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Ártico

Groenlandia: la llave que decide el dominio del Atlántico Norte y la soledad geopolítica de Europa

Rusia, China y Estados Unidos compiten por el control de la isla más grande, que el deshielo convertirá en una frontera estratégica

VÍDEO: Trump dice que EEUU hará "algo" con Groenlandia: "Si no lo hacemos por las buenas, lo haremos por las malas" EUROPAPRESS

"La geografía es destino". La máxima, atribuida a Napoleón y refinada por los padres de la geopolítica, nunca ha sido tan vigente como al observar el mapa del Ártico. Durante siglos, el Polo Norte fue una barrera infranqueable, un desierto helado que congelaba las ambiciones imperiales. Hoy, el cambio climático ha transformado esa barrera en un teatro de operaciones.

Groenlandia ha dejado de ser un gigante inerte en los márgenes de los mapamundis para convertirse en la pieza central —el fulcro— del tablero estratégico global. En esta isla inmensa y escasamente poblada colisionan las necesidades existenciales de Rusia, la voracidad comercial de China, el retorno del poder duro estadounidense y el desconcierto de una Europa que, atrapada en su laberinto burocrático, sigue resistiéndose a comprender la gramática del poder.

La “prisión geográfica” de Rusia y el escape ártico

Para entender la obsesión de Moscú con el Ártico hay que comprender primero su claustrofobia estratégica. Rusia es el país más extenso de la Tierra, pero geopolíticamente se comporta como una potencia asediada. Como señaló el historiador naval Alfred Thayer Mahan, una potencia continental sin acceso irrestricto al océano mundial nunca podrá desafiar la hegemonía global. El Kremlin dispone de cuatro grandes proyecciones navales, y la geografía —reforzada por la arquitectura de seguridad de la OTAN— ha convertido tres de ellas en trampas mortales.

La Flota del Báltico, con sede en Kaliningrado y San Petersburgo, afronta una situación crítica. Tras la adhesión de Finlandia y Suecia a la Alianza Atlántica, el Báltico se ha transformado en un lago de la OTAN: nueve de los diez estados ribereños son miembros de la Alianza.. Para alcanzar el Atlántico, los buques rusos deben cruzar los estrechos daneses, pasillos angostos fáciles de minar o bloquear.

La Flota del Mar Negro, aunque proyecta poder sobre Ucrania y Siria, vive encerrada. Su única salida al Mediterráneo depende de la Convención de Montreux y de Turquía, guardiana del Bósforo y los Dardanelos. En un conflicto a gran escala, Ankara tiene la llave para cerrar el cerrojo.

En el Extremo Oriente, la Flota del Pacífico se enfrenta al primer arco de islas. Japón controla los estrechos de La Pérouse y Tsushima, mientras las bases estadounidenses en Okinawa y Guam vigilan cualquier movimiento hacia aguas abiertas.

Es aquí donde el Ártico deja de ser opción para convertirse en necesidad vital. La Flota del Norte, con base en la península de Kola, es la única fuerza naval rusa con acceso directo a alta mar. Pero incluso esta salida tiene un cuello de botella: el GIUK Gap, el pasillo marítimo entre Groenlandia, Islandia y el Reino Unido. Para la doctrina militar rusa, Groenlandia no es hielo: es la pared occidental de su bastión estratégico.

Si la OTAN controla la isla y refuerza Islandia, los submarinos nucleares rusos quedan embotellados antes de poder amenazar la costa este estadounidense. La modernización de la Flota del Norte y el despliegue de submarinos clase Borei y misiles hipersónicos Zircon persiguen un objetivo claro: mantener abierta la puerta ártica.

La Ruta de la Seda Polar y la tentación del Dragón

Si para Rusia el Ártico es seguridad, para China es economía y diversificación. Pekín, autodefinido en su Libro Blanco de 2018 como “Estado casi ártico”, mira al norte con una calculadora en la mano. El deshielo polar promete abrir rutas marítimas que reducirían la distancia entre Shanghái y Róterdam en casi un 30% respecto al trayecto por el Canal de Suez.

Pero hay un factor estratégico aún más determinante: el dilema de Malaca. La economía china depende del más del 80% de sus importaciones energéticas que cruzan ese estrecho, un punto de estrangulamiento vulnerable al bloqueo de la Armada estadounidense o de sus aliados en la región. La Ruta de la Seda Polar ofrecería a China una arteria comercial inmune a la interferencia norteamericana en el Índico.

Groenlandia es esencial en esta ecuación por dos razones. Primera, su posición logística: es la escala natural para cualquier buque que transite del Ártico al Atlántico Norte. Segunda, sus recursos: el yacimiento de Kvanefjeld, en el sur de la isla, alberga uno de los mayores depósitos sin explotar de tierras raras y uranio del mundo. China, que controla actualmente más del 80% de la producción y cerca del 95% del procesamiento mundial de estos minerales críticos para la tecnología verde y militar, ha intentado repetidamente adquirir participaciones en estos proyectos.

La estrategia de Pekín ha sido sutil: ofrecer infraestructuras al movimiento separatista groenlandés ávido de independencia económica respecto a Dinamarca. Una Groenlandia independiente, pero económicamente inviable sería presa fácil de la manipulación y control estratégico ruso y de la diplomacia de la deuda china, convirtiéndose en satélite geoestratégico de Moscú y comercial de Pekín a las puertas de América del Norte.

Pituffik: el trauma radiactivo y el escudo de los EE UU

Para Estados Unidos, Groenlandia es la primera línea de defensa del continente. Esta realidad se condensa en un punto geográfico: la Base Aérea de Pituffik (anteriormente Thule), la instalación militar más septentrional de las Fuerzas Armadas estadounidenses.

Desde la Guerra Fría, la lógica balística es implacable: el camino más corto para un misil intercontinental lanzado desde Rusia hacia Washington pasa sobre el Polo Norte y Groenlandia. Pituffik alberga el Radar de Alerta Temprana de la Fuerza Espacial. Si deja de funcionar, Estados Unidos queda ciego ante un ataque nuclear durante minutos cruciales.

Sin embargo, la relación está marcada por cicatrices profundas. El 21 de enero de 1968, un bombardero B-52 de la misión Chrome Dome se estrelló cerca de la base. Cuatro bombas termonucleares B28 se fragmentaron; aunque no hubo detonación nuclear, la explosión de los detonadores convencionales esparció plutonio y uranio sobre kilómetros de hielo y mar. El incidente destapó el Thulegate: el gobierno danés había mentido a su población, permitiendo en secreto el tránsito de armas nucleares mientras mantenía públicamente una política de zona desnuclearizada.

Hoy la desconfianza persiste. Cuando Washington habla de seguridad compartida, muchos en Nuuk recuerdan el Proyecto Iceworm —un plan secreto para construir silos nucleares bajo el hielo— y se preguntan si son socios o un vertedero estratégico.

La doctrina del shock: Trump y el maximalismo transaccional

En este contexto, la propuesta de Donald Trump de "comprar" Groenlandia merece análisis más allá de la burla fácil. Desde una óptica de realismo ofensivo, la idea tiene lógica interna y precedentes sólidos. En 1867, el Departamento de Estado ya exploró la adquisición; en 1946, la administración Truman ofreció formalmente a Dinamarca 100 millones de dólares en oro por la isla.

Lo que Trump aplica es un maximalismo de shock: pedir lo imposible para romper el statu quo y forzar un nuevo marco de negociación. Al poner sobre la mesa de negociaciones opciones extremas —incluso insinuando coerción económica o intervención militar—, Washington desplaza la Ventana de Overton. De repente, alternativas antes impensables, como un Tratado de Libre Asociación similar al que Estados Unidos mantiene con Palaos o las Islas Marshall, parecen moderadas.

Bajo un modelo de este tipo, Groenlandia podría obtener independencia formal de Dinamarca y un subsidio directo masivo de Washington que sustituya la subvención danesa. A cambio, Groenlandia cedería competencias exclusivas sobre defensa y seguridad, cerrando la isla al dominio e inversiones chinas y bases rusas.

Para el equipo de Trump y estrategas como el secretario de Estado Marco Rubio, esto no es colonialismo decimonónico, sino aplicación de la Doctrina Monroe al Ártico. El objetivo no es gobernar pueblos inuit, sino negar el territorio a rivales sistémicos: una operación de denegación de área a escala continental.

Europa frente al espejo: ¿soberanía o irrelevancia?

La reacción europea ante estos movimientos revela una profunda crisis de identidad estratégica. Mientras Washington planifica y Moscú militariza rompehielos nucleares, Bruselas emite Estrategias Árticas centradas en sostenibilidad, inclusión social e investigación climática. Objetivos loables, pero irrelevantes cuando lo que está en juego es el control de los accesos oceánicos.

Groenlandia es el test definitivo para la Unión Europea. Dinamarca es Estado miembro, y aunque Groenlandia abandonó la CEE en 1985, sigue vinculada a través de Copenhague. Si Estados Unidos presionara a Dinamarca con una oferta de tómalo o déjalo, o fomentara una independencia groenlandesa patrocinada por el dólar, ¿tiene la UE capacidad para ofrecer una alternativa creíble? ¿Está dispuesta Europa a invertir en minería estratégica ártica para romper la dependencia de China, o seguirá bloqueando proyectos por normativas ambientales mientras importa esas mismas materias primas de minas chinas mucho más contaminantes?

La realidad incómoda es que Europa ha subcontratado su seguridad en el Atlántico Norte a Estados Unidos durante 75 años. La base de Pituffik protege a Europa tanto como a América. Ahora que Washington presenta la factura y exige control más directo, la indignación moral europea suena hueca.

Lo más probable es que avancemos hacia un condominio de seguridad reforzado: no una venta literal, sino una arquitectura donde la soberanía danesa se mantenga nominalmente mientras la presencia militar, de inteligencia y económica estadounidense se expanda drásticamente, con derecho de veto sobre inversiones extranjeras.

Europa afronta una disyuntiva brutal. En la geopolítica del deshielo no hay vacíos de poder. Si Bruselas y Copenhague no llenan el espacio estratégico de Groenlandia con compromiso real, inversiones y poder duro, otros lo harán. Quien controla Groenlandia controla la respiración del Atlántico Norte. Europa debe decidir si quiere estar en la mesa o ser parte del menú.