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Tribuna

La política exterior de EE UU y su justificación

Donald Trump ha rescatado la Doctrina Monroe, formulada en 1893, para reafirmar sus motivaciones intervencionistas en América

EEUU.- EEUU dice haber revocado más de 100.000 visados desde la vuelta de Trump a la Casa Blanca EUROPAPRESS

En su comparecencia del pasado día 3 de enero, el presidente de EE UU, Donald Trump, recuperó una de las piezas doctrinales más antiguas y controvertidas de la política exterior norteamericana al afirmar que «la Doctrina Monroe es muy importante y se ha obviado durante demasiado tiempo, pero ya no la vamos a olvidar y con nuestra nueva Estrategia de Seguridad Nacional, el dominio de los EE UU en el Hemisferio Occidental nunca más se va a volver a poner en cuestión». Con estas palabras, el mandatario no solo apeló a la historia, sino que la resignificó como eje central de su agenda estratégica.

La citada Doctrina fue formulada por primera vez el día 2 de diciembre de 1823 por parte del presidente James Monroe, durante su discurso sobre el Estado de la Unión ante el Congreso de los EE UU, sobre la base de los planteamientos elaborados por su Secretario de Estado, John Q. Adams. En esencia, el mensaje establecía que «la actuación y esfuerzos de las potencias europeas para controlar e influir en los Estados soberanos de la región se consideraban una amenaza para la seguridad de los EE UU. Por su parte, los EE UU no interferirían en las colonias europeas existentes ni se entrometerían en los asuntos internos de los países europeos».

Aunque durante el siglo XIX dicha Doctrina no logró plenamente los efectos pretendidos, fue a largo del siglo XX cuando los EE UU comenzaron a aplicarla con mayor eficacia, convirtiéndola en un instrumento clave de su política exterior. Presidentes como Ulysses S. Grant o T. Roosevelt la invocaron para justificar una presencia más activa y, en muchos casos, intervencionista en el continente.

En su concepción original, la Doctrina se inspiraba en el rechazo al colonialismo europeo y en el aislacionismo defendido por G. Washington, así como en el pensamiento de T. Jefferson, quien sostenía que «América constituía un Hemisferio Occidental propio, separado y distinto de Europa». Esta visión sentó las bases para entender al continente americano como una esfera de influencia exclusiva, contribuyendo a frustrar los intentos europeos de recolonización y facilitando la expansión territorial de los EE UU hacia el oeste, punto de partida de su política expansionista.

Una primera reinterpretación explícita al discurso de Monroe llegó con el presidente James K. Polk, quien, en su alocución del día 2 de diciembre de 1845, utilizó la Doctrina para respaldar las pretensiones norteamericanas sobre Texas y el territorio de Oregón y frenar las maniobras británicas en California. Como señala V. Carrillo, especialista en relaciones panamericanas del Colegio de México, dicha Doctrina comenzó entonces a operar como un argumento legitimador de la expansión territorial estadounidense.

Posteriormente, sería el presidente Rutherford B. Hayes el que hizo su propia interpretación y corolario de la Doctrina Monroe, bajo la idea de que el Caribe y Centroamérica formaban parte de la «esfera de influencia exclusiva de los EE UU». Bajo esta lógica, afirmó que «para evitar la injerencia de los imperialismos extracontinentales en América, los EE UU deberían ejercer el control exclusivo sobre cualquier canal interoceánico que se construyese en la región». De esta forma colocaba la primera piedra para la posterior apropiación del Canal de Panamá y excluía a los poderes europeos de una zona estratégica clave.

El giro más decisivo se produjo con el presidente Thodore Roosevelt, quien durante su discurso a la nación del día 6 de diciembre de 1904 formuló un nuevo corolario a la citada Doctrina, al afirmar que, «si un país amenazaba o ponía en peligro los derechos y propiedades de ciudadanos o empresas estadounidenses, el Gobierno estaba obligado a intervenir en los asuntos de ese país para reordenarlo, restableciendo los derechos y el patrimonio de su ciudadanía y empresas». Según el historiador D. Mauk, este planteamiento otorgó a Washington una auténtica carta blanca para la intervención en América Latina y el Caribe, asumiendo el papel de una verdadera policía americana bajo el pretexto de garantizar el orden y estabilidad, lo que ha venido a considerarse como «el patio trasero de Washington» al establecer que los EE UUpodían intervenir en los asuntos internos de países latinoamericanos si cometían determinadas faltas flagrantes y crónicas.

Roosevelt reforzó esta nueva etapa bajo un impulso colonialista por parte de los EE UU con la reafirmación de la citada Doctrina y el uso de una política del «Big Stick o Gran Garrote» (habla en voz baja y lleva un gran garrote; llegarás lejos), que legitimó el uso de la fuerza como medio para defender los intereses estadounidenses en todo el continente, siempre respaldada por una sólida capacidad militar y especialmente naval, que obligaran al adversario a prestar atención a sus respuestas diplomáticas; actuar con justicia y no fanfarronear; atacar solo si se estaba preparado para hacerlo con fuerza y la voluntad de permitir que su enemigo salvara la apariencia de derrota.

Desde entonces los EE UU intervendrían en más de una treintena de ocasiones en América Latina y durante la dos Guerras Mundiales reforzó su control sobre el continente para evitar la influencia de terceras potencias enemigas, que se intensificó durante la Guerra Fría ante el peligro comunista y como barrera frente a la influencia de potencias rivales.

En el contexto actual, Donald Trump ha hecho de la Doctrina Monroe su propio corolario integrándola como elemento básico y central de su Estrategia de Seguridad Nacional y la justificación ideológica de su política exterior en el Hemisferio Occidental, suponiendo la restauración de la preeminencia de los EE UU en la región y frenando la influencia de actores como China y Rusia mediante la protección activa de los intereses estratégicos, económicos y de seguridad del país.

No obstante, esta reinterpretación no está exenta de opiniones diversas. Para el profesor A. Bryne, especialista en Historia de los EE UU, «la Doctrina Monroe no puede aplicarse hoy de la misma manera que en el pasado, ya que su mensaje original se dirigía contra el colonialismo europeo, lo que ha cambiado sustancialmente». A su juicio, a lo largo del tiempo se le han atribuido significados distintos, adaptados a los intereses coyunturales de cada administración como justificación de su política exterior».

En contraste con ello, V. Carrillo sostiene que «la idea que dio origen a la citada Doctrina sigue vigente, en la medida en que los EE UU continúan desempeñando un papel preponderante respecto de sus vecinos». Las propias palabras pronunciadas por Donald Trump refuerzan esta lectura: con nuestra nueva Estrategia, el dominio estadounidense en el Hemisferio Occidental no volverá a ser cuestionado frete a amenazas externas.