cuba, reaccionó con rapidez. Sin mencionar directamente a Trump, el Ministerio de Relaciones Exteriores expresó su «profunda preocupación» por lo que calificó como intentos de injerencia en un Estado soberano. Moscú reafirmó su «solidaridad inquebrantable» con La Habana y prometió apoyo financiero y material. No es un gesto menor. Cuba fue durante décadas un pilar de la influencia soviética en el hemisferio occidental. Hoy, aunque la relación es menos intensa que en tiempos de la Guerra Fría, sigue siendo estratégica. Y en un momento en que Washington también mantiene tensiones con Rusia por otros frentes, la isla vuelve a convertirse en un tablero geopolítico. Mientras tanto, la Administración Trump parece operar bajo una lógica de presión máxima. Tras involucrarse en el conflicto con Irán junto a Israel y haber contribuido al derrocamiento de Maduro, el presidente ha dejado entrever que Cuba podría ser «el siguiente capítulo». Una secuencia que preocupa incluso dentro de EE UU.

Analistas advierten de que una escalada en Cuba podría generar inestabilidad regional, nuevas olas migratorias y un choque diplomático con actores como Rusia.