Asia
El miedo de Taiwán a ser sacrificado tras el precedente de Ucrania
La ventaja tecnológica que protegió a la "isla rebelde" durante décadas empieza a perder valor como factor de disuasión
Taiwán vive de un milagro que puede convertirse en condena. A tiro de piedra de la costa china, la isla sostiene hoy el corazón físico de la economía mundial con más de la mitad de los semiconductores del planeta y casi todos los chips de vanguardia salen de sus fábricas. Pero mientras bate nuevos récords tecnológicos, el andamiaje político que se suponía la protegía se tambalea.
Estados Unidos, su teórico garante de seguridad, reordena sus prioridades, presiona para desgajar la joya industrial taiwanesa y trasladarla a Arizona o Alemania, y ya ha demostrado en Ucrania que está dispuesto a relegar a un socio cuando el coste se dispara. China, por su parte, rodea la isla con maniobras militares casi diarias, simula bloqueos y repite que la “reunificación” es innegociable. En medio, el llamado “escudo de silicio” —la idea de que la dependencia mundial de los chips taiwaneses disuadiría cualquier ataque— empieza a parecer menos barrera y más espejismo.
Desde 1949, la República de China atrincherada en Taipéi optó por una estrategia defensiva poco ortodoxa, ya que en lugar de fiar su supervivencia únicamente a lo militar, apostó por volverse indispensable. La jugada tomó forma en 1987, cuando Morris Chang fundó TSMC y rompió el modelo clásico de la industria de chips. En vez de gigantes integrados que diseñaban y fabricaban, creó una fundición neutral al servicio de terceros.
Aquella apuesta tranformó al territorio en el epicentro de una cadena de valor extremadamente compleja, difícil de replicar y —hasta ahora— altamente rentable en términos de poder. Apple, Nvidia, AMD, Qualcomm y casi cualquier gran nombre de la electrónica dependen de las líneas de producción de Hsinchu, Tainan o Kaohsiung para sus productos más avanzados. De esa concentración de capacidad surgió la narrativa del “escudo de silicio”: si todo el mundo necesita tus chips, eso supone un incentivo para que sigas en pie.
La invasión rusa de Ucrania amplificó esa lógica. El lema “Ucrania hoy, Taiwán mañana” inundó medios, conferencias y discursos. La resistencia ucraniana y el apoyo occidental parecían confirmar que, ante una agresión, las democracias no se cruzarían de brazos. En Taipéi, el paralelismo se convirtió casi en dogma: si Kiev no cae, tampoco lo hará la isla.
Hoy, ese relato se ha agotado. El reajuste de la política estadounidense hacia Ucrania y la percepción de que Washington puede “negociar” con Moscú a costa de Kiev ha tenido un efecto devastador sobre el imaginario taiwanés. Es difícil seguir creyendo en compromisos “a prueba de todo” cuando la potencia que debe encarnarlos demuestra que su umbral de sacrificio es, como mínimo, revisable.
La realidad es que TSMC no solo ha hecho de Taiwán un activo estratégico, también la ha convertido en un rehén codiciado. Washington y Pekín, cada uno a su manera, tratan de arrancar una porción de ese poder.
“Taiwán protege su industria de semiconductores como un secreto de Estado, porque su supervivencia depende de ello”, explica Sebastian Contin Trillo‑Figueroa, analista estratega geopolítico y tecnológico especializado en relaciones Europa‑Asia. “Lo hace con dispersión del conocimiento crítico, opacidad y reparto de dependencias estratégicas. Las fábricas clave siguen en la isla, y el talento vive bajo una mezcla de orgullo nacional y vigilancia de todos los servicios secretos del planeta.”
El blindaje no es solo físico. El ecosistema humano que hace posible que una oblea de silicio se convierta en un chip de 2 nanómetros es la verdadera joya. Ingenieros capaces de afinar procesos de litografía extrema, técnicos que corrigen desviaciones invisibles a simple vista, directivos que coordinan cadenas de suministro que cruzan medio planeta. Si ese capital se va, el escudo se deshace.
“El miedo central no es la destrucción de las fabs, que sería costosa para todos, sino algo más incómodo: la fuga del know‑how y la erosión de su ventaja competitiva”, subraya Trillo‑Figueroa. “Un ecosistema humano es aún más complicado de reconstruir que una fab. La mayor pesadilla para el gobierno no es que TSMC salte en pedazos, sino que se vuelva prescindible.”
Y, sin embargo, es justo en esa dirección hacia donde empujan muchas de las dinámicas actuales. Trump ha pedido abiertamente que Taiwán traslade “la mitad” de su capacidad de fabricación a su terreno. Las plantas de TSMC en Arizona —un proyecto que ha multiplicado por más de diez su coste inicial hasta los 165.000 millones de dólares—, Japón o Alemania se tragan no solo capital, también ingenieros formados en la isla. La demografía juega en contra con una de las tasas de fertilidad más bajas del mundo, envejece y ve adelgazar su reserva de talento.
La presión no viene solo de Washington. Pekín ha convertido el estrecho de Formosa en un escenario casi permanente de demostración de fuerza con cazas que cruzan la línea media, buques que simulan bloqueos o lanzamientos de misiles que sobrevuelan la isla. Taipéi los califica de “altamente provocadores y temerarios”. Para analistas, el objetivo es erosionar gradualmente la resistencia psicológica de la población y probar la respuesta de los aliados, sin cruzar la línea roja de una invasión abierta.
En ese contexto, el escudo de silicio funciona como una disuasión ambivalente. Por un lado, una guerra que paralizara las fábricas de TSMC provocaría un shock económico global de proporciones inéditas, algo que también dañaría a China, que importa de Taiwán cerca de un tercio de sus chips. Por otro, esa misma dependencia puede convertirse en incentivo, si Pekín concluye que solo controlando directamente “la isla rebelde” podrá asegurarse el acceso a los nodos que necesita para competir en inteligencia artificial y computación avanzada frente a un Occidente que le cierra el grifo tecnológico.
El dilema no es solo asiático. Para Estados Unidos y sus aliados industriales, el verdadero abismo se abre en caso de un apagón prolongado del suministro taiwanés. “Una interrupción prolongada no sería como los shocks energéticos del siglo XX: sería peor. El petróleo encarece la economía; los semiconductores la paralizan. Sin chips no hay coches, armas, satélites, redes, ni inflación que gestionar… porque no hay producción que medir”, advierte Trillo‑Figueroa. “Sería una crisis sin sustitutos rápidos, sin reservas estratégicas y sin diplomacia posible. El mundo aprendió a sobrevivir sin gasolina barata, pero, ¿podría funcionar sin chips? Hoy por hoy no. El resultado sobrepasaría una recesión cíclica hacia una crisis de sistema.”
Ese riesgo masivo convive, paradójicamente, con la tentación de algunos en Washington de reducir la centralidad de Taiwán. Cuanta más capacidad de producción se traslade a Estados Unidos, Japón o Europa, menor será el incentivo —así se razona en ciertos despachos— para arriesgar un enfrentamiento directo con China en defensa de la isla. Un “éxito” de la política de diversificación que, visto desde Taipéi, equivale a serrar la rama del árbol en la que se asienta su valor estratégico.
¿Quién pagaría realmente el precio si el escudo de silicio se rompe? “Taiwán perdería relevancia, margen político y capacidad de negociación, quedando limitada a una cuestión de seguridad regional. Su centralidad dejaría de ser industrial y pasaría a ser militar, quedando en la posición más débil posible”, responde Trillo‑Figueroa.“China asumiría disrupción en su cadena de suministro, costes económicos serios y daño reputacional. Sin embargo, las sanciones a Rusia por Ucrania resultan una enseñanza formidable para resguardarse de represalias occidentales.
Occidente descubriría que décadas de externalización no eran eficiencia, sino pereza geopolítica. Por ello el golpe más profundo recaería en EEUU y sus aliados industriales: sin chips avanzados, la ventaja tecnológica quedaría afectada. Y con ella, la credibilidad de la ‘ambigüedad estratégica’ que pretende disuadir a China de invadir la isla.”
El propio concepto de “ambigüedad estratégica” —no dejar claro hasta dónde llegaría Washington en defensa de Taiwán— se sostiene en buena medida en la suposición de que Estados Unidos sí estaría dispuesto a intervenir si el coste de no hacerlo fuera inasumible. Pero si, con el tiempo, una parte significativa de la producción de TSMC se asienta en Arizona o Europa, y los aliados diversifican sus cadenas de suministro, esa ecuación podría cambiar. El escudo, en lugar de blindar a la isla, quedaría externalizado.
La disputa por Taiwán ya no puede leerse como un conflicto meramente bilateral. “En el plano geopolítico no es un conflicto China‑Taiwán, sino China‑EEUU con Taiwán como proxy”, sintetiza Trillo‑Figueroa. “Siendo el territorio trascendental para Pekín, importa menos que el control del talento y de los cuellos de botella productivos. Pero la narrativa de guerra beneficia a todos y la trampa de Tucídides acecha: Washington vende armas y legitima su presencia, Taiwán dice estar protegida, y China justifica la ‘reunificación’; y todos esos relatos se retroalimentan. Sólo Europa carece de plan y con la guerra de Ucrania como referencia de lo que haría llegado el caso: nada.”
Mientras Pekín y Washington miden fuerzas a través de sanciones, controles de exportación y simulacros militares, el Viejo Continente asiste al pulso con la experiencia reciente de su dependencia energética de Rusia y su vulnerabilidad ante los cortes de gas. La isla rebelde es, a día de hoy, el equivalente a tener la práctica totalidad de los pozos de petróleo del mundo concentrados en un solo territorio inestable.