
Ataque a Afganistán
Talibanes acorralados, Pakistán nuclear y el eje de Irán en llamas
Kabul lanza su primera oferta pública de diálogo con Islamabad en un gesto de supervivencia calculada

Mientras Israel y Estados Unidos ejecutaban la operación combinada “Rugido del León” e “Ira Épica” contra el régimen iraní, los talibanes afganos eligieron lanzar su primera oferta pública de diálogo con Islamabad, en un gesto de supervivencia calculada. La arquitectura de seguridad en el sur de Asia y el Golfo Pérsico ha saltado por los aires en una maniobra de sincronía letal. No es una sucesión de incidentes aislados, sino la convergencia de crisis geopolíticas que han fracturado el corazón de Eurasia, desde los bastiones montañosos de Nangarhar hasta los centros de mando en Teherán.
Desde el Ministerio de Asuntos Exteriores talibán, Zakir Jalali, lanzó este sábado una declaración de doble filo: “Diplomacia activa en paralelo a una acción militar legítima y responsable”. Según Jalali, el régimen mantiene consultas “detalladas” y de urgencia con los cancilleres de Turquía, Catar y Arabia Saudita, en un desesperado intento por ganar tiempo y respaldo internacional mientras sus posiciones son machacadas desde el aire. Zabihullah Mujahid, el principal vocero talibán, reforzó el mensaje en rueda de prensa con tono desafiante: “Nuestro suelo no es plataforma de lanzamiento para nadie”, al tiempo que reiteró una supuesta disposición a la negociación que, en realidad, revela la fragilidad operativa del régimen tras los últimos golpes pakistaníes.
La respuesta de Islamabad fue inmediata, cortante y sin margen de error. Mosharraf Zaidi, portavoz del primer ministro Shehbaz Sharif para medios extranjeros, la transmitió en directo por la televisión paquistaní con la frialdad de un ultimátum militar: “No habrá charlas. No hay debate ni negociación. El terrorismo desde Afganistán tiene que terminar”.
Esa misma tarde, Pakistán decretó el estado de emergencia en Bannu, distrito estratégico de Khyber Pakhtunkhwa. Vehículos civiles restringidos, todas las escuelas cerradas durante 24 horas, seis atentados suicidas neutralizados en tiempo real y los avances talibanes contenidos en el puente Kashoo y en Kotka Muhammad Khan Domel. La frontera de 2.670 kilómetros —la más extensa y letal del mundo entre dos Estados que no se reconocen mutuamente— volvía a convertirse en un frente de guerra declarada y activa.
La mecha y el regreso del TTP
La escalada no fue un incidente aislado, fue la detonación previsible de una mecha encendida a mediados de febrero. Islamabad lanzó entonces ataques aéreos quirúrgicos de alta precisión contra campamentos del Tehrik-i-Taliban Pakistan (TTP) en Nangarhar, Paktika y Khost. Presentó pruebas irrefutables de siete atentados suicidas en Bannu y Buner que acabaron con once agentes de seguridad y dos civiles. El ministro de Defensa, Khawaja Muhammad Asif, apuntó que esos militantes operaban con total impunidad desde suelo afgano “desde la retirada estadounidense de 2021”.
El viernes, Asif proclamó sin rodeos “guerra abierta”. Los bombardeos pakistaníes pulverizaron, según balances oficiales, 22 instalaciones en Kabul, Kandahar y Paktia y eliminaron a mas de 300 combatientes talibanes. La réplica talibana llegó con enjambres de drones sobre Miranshah y Spin Wam y videos propagandísticos mostraron columnas de humo negro y reivindicaron 55 bajas en las filas pakistaníes. Como siempre en este teatro de operaciones asimétricas, las cifras son opacas y contradictorias: Islamabad asegura haber abatido 274 talibanes y perdido solo 12 efectivos, mientras los talibanes afirman 55 muertos pakistaníes y 13 propios. Fuentes locales independientes confirmaron al menos nueve civiles muertos y cuatro heridos en Asadabad (Kunar) por fuego artillero contra zonas residenciales. TOLOnews difundió, sin verificación independiente, el derribo de un jet pakistaní en Nangarhar y la captura con vida de su piloto.
Los ataques del TTP en Pakistán se han multiplicado por cuatro, de 231 incidentes en 2021 a más de 1.000 en 2025, según estadísticas internas del aparato de seguridad pakistaní. El grupo, escisión de los talibanes afganos creada en 2007, cuenta hoy con entre 12.000 y 15.000 combatientes, muchos de ellos atrincherados en refugios tras el colapso occidental. Pakistán los acusa de aprovechar la misma red logística que Islamabad alimentó durante décadas contra India y la Unión Soviética. El boomerang estratégico ha sido devastador y perfecto.
La Línea Durand como cicatriz
La frontera sigue siendo la misma línea arbitraria trazada por el diplomático británico Mortimer Durand en 1893. Ningún gobierno afgano —incluido el actual régimen talibán— la ha reconocido jamás. Pese a su retórica soberanista, los talibanes han heredado la misma ambigüedad táctica, acogen a miles de pastunes paquistaníes por afinidad étnica e ideológica, pero niegan cualquier santuario oficial al TTP. Ese doble juego ya no engaña a los mandos de Rawalpindi.
En apenas 72 horas, los talibanes han exhibido una capacidad operativa que ha sorprendido incluso a analistas militares occidentales, con drones de fabricación local o suministrados por Irán capaces de penetrar en profundidad y al menos un derribo confirmado de un caza F-16 o JF-17 (las versiones divergen). Sin embargo, su debilidad estructural es terminal. Sin reconocimiento diplomático, sin economía viable o aviación moderna ni inteligencia satelital. Islamabad, en cambio, despliega arsenal nuclear, más de 70 cazas de última generación y superioridad absoluta en inteligencia electrónica y de precisión.
Irán como mediador improbable y Washington como árbitro parcial
La coincidencia temporal con los ataques contra Irán no parece casualidad, sino estrategia convergente. Teherán, acosado en su flanco oriental por el mismo TTP baluchi que opera contra Pakistán, ofreció mediación inmediata. El canciller Abbas Araghchi habló de “entendimiento recíproco” para proteger fronteras comunes. Irán ya había mediado en enero tras incursiones pakistaníes en su territorio. Ahora, con misiles estadounidenses y cohetes israelíes cayendo sobre Teherán, su interés es desesperado: evitar a toda costa un segundo frente mientras lucha por su supervivencia.
Washington no dudó ni un segundo. El presidente Trump elogió públicamente a Pakistán y la subsecretaria Allison Hooker reafirmó el “derecho irrenunciable” de Islamabad a defenderse. La prioridad estadounidense es cristalina, contener ISIS-K y TTP antes que cualquier reclamo talibán. Europa, a través del Consejo y Kaja Kallas, exigió “fin inmediato de las hostilidades” y advirtió de repercusiones regionales, como oleadas migratorias masivas, yihadistas exportados y rutas de opio descontroladas.
La ONU, en boca de Stephane Dujarric, alertó específicamente sobre un incidente en un paso fronterizo utilizado por refugiados afganos que regresan de Pakistán. Cualquier escalada agravará la peor crisis humanitaria del planeta.
El umbral nuclear y el nuevo tablero eurasiático
Tres factores elevan este conflicto a categoría estratégica global. Primero, la capacidad pakistaní de ataques aéreos profundos, con la primera incursión masiva desde 2021. Segundo, la demostrada resiliencia talibana para derribar aeronaves y operar drones en territorio enemigo. Asimismo, la proximidad temporal con la operación contra Irán, que obliga a todos los actores a recalcular en tiempo real.
China observa y llama a la calma, dado que su Corredor Económico pasa a solo 80 kilómetros de la línea de fuego. Rusia vigila Asia Central. India ya envió ayuda discreta a Kabul. Y el régimen talibán, acorralado, ha descubierto que su única carta real es la amenaza de caos incontrolable.
Por ahora, la ventana diplomática se ha cerrado de golpe. Pakistán exige la erradicación total y definitiva del TTP; los talibanes ofrecen negociaciones que Islamabad rechaza de plano. Mientras los drones zumban sobre Bannu y los misiles caen sobre Teherán, la region ha entrado en una nueva fase, no ya de insurgencia, sino de confrontación interestatal abierta con potencial nuclear de fondo.
✕
Accede a tu cuenta para comentar


